Martes, 17 de enero de 2017

| 1993/04/05 00:00

¿Quién nos mata?

¿Quién nos mata?

SI LOS 15 MINUTOS QUE SIGUIERON AL bombazo del World Trade Center de Nueva York, 19 grupos clandestinos diferentes llamaron por teléfono para reclamar como propio el atentado. Dos días después eran ya 50: movimientos de liberación étnicos, religiosos, sexuales, nacionalistas, linguísticos, tribales; bandas mafiosas de distintas drogas: heroína, cocaína, una que se llama "kaf" y que usaban en Somalia antes de que los Estados Unidos la invadieran con ayuda humanitaria; servicios secretos de numerosos países; empleados despechados de alguna de las dos mil empresas que tenían oficinas en las Torres; gente que tenía un seguro, y a quien le convenía un siniestro. Serbios, en venganza por la ayuda norteamericana a los croatas; croatas, por la tardanza en esa misma ayuda; bosnios, por sentirse olvidados entre serbios y croatas. Palestinos: o bien los de Abu Nidal, o bien los de Ahmed Jabril. Los iraquíes de Saddam Hussein. Los iraníes de los ayatolas. Los sirios de Hafez el Assad. Algún grupo fundamentalista libanés, ya sin dueño. El Frente de Liberación de las islas Molucas. Los libios del coronel Ghadafi. Los peruanos de Abimael Guzmán, o los de Fujimori. Los cubanos. Los independentistas puertorriqueños. Una secta satánica de California, o una secta arcangélica de Tejas. EI Vaticano. El Mossad israelí. La KGB ex soviética. La Stasi germano oriental. La Dina chilena. Los otros cubanos. La IRA irlandesa, la ETA vasca.
La N'dragheta calabresa. En fin: no se sabe todavía quién puso la bomba, y pudo ser cualquiera.
Tampoco se sabe contra quién la puso. Mario Cuomo, gobernador de Nueva York, dice que pudo ser contra él. Bill Clinton, presidente de los Estados Unidos, sospecha que fue contra él. Pablo Escobar está seguro de que fue contra su madre. La lista de los muertos sólo cinco y la de los heridos más de mil no da demasiadas pistas: gente común y corriente sin parentesco con Clinton, Cuomo o Escobar. En resumen: no se sabe nada de nada.
Tampoco es que eso importe demasiado. Cuando sea necesario encontrar un culpable, se lo encontrará. Los computadores de la CIA, los archivos de la Interpol, los análisis quimicos y bacteriológicos de la FAO (o de quien corresponda) servirán para darles respaldo tecnológico a las acusaciones políticas que se decidan en su momento: Cuba, Libia, los narcos, un loco solitario como el que, según dicen, mató a Kennedy. El culpable será el que más convenga. Porque así como las víctimas del terrorismo son indiscriminadas, escogidas por el puro azar, también son aleatorios los culpables, tanto los falsos como los verdaderos. Los terroristas ponen bombas en todas partes: esa misma semana de la de Nueva York las habían puesto en Armagh, Irlanda; en El Cairo, Egipto; en Palermo, Italia; en Madrid, España; en Beirut, Líbano; en Lima, Perú; en Kabul, Afganistán; en Bakú, Azerbaiján; en Mogadiscio, Somalia; en Londres, Gran Bretaña; en Toulouse, Francia; en Melbourne, Australia, y en Zamboanga, Filipinas.Y esas bombas matan a cualquiera, al que sea, al que pasa por ahí: da exactamente lo mismo. Los muertos son casuales, fortuitos, arbitrarios, como lo son también sus asesinos. No querian matar a esos: les daba igual.
Eso parece obvio. Pero no es lógico. El terrorismo indiscriminado tiene sentido cuando las indiscriminadas son las víctimas, pero no sus victimarios. Para inspirar terror, y que ese terror tenga algún objeto, es necesario que se sepa quién lo inspira. Quietos, o nos mata Pablo Escobar. Quietos, o nos mata Abu Nidal. Quietos, porque si nos mata el Fondo Monetario Internacional, que quiere que se sepa. Pero si nos tenemos que quedar quietos por miedo a que nos maten sin saber quién nos mata... No sé: pero los únicos a quienes les sirve de algo el terrorismo anónimo son los dueños de la seguridad.

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