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Opinión

  • | 2014/05/25 00:00

    Lectura de los hechos

    Colombia merece un gobernante capaz de avanzar en una reforma estructural que ayude a corregir las hondas desigualdades sociales, que sea inmune a las miserias propias de la política y a la cultura abyecta de la prebenda.

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Vergonzosa y deprimente la contienda electoral; carente de estatura intelectual, huérfana de propuestas y programas, y vejada por el improperio, el despropósito y la desinteligencia.

Asquea la política y deprime, como el fuego de la pasión consume valores, principios y convicciones. Si el voto en blanco tuviera algún efecto sancionatorio y existiera una alternativa sobreviniente de verdad promisoria, optaría por él; pero hacerlo, es facilitar el triunfo de una maquina política estatal que fleta conciencias, mancilla voluntades y está enceguecida por decretar una paz a cualquier precio que serviría no para lograrla, sino para lucrarse de ella y soñar con obtener el Premio Nobel de Paz. El utilitarismo y la vanidad de Santos supera el interés nacional y es tan grande e invencible, como la soberbia de su mentor y ahora contradictor el Expresidente Uribe.

Santos resultó ser un vendedor de ilusiones fallidas, obsesionado por la imagen, los titulares y las encuestas, que malogró un mandato abrumador y terminó sin ni siquiera mostrar la orientación, dimensión y hondura de su programa de gobierno.

En medio de tanta miseria humana, merece reconocimiento y encomio, la postura clara, firme y leal de Martha Lucía Ramírez, quien ha demostrado capacidad, solvencia y suficiencia para gobernar a Colombia, y para fortalecer su estado social de derecho, pero, por ser mujer y en una sociedad patriarcal como la nuestra, dizque aun no es elegible.

También merece reconocimiento el mensaje fresco y esperanzador de Enrique Peñaloza, quien aún devela profundo desconocimiento de temas medulares como son la salud y la justicia. A Colombia le conviene que Peñaloza siga preparándose antes de llegar a la Casa de Nariño y que renuncie al sistemático facilismo de descalificar las ideas ajenas. 

Colombia merece un gobernante capaz de avanzar en una reforma estructural que ayude a corregir las hondas desigualdades sociales, que sea inmune a las miserias propias de la política y a la cultura abyecta de la prebenda, la componenda, el atajo y el privilegio.

Que sea implacable con la corrupción, solvente en economía, ocurrente en administración, efecto a la planeación, obcecado por la educación, paladín del orden y respetuoso de la justicia. Que no ceje en la guerra frontal contra el terrorismo y el narcotráfico, y menos en la lucha contra la pobreza y la exclusión.

Un gobernante dispuesto a acortar el camino al progreso, que renuncie al conformismo que depara la evolución previsible de un modelo conservador, incapaz de modificar la realidad económica, y solo bueno para atacar los efectos de los problemas y no las causas que los originan.

Una tarea tan ingente, compleja y exigente, demanda formidables capacidades, cualidades y virtudes; es claro que ningún candidato las aúna, por eso el próximo gobierno debería ser de unidad nacional en el que converjan las mejores inteligencias del país. Pero eso es soñar y la realidad es bien distinta.

Por fortuna el domingo superaremos esta penosa encrucijada, la que además, ha develado la imprudencia descalificadora del Fiscal y la debilidad ética de encumbrados periodistas que no pudieron resistir los estímulos del gobierno, y por migajas vendieron su buen juicio y bien ganado prestigio.

Ante la falta de ideas e ideales, y la ausencia de programas y propuestas, Colombia terminará decidiendo entre una Paz incierta con el naco-terrorismo o el fortalecimiento de las instituciones y de su frágil y vejado Estado Social de Derecho.

Cualquier voto es bueno si lo inspira la razón y consulta el corazón.

Di-s salve a Colombia.

En Twitter: @rrjaraba 
* Consultor Jurídico y Corporativo. Director y Socio de Rodríguez-Jaraba & Asociados. Miembro de la Academia Colombiana de Jurisprudencia. Catedrático Universitario.
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