Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/02/24 00:00

¿Quiénes se quedan?

Miriam de las Victorias Tello analiza el libro ‘Que me busquen en el río’, una reveladora novela sobre las masacres en Trujillo, Valle.

¿Quiénes se quedan?

El estacionamiento es la muerte.
Paul Virilio, Urbano, demasiado urbano.

¿Qué vida resiste una región en guerra, donde nadie sabe quién persigue a quién y en qué momento a uno le tocará el ser un desaparecido más? Que me busquen en el río es una novela sencilla, de Adelaida Fernández Ochoa, con sabor a campo caliente, seco, en la que se combinan la gracia de la vida y la muerte desgraciada. Se oyen los gritos, los juegos frescos de los chicos y, por qué no decirlo, el empuje que caracteriza los sueños de una adolescencia que quiere tener espacios para jugar: impulsan un reinado de belleza con el ánimo de recolectar fondos para construir una “Cancha de fútbol”. Contrasta la alegría de los niños con el tedio de los mayores, quienes no saben qué hacer con el tiempo que se les escapa de las manos. Doña Clemencia, sentada en su silla mecedora, busca refrescarse al atardecer en el portal de su casa; suda a mares mientras arrulla a su último niño, tarde tras tarde, casi olvidando el cuidado de sus otros hijos. Los habitantes más sensibles no sólo se ven afectados por el tórrido clima, sino porque, de alguna manera, son víctimas indirectas de los causantes de las muertes y las desapariciones; hay casos como el de la profesora Bernarda, que por Ataques de Risa Nerviosa se ve obligada a suspender clases.

Muchos personajes del pueblo se cruzan en la novela. Los animales ocupan los espacios donde calla la gente; aquellos se domestican, se humanizan, les ponen nombres. Los terneros no tienen nombre, son terneros. Los gatos se asustan y huyen de las casas deshabitadas. No falta la paloma mensajera, la cual no es precisamente la que trae la paz, sino la guerra, “seguramente porque ha cumplido labores de espionaje a favor de los buenos, que son los malos para el bando contrario, o a favor de los malos, que son buenos para sí mismos”. La narradora se pregunta, ¿Por qué es la paloma un símbolo de paz si apenas sirve para “alegrar las Plazas de Bolívar”, si no es útil para los humanos, quienes se enferman con tanto ácaro que suelta al volar? “¿Cuándo se ha visto que una gallina sea emisario de guerra?” La maestra, tal vez, siente que las gallinas pueden ser mejor el símbolo de la paz que las palomas, aquellas son animales inofensivos, viven en los solares de las casas regalando sus alimentos nutricios como la carne y sus huevos. La necesidad tiene alas, alas del corto vuelo de la gallina- necesidad. Y hasta su cacarear alegra en las mañanas el despertar en el campo.

La narradora cuenta sus vivencias enmarcadas dentro de la situación política de una vereda perteneciente a Trujillo (Valle). Es el año 1990, son asesinados en Colombia tres políticos en menos de tres meses, líderes de la oposición: Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, y Carlos Pizarro León-Gómez, en pleno vuelo de avión. En este villorrio del trópico del Valle del Cauca, todo el mundo se aburre, pero nadie se da cuenta. Aparece en la novela lo dramático, aderezado con cierto humor, y las canciones populares, que ayudan a leerla con la cadencia del ritmo del lenguaje cotidiano de esta zona colombiana. Se escribe como se habla, o casi, hay un uso menor de la lengua con frases unas veces cortas, otras, largas. A veces tan largas, y con un tono tan coloquial, que se pierde el ritmo musical de la lectura. Por momentos nos refiere en pequeño el acontecer de un país en guerra interminable. De nunca acabar. Así fue que yendo la maestra en un taxi de Trujillo a Tuluá se encontró, en un recorte de prensa, el aviso: Que me busquen en el río. Todos se van. Unos, la inmensa mayoría, desaparecidos por los militares aliados con los paramilitares. Uno, ÚNICO, por muerte natural. Este es el acontecimiento del pueblo. Todos se van. El estacionamiento es la muerte, y no hay puertas por dónde salir. La mayoría, expulsados de sus viviendas a media noche. Todos, sospechosos, por tener enlaces con la guerrilla, terminan siendo tirados al río. Y, como hay algunos menos acosados por el miedo que otros, Gerardo, agricultor como muchos, ¿tendría el coraje de enfrentar a los sicarios, de morir a bala o escapar? Cuando fueron por él, alcanzó a decirle a su compañera: “Si no he vuelto a la tarde, entonces que me busquen en el río”. Y, a Gerardo aún lo están buscando.

La novela no es para interpretarla, más bien, se presta para observar una realidad que no tiene salidas. Por el río se puede salir, pero nadie sale vivo; la inercia de las mentes sobrepasa la monotonía, responde al funcionamiento de la maquinaria de un Estado burocrático, allí nadie cambia. Todo pasa y nada pasa. Los que vigilan son vigilados, se produce la vigilancia en forma de pirámide, nadie escapa a la mirada de nadie. Pese a todo, la narradora logra interrogar con cierto tino a las diferentes mujeres, en ocasiones las pone a hablar sobre sus deseos y pasiones, las induce a contar sobre sus amores secretos compartidos con otra mujer que no es su rival, más bien amigas en circunstancias específicas, como en la búsqueda del cadáver del hombre que ambas amaron: Gerardo. La maestra sutilmente estimula a las mujeres en la libre toma de decisiones sobre la procreación. Siendo ella una persona fuerte, también se ve abocada a temer el señalamiento y a ser perseguida por los malos que son buenos para sí mismos, optando finalmente por dejar a sus viejas compañeras, alumnas y alumnos. Si todos se van, “¿quién enseñará a los estudiantes campesinos?”

¿Cuándo podremos usar nuestra propia lengua sin huir de nuestra propia tierra?

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