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Opinión

  • | 2006/11/18 00:00

    ¿Quién es paramilitar?

    Es sano que los políticos que organizaron grupos paramilitares y ordenaron masacres pierdan su careta. Lo que no conviene es graduar de para a toda la clase política

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“No hay más justicia que la verdad”, dijo Unamuno. Pero la verdad del fenómeno paramilitar es una verdad que casi nadie quiere oír. Casi todos los propietarios de una hacienda, de una mina o de una parcela en el campo cayeron en un círculo vicioso que llevó al país a la locura: pagaban vacunas a la guerrilla, cuota a los grupos de autodefensa y finalmente impuestos (con la mayor evasión posible) al Estado. Este equilibrismo era insostenible.
Cuando las bandas fundadas para defender las fincas ampliaron su negocio, es decir, se metieron en el narcotráfico, hubo un momento de bonanza: las tierras empezaron a valer más. Los paramilitares, sus aliados, se las compraban a buen precio, al menos en los territorios liberados de guerrilla. Y en los más lejanos, los de los cultivos de la droga, empezó la guerra más triste y más feroz contra los campesinos. En el fuego cruzado entre la guerrilla y los paramilitares, en lucha por apropiarse de sus cultivos o de su apoyo, los más débiles acabaron masacrados o desplazados. La terrible injusticia del campo destrozó las ciudades: millones de fugitivos del miedo trataron de hallar un espacio en la ciudad, y aún no lo encuentran.
Los grupos paramilitares crecieron como un cáncer, algunos todavía bajo el dominio de los hacendados y sectores oficiales, y otros ya ruedas sueltas, dedicados al narcotráfico y a las matanzas, a las extorsiones más burdas. El monstruo engendrado por ellos mismos, aliado y favorecido por el Ejército por aquello del enemigo común (la guerrilla), se fue volviendo un Frankenstein. Es ahí cuando les ofrecen entrar a un proceso de paz y de desarme, que es el momento tremendo en el que estamos. Un proceso de paz con una dosis mínima de pena, y con una dosis de verdad todavía menor.
Lo más complejo es que ya ha habido demasiadas víctimas, y tanto dolor junto tiene alguna voz. Las víctimas piden verdad, justicia y reparación. Se intenta complacer a todo el mundo, pero también en mínimas dosis. Poca justicia, un tris de verdad, cantidades homeopáticas de reparación. Nadie queda contento: los paras piensan que los mismos que los crearon y auspiciaron, ahora los están condenando y amenazando con la extradición si no se someten. Las víctimas ven con rabia a un Estado complaciente y a sus victimarios perdonados.
Hay en este proceso con el que nadie está del todo contento, sin embargo, una cosa buena, así sea incierta, inestable: por un momento los muertos han disminuido en Colombia. No estamos en el período de las peores masacres. Es verdad que algunos de estos grupos han suspendido por un momento el terror. Si por unos meses, o años, uno se desacostumbra a matar, volver a lo mismo no es tan fácil. Hay una dinámica buena en la desmovilización, que no deberíamos desaprovechar. El país, por un instante, es menos bárbaro. Podría volver a ser igual, o peor que antes, si no manejamos este momento con mucha maña.
Es sano que los políticos que se metieron a organizar grupos paramilitares y a ordenar masacres pierdan su careta. Es bueno que se sepa esa verdad, y sus nexos con el narcotráfico. Es bueno –y gravísimo– que se sepa que estas organizaciones se metieron hasta la cúpula más alta de los organismos de seguridad del Estado (DAS) y hay que desterrarlos de allí. Lo que no conviene, creo, es graduar ahora de paramilitar a toda la clase política (antioqueña, costeña y boyacense, sobre todo). Así como es injusto calificar como aliados de la guerrilla a todos los críticos del gobierno o a todos los izquierdistas, así mismo sería una injusticia (una incomprensión de las circunstancias históricas de cada uno) ver ahora como paramilitares a todos aquellos que tuvieron algo que ver con los grupos de autodefensa en las regiones.
Pagarles vacunas de mala gana a los guerrilleros es un delito, pero no convierte a los que las pagan en guerrilleros. Pagarles cuotas de buena gana a los paramilitares también es un delito, pero tampoco convierte a los hacendados que las pagan en paramilitares. Hay niveles de culpa. Son cómplices, sí, e hicieron algo indigno. Pero ese era, o es, el país que tenemos, y si vamos a meter en la cárcel a los que adoptaron conductas de este tipo en el campo, habría que convertir la mitad del país en una cárcel.
Hay que contar estas verdades. Pero también recordar que la justicia no es el castigo ni la venganza. “No hay más justicia que la verdad”. Por eso no conviene seguir el camino de la limpieza moral, y empezar a ver ahora paracos en todas partes. Este es un país demasiado complejo, donde el dolor y la ambición han dictado muchas conductas indignas. Pero esto no nos puede llevar a la fiebre moral de ver asesinos en todos lados. Hemos tenido 30 años horrendos, hundidos en complicidades mayores y menores con los paracos, y también, hay que decirlo, en complacencias vergonzosas con la guerrilla. Tenemos que salir de los errores que se volvieron horrores. Digamos la verdad, sin caer en la locura moralista de Sodoma y Gomorra: aunque no haya ni 10 justos, no es conveniente que quememos al país entero.
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