Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2004/05/02 00:00

¿Quién eres tú?

Hay sitios de Internet que ofrecen el servicio de novias o novios imaginarios para gente solitaria que se consuela así, con amores virtuales

¿Quién eres tú?

La carta ha muerto; viva el mail! Este es el lema de los corresponsales de hoy, y yo he sido un defensor furibundo de este renacimiento de la correspondencia. Incluso para citas en la misma ciudad es una maravilla poder mandar una esquela diminuta e instantánea que diga: "¿Esta tarde a las 3 en el Café Le Gris?", y recibir al rato la respuesta: "Bueno pues". Sin el molesto teléfono, sin el celular invasor, con la silenciosa magia de las palabras escritas pero tan rápidas como la conversación. Sin embargo, como la comunicación humana y nuestras estrategias sociales se desarrollaron hace cientos de milenios, en una época en la que la comunicación a mayor distancia era el grito, hay un momento en el que la tecnología nos hace caer en abismos de estupor e irrealidad. Cualquiera puede sacar (en el Hotmail, en Yahoo!) una dirección a nombre de otra persona y empezar a escribirte, para bien o para mal. Yo recibo unos 20 ó 30 mails cada día, con lo cual la locura está creciendo. Hace unos años recibía dos o tres y los contestaba concienzudamente. Ahora me limito casi a monosílabos; una frase vertiginosa para acusar recibo, y adiós. Pero existen farsantes. No hace mucho un boxeador costeño resolvió suplantar la identidad de algunos jóvenes escritores de Bogotá y empezó a escribirme a nombre de ellos mails insultantes. Yo caí en la trampa y les respondía cartas sorprendidas pero meditadas en las que intentaba decirles por qué era injusto lo que me decían. No hubo respuesta, y era normal, porque los mails estaban adulterados. Después, al encontrarme con ellos, trataba de decirles en persona por qué las cartas eran tan equivocadas y tan ofensivas. Me miraban con ojos desorbitados, como se mira a un loco: "¡Usted de qué me está hablando!", y así descubrimos la patraña. Desde entonces, cada vez que recibo un mail de un conocido (y con mayor razón de una desconocida) me pregunto si este sí será él, si ella sí será ella. Los seres humanos evolucionamos para reconocernos por la cara, por los rasgos físicos, por la voz. Pero es difícil reconocer a alguien por escrito. Los escritores sabemos que es posible imitar la voz de otra persona. Las mujeres pueden escribir como hombres, los hombres como mujeres, los heterosexuales como gays y viceversa. Esa es la magia de la literatura: la suplantación. No me preocupan tanto los seudónimos. En el seudónimo uno sabe que hay alguien que se pone una máscara porque no quiere que le vean su verdadero rostro. Lo grave es cuando alguien se pone la máscara de otro, se hace pasar por él o por ella, y empieza a escribirte. Como Internet es una celestina, una vez me pasó que un amigo malévolo me escribió un mail a nombre de Angie Cepeda en el que ella me decía lo mucho que le había gustado mi Tratado de culinaria, y cómo le encantaría conocerme si algún día pasaba por Italia. Por suerte, antes de lanzarme a la desaforada correspondencia erótica que el recuerdo de la visitadora de Pantaleón me sugería, no fui tan vanidoso, la cosa me olió mal, me entró una sospecha y di con el cabito de la madeja para poder llegar hasta el mail de mi amigo, y en vez de carta erótica me resultó un rosario de insultos de respuesta. Pero pude haber caído. A veces recibo un mail, por ejemplo, de Danielito Samper, o de Santiago Gamboa, o de Florence Thomas, y siempre tengo la duda de que tal vez sea otro, un impostor. O también otra cosa más grave: sería posible que alguien mandara a la revista -desde un mail falsificado, tomado a nombre mío- un artículo absurdo, qué sé yo, un artículo en el que yo defienda la reelección y diga que a Uribe debemos nombrarlo presidente vitalicio. A lo mejor lo creen auténtico, y sale con mi fotico de seminarista añejo, y ya no hay nada qué hacer sino rectificar la semana siguiente. O imagínense a una esposa que se averigua el nombre de la amante, saca un correo a su nombre, y entabla una correspondencia de cine rojo con su propio marido, bajo el nombre de la otra. Conozco al menos un caso, y fue terrible. Hay sitios de Internet que ofrecen el servicio de novias o de novios imaginarios, para gente solitaria que se consuela así, con amores virtuales, y parece que esas páginas de correspondencia del corazón son un negocio excelente. Los seres humanos tenemos tanta fantasía que no nos hacen falta, a veces, amores reales, y nos basta uno inventado. Vivimos en un mundo raro, lleno de maravilla, en el que cada vez es más difícil saber quién es ella, quién soy yo, quién es él, quién eres tú.

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