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Opinión

  • | 2008/02/16 00:00

    ¿Quieren una apuesta?

    La primera reelección de Uribe tenía un discutible motivo institucional. La segunda tiene un claro tinte caudillista

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No estuve de acuerdo con la primera reelección de Álvaro Uribe por la mitad de razones que ahora me obligan a tampoco estar de acuerdo con la segunda.

Y eso que se podría decir que la primera reelección obedecía a la razón institucional de que cuatro años de gobierno son muy pocos para acabar con problemas tan antiguos y arraigados en Colombia como las Farc, el narcotráfico y el paramilitarismo, la corrupción rampante en todos los niveles de la administración del Estado y hasta de los propios particulares en sus relaciones contractuales con éste.

Así que, apoyado por buena parte del país, y después de haber dicho en un comienzo que no era partidario de la reelección en Colombia, Uribe se hizo reelegir para acabar de "ganar la guerra", a pesar de que él supuestamente no quería. Es decir, le tocó, porque el pueblo se lo demandó.

Pero así como podríamos decir que la primera reelección tenía esa razón institucional, esta segunda tiene un tinte claramente caudillista. Y lo que sí no es serio es volver a jugar el juego de que yo no quiero pero de pronto me toca.

Desde el primer momento, la mención del Presidente a la palabra hecatombe como la única razón de pensar en la segunda reelección se interpretó como la posibilidad de que no encontrara un sucesor con la misma horma de sus zapatos.

La carátula de la revista Cambio de la semana pasada demuestra que esa disculpa es chimba. Sin que siquiera figuren en ella todos los que podrían ser, Cambio escogió 12 nombres de colombianos presidenciables, y debo reconocer que con por lo menos 10 de ellos yo me sentiría en la posibilidad de quedar bien gobernada.

Metería el dedo en la tinta por Noemí, Vargas Lleras, Pardo, otra vez por Gaviria, por Juan Camilo, por Luis A. Moreno, por Sergio Fajardo, por Peñalosa, por Santos y por Mockus. Para no mencionar propuestas muy interesantes para el país como las de Gómez Mendez, Cecilia López o Marta Lucía, que no aparecen en la carátula.

Pocos países del mundo pueden exhibir un menú tan abundante de aspirantes que no sólo están preparados para gobernar, sino que además tienen las ganas de hacerlo, porque a veces lo uno se da sin lo otro y lo otro sin lo uno.

Chávez tiene aplastada a punta de populismo cualquier posibilidad de su relevo. Perú se sobó cuando reeligió a Fujimori porque pensaba que era insuperable. En Argentina encontraron al sucesor de Kirchner con otra Kirchner, y los convirtieron en una dinastía que ofrece más dudas que certezas. Daniel Ortega quiere armar la guerra entre Colombia y Nicaragua porque es un presidente débil que llegó nuevamente al poder por falta de adversarios.

Los anteriores ejemplos sólo tienen por objeto señalar que Colombia es un país privilegiado, donde existen alternativas políticas y liderazgos frescos que conviene empezar a ventilar, en lugar de producir un tapón generacional lleno de frustrados.

La disculpa de los reeleccionistas es la extraordinaria popularidad de Uribe. Pero las mayorías en Colombia también votarían por cosas absurdas como la pena de muerte. Y además, hay muchos que, como yo, militan en el uribismo, pero no en el reeleccionismo.

Y menos para una segunda reelección, por razones, como decía atrás, doblemente abundantes. Quisiera, por ejemplo, que Uribe terminara su segundo período con el 80 por ciento de popularidad y no con el 15 por ciento o menos que seguramente tendría a finales de su tercero. Quisiera que tres períodos seguidos de su Presidencia no perturbaran la separación de poderes en Colombia, que es uno de nuestros pilares constitucionales. Quisiera que el consenso político alrededor del Presidente fuera tan grande como se pueda, en lugar de reducirlo al mínimo por cuenta de quienes hoy, matriculados en la coalición de gobierno, resuelvan abandonarlo durante otro período en el poder. Quisiera que la Constitución, antes manoseada por discutibles razones institucionales, ahora no volviera a serlo por razones caudillistas. Quisiera que el Presidente dedicara los próximos tres años a lo que nos ha enseñado que hace muy bien: a trabajar, etcétera, etcétera, y no a hacer campaña reelectoral. Quisiera que en Colombia no nos veamos obligados a desconfiar de las reglas de juego institucionales.

Por todo lo anterior, creo que el silencio del Presidente acerca de su intención de hacerse reelegir será más corto de lo que se cree, porque las exigencias para su destape irán in crescendo. Y me atrevo a hacerles una apuesta: que cuando lo rompa, será para decir que suspendan la recolección de firmas porque no cree conveniente para el país su segunda reelección.

Ese presidente Uribe sería muchísimo más popular y confiable que un presidente Uribe que se decidiera a decir que sí.

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