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Opinión

  • | 2007/02/10 00:00

    ¿Quién los educó?

    A juzgar por los valores de quienes hoy protagonizan los escándalos de corrupción y violencia, hay mucho qué debatir sobre lo que aprenden los colombianos en las aulas.

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¿Se imaginan qué opina hoy la maestra de quinto primaria de un Alvaro García Romero? ¿Qué dirá el ‘profe’ de ciencias sociales de Alberto Santofimio? ¿Qué les pasará por la cabeza a los profesores de las prestigiosas universidades a las que fueron los veintitantos políticos hoy acusados de orquestar escalofriantes planes con los paramilitares? ¡Y, ni qué decir de los propios paramilitares y de los guerrilleros! ¿Sería que ‘Jorge 40’, jefe de las Auc, y ‘Simón Trinidad’, guerrillero de las Farc, ambos de familias de alcurnia vallenatas, fueron al mismo kínder? ¿Se llamaría Mis primeras vacunitas?

¿Se estará hoy debatiendo en alguno de esos establecimientos educativos en qué se equivocaron? Muy probablemente no. Tampoco los medios de comunicación, ni los partidos políticos, ni siquiera los voceros de la gaseosa “opinión pública” le damos demasiado espacio ni tiempo a discutir sobre qué clase de personas están forjando nuestros escuelas, colegios y universidades.

Paradójicamente, la educación es quizás el tema principal de la sobremesa de cada hogar colombiano. Son casi 11 millones de niños, jóvenes y adultos que hoy están matriculados desde preescolar hasta 11, según el informe de 2006 del Preal sobre el progreso educativo en Colombia. Su preocupación primordial es aprender. El mismo estudio registra 410.000 docentes, cuyo oficio central es enseñar. Con seguridad también, la prioridad de los padres de esos 11 millones de muchachos y muchachas es cómo darles estudio. Eso, sin contar con los cientos de miles de técnicos y profesionales inquietos, que siempre están buscando cómo capacitarse mejor.

Es decir, ganas de estudiar no faltan en Colombia. Para satisfacer esa demanda se ha hecho un considerable esfuerzo económico colectivo, privado y público. La inversión en educación ha crecido en casi 1,5 puntos del PIB en los últimos cinco años y el número de matriculados en 900.000, avances respetables constatados por el citado informe independiente. Hoy más niños y jóvenes van al colegio, han subido los puntajes promedio de las pruebas que miden su aprendizaje, y los recursos se gastan más equitativamente. Además está el empeño de miles de maestros por enseñarles a jóvenes acosados por la pobreza o el conflicto. Su aporte vale más si se tiene en cuenta que son remunerados pobremente y a veces arriesgan su vida (desde 1999 han sido asesinados en Colombia 460 docentes). Así mismo, suman el tesón familiar y el desvelo de los padres para sacar adelante un hijo.
 
El ideal es que ese trabajo conjunto resulte en jóvenes que desplieguen su potencial, realicen sus sueños, tramiten sus pleitos en forma pacífica, sean productivos, vivan mejor y sean buenos ciudadanos. Pero si el fruto de toda esa energía termina en un Alberto Santofimio, ¡qué frustración!

No es que la escuela sea la única responsable de lo que hagan sus egresados en el futuro, pero es en los salones de clase donde los niños y jóvenes contrastan lo que aprenden en la calle, en la televisión o con sus padres. Según los expertos, la educación es precisamente eso, la interacción entre personas que resulta en la ratificación, la rectificación o la transformación de valores y prácticas. Si lo que hace la educación es ratificar valores equivocados, pues la sociedad termina como el cangrejo, de para atrás.

El asunto no es de moralismo ni de dar más clases de cívica. Es de fondo. Cuando las escuelas y los colegios labran jóvenes autónomos, que creen en sí mismos, que se sienten orgullosos de su herencia cultural, su patrimonio natural, que conocen y valoran su ciudad o su región, es menos probable que, cuando grandes, sacrifiquen todo eso al mejor postor. Irá contra sus principios aliarse con matones para ganar elecciones, y les será trabajoso robarse la plata del hospital para comprar casa en Miami (o fusiles), a sabiendas que eso les costará la vida a miles de conciudadanos humildes.

Así mismo, si un niño o una niña comprenden sus emociones y ensanchan su sensibilidad, sabrán apreciar la vida en el millón de matices que tiene. Personas que de jóvenes han sido apasionados músicos, bailarines, pintores, actores, científicos o ajedrecistas, muy difícilmente se conviertan en un ‘Don Berna’ o en un Romaña. Pero no se conoce, a ciencia cierta, cuáles son esos establecimientos educativos y maestros que están logrando este cambio, ni tampoco cuál es la pedagogía que está demostrando ser más pertinente para el difícil medio colombiano.

Alguien podría argumentar que ni la educación más perfecta del mundo puede evitar que algunos de sus alumnos se tuerzan. Eso es verdad, sobre todo en entornos demasiado áridos para cultivar seres pensantes y sensibles, donde mande el terror o la miseria. Pero cuando es la excepción que el líder político sea responsable con su comunidad; y en cambio, es la norma que los que tuvieron el privilegio de estudiar muchos más años de los 8,3 que, en promedio, cursa un colombiano común, echen mano de todos los atajos, sin importar cuán ruines, para conquistar fama, poder y fortuna, entonces sí vale la pena peguntarse cuál parte de la educación no está funcionando. ¿Cuáles son esos valores y prácticas que se imparten en las clases de colegios y universidades que llevan a tantos dirigentes a pensar que el Estado es un botín disponible para el más avivato?

Y cuando no alcanza a desmovilizarse un grupo de violentos, y ya está lista la siguiente camada de jovencitos para entregarle su libertad a algún grupo violento, hay algo que no están aprendiendo en sus escasos años escolares; algo muy importante dejaron los currículos y los maestros por fuera de esas lecciones.
Ante una crisis de valores tan generalizada, los colombianos tenemos el desafío de repensar nuestra educación, de investigar cuáles métodos y contenidos pedagógicos forman a los jóvenes más libres, autónomos y responsables, y cuáles los hacen presa fácil de cualquier aventura ilegal. Dar ese debate urgente es empezar a cambiar las cosas de raíz.

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