Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2000/10/16 00:00

¿Quién mató a los del Fucha?

Las 'Reminiscencias de Santa Fe' encabezarían el capítulo respectivo como 'El crimen del Fucha'.

¿Quién mató a los del Fucha?

La muerte violenta de un boxeador, algo delirante de grandeza, de nombre Francisco Pérez y de sobrenombre Mamatoco (bastante menos importante que Pacho Pérez), ocurrida en el mes de julio de 1943, llevó a Laureano Gómez a preguntarse y a preguntarle al gobierno de entonces, durante meses: “¿Quién mató a Mamatoco?”.

El crimen nunca se esclareció, pues, entre otras cosas, su expediente ardió, como muchos otros el 9 de abril de 1948, cuando la chusma purificadora resolvió hacer borrón y cuenta nueva. Buena esa. Se atribuyó a la policía, cuyo comando de la calle 40 frecuentaba el boxeador, quien al mismo tiempo publicaba una hojita de denuncias. Pugilista, pues, y periodista de profundidad.

Hubo versiones de toda clase. Que se trataba de un conspirador, que pretendía asesinar al presidente, que éste lo mandó matar en prevención. Hasta se habló de una situación comprometedora en la que había sido sorprendido un hijo del Ejecutivo, estacionado su auto en el Parque Nacional. Eran tan cómodos los coches del 40. Esto, por supuesto, no pasó de ser un chisme, pero lo peor de todo fue que la dirección de la policía, respaldada por el ministro de Gobierno, resolvió tapiar el asunto, a la par con la tumba de don Francisco. Paz en su tapia.

Hoy aquel formidable fiscal que fuera Laureano Gómez estaría repitiendo, con igual insistencia demoledora, ¿quién mató, arrojándoles un muro, a doña Irma y a don William, vecinos del Luna Park, en las riberas del Fucha? Porque es increíble, pero el suceso ya se ha echado al olvido y nadie parece interesarse en él o, acaso, muy pocos. Entre tantas muertes colombianas, este crimen de responsabilidad de las alcaldías mayor y menor del Distrito pasó a sumarse al relleno de Doña Juana. Mientras las obras de progreso avanzan.

Destaco las últimas referencias a este hecho, ya agónico, por ejemplo la de C. Ll. de la F. (alias, el director), quien en reciente editorial del 8, en el diario de la cervecería, dice: “En ningún país sensato la recuperación del espacio público, aun a costa de algunos muertos que a nadie parecen importarle, tiene prelación sobre la seguridad”.

Unos días antes, el primero de este mes, Rudolf Hommes, en el diario El Tiempo, señala la “manera un poco desentendida y muy arrogante como las autoridades distritales reaccionaron al hecho”, luego de haber olvidado, dice el ex ministro, el respeto a la vida y el derecho de protesta pacífica. Ligera omisión.

Alberto Aguirre, en Cromos del 4 de este mes, es inclemente con el alcalde Peñalosa, de quien afirma que ha impuesto un estilo imperial de mando y un poder brutal (así titula su nota: ‘Poder brutal’) y no ha mostrado, ante la tragedia ni un asomo de consideración, pero ni la sombra siquiera de una lágrima.

¿Quién mató a doña Irma Prieto y a don William Villalobos, a quienes se les arrojó encima la tapia que pedían no fuera derribada? Lo cual fue accionado mediante la famosa retro, que simbolizará en adelante, tanto el progreso de la capital, bajo la férula de Peñalosa, como este crimen oficial, perpetrado al borde del río Fucha.

En cualquier otro lugar del mundo civilizado, allí donde hay bolardos estéticos (que son útiles cuando una ciudad tiene todo lo demás, alcantarillado, hospitales, policía culta, transporte masivo resuelto, no en vía de aparatoso ensayo), un hecho como este, de tan brutal acción contra los ciudadanos, habría ocasionado, junto con la caída del muro, la del funcionario mayor y de los funcionarios menores de la ciudad y hubiera sido motivo de un juicio de grave responsabilidad.

Aquí todo lo vamos olvidando, en automática y defensiva terapia, lo que no es imputable a una ciudadanía acosada por las malas noticias y con deseo de horizontes respirables. La mayoría está deslumbrada con la revolución urbanística y mira estos atropellos tan levemente, como los ve el autorizado ‘Hombre de la Calle’, sólo con alguna reserva en cuanto a la drasticidad en los procedimientos. Pedruscos que obstaculizan, diría yo, acaso removibles por la misma retroexcavadora de torpes y jurásicas palancas hidráulicas.

Salten cráneos y huesos en aras de las ciclorrutas, para las cuales no hubo consulta popular, y que todo sea por las alamedas, plazas y parques lineales, reconocidamente bien hechos, hoy adornados con fotografías del alcalde impulsor de los mismos. Funcionario que, a decir de Hommes, ha favorecido un modelo “de déspota benévolo e ilustrado”. Y que a las diez de últimas se ha “estrellado de narices contra el muro del Luna Park”, esto es, contra un hecho criminal de su administración, que en las Reminiscencias de Santa Fe bien podría relatarse bajo el encabezamiento de ‘El crimen del Fucha’.

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Sí, me equivoqué, como me lo han hecho notar amables lectores. Cité como de Barba un verso de De Greiff, pecado gravísimo, así lo hiciera en una alusión transeúnte. Ambos poetas desgarrados son de todo mi sentir y, tal vez por eso, oí el cantar y confundí los trinos, como en el verso de Barba (¿o de De Greiff?)

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