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Opinión

  • | 2011/05/19 00:00

    Quién hace qué en los procesos de paz: los roles de la mediación

    Debemos a Christopher Mitchell una tipología muy práctica sobre los roles que intervienen en un proceso de mediación, que es oportuno adaptar al caso colombiano.

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Debemos al maestro Christopher Mitchell una tipología muy práctica sobre los diferentes roles que intervienen en un proceso de mediación, que es oportuno recordar y adaptar al caso colombiano. La idea básica es que la mediación es un proceso en el que intervienen diferentes personas u organismos, que cada cual juega un rol específico y que conviene cumplir con todos los roles posibles. Este principio desbarata la idea popularizada de que existen “mediadores”, para dar paso a un conjunto de tareas, todas ellas imprescindibles.

El primer rol la ejerce la persona que explora las oportunidades, posibilidades y disponibilidades de las partes en conflicto. Es una tarea anónima, discreta y fundamental, pues depende de la conclusión a que llegue dicha persona que después se puedan poner en marcha otros roles. Nadie, ni un presidente de Gobierno, debe impedir que los “exploradores” ejerzan su función de tanteo, aunque es una tarea que a veces se realiza por encargo gubernamental, para sondear a la otra parte. Puede ocurrir lo inverso, esto es, que un grupo armado pida a un tercero que sondee la disponibilidad de un Gobierno (y sus precondiciones) para abrir negociaciones o iniciar unos diálogos informales. El “explorador”, por tanto, ha de poder llegar a las dos partes y al final de su trabajo ha de sacar la conclusión de si hay condiciones para empezar un proceso. Su trabajo es diferente al del “mensajero”, que se limita a llevar un mensaje de una las partes a la otra, pero sin tener que investigar las intenciones de cada una de ellas. El mensajero no hace preguntas, sólo lleva razones.

En estas fases iniciales actúa otra persona, que es la “preparadora”. Su trabajo consiste en formar a una de las partes (o a las dos) para que pueda estar en las condiciones más óptimas a la hora de iniciar una negociación. El “preparador” proporciona materiales escritos o audiovisuales, organiza seminarios a la carta o prepara giras con el propósito de apoderar al máximo a la parte beneficiada por esta atención. Es un trabajo que puede ser individualizado o por grupo. Las comandancias de las guerrillas salvadoreña y mozambiqueña, por ejemplo, fueron formadas secretamente en España e Italia, respectivamente, para estar en mejores condiciones de negociar y de hacerlo de forma realista y posibilista. Pueden organizarse seminarios específicos para los negociadores de un grupo, para así llegar a la mesa de negociación con mayor juicio.

Cuando las cosas ya están maduras le llega el turno al “convocante”, una persona o institución que llama a las partes a sentarse a la mesa de negociación, pero sabiendo ya que existen las condiciones, justamente por el trabajo previo de los exploradores y preparadores. El convocante ha de tener la autoridad moral y el prestigio para que sea aceptado por las partes. En el trabajo exploratorio, incluso, puede convenirse quien sería el convocante ideal. Puede ser la Iglesia, un ex presidente, un organismo regional o internacional, un centro especializado o una persona carismática y respetada. Una vez convocadas las partes empieza la negociación formal, donde jugará un rol fundamental el “facilitador”, que es la persona con mayor visibilidad de todo el proceso, ya que interviene en toda la negociación de forma pública, aunque las negociaciones se hagan de forma discreta. La negociación puede ser confidencial, pero no se puede ocultar quien la facilita.

A veces, y personalmente creo que es acertado tenerlo, en la negociación participa un “observador externo”, que da fe y es testigo de todo cuanto se habla en la negociación. Es útil para evitar malas interpretaciones. Su misión es escuchar, no opinar, aunque las partes pueden preguntarle cómo ha entendido un tema que pueda estar sujeto a diferencias. Juega un rol diferentes al de los Países Amigos que “acompañan” el proceso, y que se limitan a ser informados por las partes después de cada ronda negociadora. Si las partes no lo explican igual, de nuevo será útil la versión del observador externo. Una de las funciones de los Países Amigos es la de ser “incentivadores” políticos y económicos, especialmente en los momentos de crisis, aunque este cometido lo pueden cumplir otras instancias (la Unión Europea sería un ejemplo clásico).

En algunos procesos se utiliza la figura de un Grupo Internacional de Contacto, o similar, para acompañar una negociación. En la de la guerrilla del MILF filipino con el Gobierno hay una instancia formada por cuatro países y cuatro ONG internacionales. Pueden tener voz o sólo actuar como testigos, aunque en este último caso pueden hacer sugerencias informales fuera de la mesa de negociación, lo que puede enriquecer el formato. No obstante, hay que cuidar con no hinchar el número de actores, pues puede ser contraproducente. Lo que sí es conveniente en toda negociación es tener preparado un dispositivo complementario de apoyo, especialmente académico, para “generar ideas” en momentos de incertidumbre o de colapso de las negociaciones. A veces el facilitador puede sugerir una pausa, de días o semanas, para reconceptualizar lo hecho hasta entonces, darle un giro e introducir nuevos planteamientos. Un seminario de expertos independientes puede lograr eso, y dar insumos que luego pueden ser incorporados en la mesa de negociación.

Algunos de los acuerdos a que se llegan en la mesa de negociación necesitan luego ser verificados por terceras instancias. Si son de tipo militar, habrán de ser militares los que cumplan esta función, aunque se pueden explorar mecanismos alternativos (en Filipinas, por ejemplo, hay un alto el fuego que está verificado por la sociedad civil). De nuevo, los Países Amigos, o instancias como UNASUR podrían ayudar en esta tarea, de un fuerte componente técnico. Los “verificadores” son diferentes a los “garantes”, que son personas o instituciones que garantizan a las partes que no van a sufrir costos desmesurados por el hecho de negociar, y que les ofrecen garantías de que lo que firme luego se tendrá que cumplir. Una variante de esta función es la del “implementador”, que tiene capacidad para imponer sanciones a las partes que no cumplan con lo prometido.

Un buen proceso de paz, en suma, es aquel que es capaz de poner en marcha todas estas figuras y de acertar con las personas adecuadas. No hay que olvidar que la causa más frecuente de crisis en la mayoría de las negociaciones es justamente el modelo de mediación. Es importante, por ello, pensarlo con calma y decidir de forma consensuada quien deberá hacer qué y en qué momento.

*Director de la Escuela de Cultura de Paz
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