Domingo, 22 de enero de 2017

| 2010/10/02 00:00

¡Quiero ser un facho como el Procurador!

El Procurador vivía obsesionado con la reparación y la memoria. Pero no de las víctimas, sino de los computadores de la guerrilla.

¡Quiero ser un facho como el Procurador!

El mismo día que dieron la falsa noticia de que la ONU nombraría un embajador que nos represente ante los extraterrestres, el procurador Ordóñez inhabilitó a Piedad Córdoba. Hemos perdido una linda oportunidad, pensé. Piedad habría hecho un bonito papel allá, con su turbante. Probablemente el Procurador la habría perseguido hasta la sede espacial, pero, espantado por cualquier tipo de polvo, aun el polvo cósmico, se habría replegado a su natal Bucaramanga y habríamos salido de los dos, de Piedad y del Procurador, en una misma jugada.

Pero eso lo pensaba antes, cuando no quería al Procurador. Ahora se ha vuelto mi faro.

Reconozco que al principio no me gustaba: me parecía un bebé rollizo de 60 años al que es inevitable no imaginar en pañales. Hagan el ejercicio. Imagínense al Procurador en pañales, caminando por Unicentro. Es algo fácil y divertido y se puede hacer en casa.

Después supe que en sus años mozos quemaba libros. Y entonces me pareció un mediocre: ¿cómo es posible que, ya puesto en ese plan, no les hubiera prendido candela a los de doña Amparo Canal de Turbay? ¿Cuáles quemó, entonces? Este país jamás saldrá adelante hasta que doña Amparo deponga el esfero: que lo deje en un lugar visible y se aleje de él lentamente, con los brazos en alto.

Luego pude observar, con estupor, que, en épocas de posconflicto, el doctor Ordóñez vivía obsesionado con la reparación y la memoria. Pero no de las víctimas, sino de los computadores de la guerrilla, para condenar a Piedad Córdoba. Las pruebas eran lo de menos: todos sabemos que las únicas pruebas que le importan a Ordóñez son las pruebas de embarazo.

Sin embargo, desde esta semana mi percepción sobre el Procurador cambió. Tuve que verlo tantas veces en televisión que descubrí ya no al troglodita impresentable, sino al tierno ser humano que merece mi compasión. Mírenlo: vive como contenido, como tenso. Ojalá un día se libere de verdad: se arranque las tirantas, cambie de sexo, aborte. Y respire aliviado.

Sin darme cuenta salté de la compasión a la admiración. Y ahora sueño con ser como él y dar sendas clases de moral, ojalá en la Sergio Arboleda:

—Aventuremos, pues, una definición de obsceno -diría con la tiza en la mano-: obsceno es lo que le produzca una erección al señor Procurador.

Gracias a la influencia del doctor Ordóñez, hoy puedo decir que soy un facho feliz. Este relativismo moral me tenía podrido. Y no me refiero a que uno se haga el bobo ante pecados veniales como hacerse elegir con ayuda de los paramilitares, entregar notarías a cambio de votos o perseguir a la oposición. No. Hablo de que ya no nos indignan asuntos que de verdad atentan contra la sociedad: las minifaldas, los abortos. Los maricas.

Este país necesita mano dura. Hay que torturar a los adictos; hay que endurecer las penas. Sugiero que en delitos mayores, como ser gay o fumarse un bareto, la gente pague de verdad: que al criminal lo pongan a disputarse una empanada de Andrés Carne de Res con el hijo de Javier Ayala, por ejemplo.

Me vuelvo del ala ultraderecha del Partido Conservador. Me pongo las botas de cuero y me voy a patear al padre Chucho, a Jota Mario, a todos los que me caen mal. No me avergüenzo de nada: ni siquiera de que el presidente de mi partido sea el ex canciller Araújo. Si Gadafi es líder eterno de su país, no veo por qué alguien con similares problemas de acné no puede dirigir un partido, por más huecos que tenga. Por más huecos que tenga el partido, digo, no el cutis. Porque debe tener huecos un partido que históricamente lanza consignas como esta: '¡Por la defensa de la vida, pena de muerte a las mujeres que aborten!'.

Me harté. Yo también quiero ser un cavernario como ellos: un cavernario de lesa humanidad. Es el momento propicio para serlo. En el uribismo estábamos todos apiñados. Pero el Mono Jojoy dejó libres las cavernas donde se escondía y ahora vamos a caber todos cómodamente: en una, Enrique Gómez; en otra, Fernando Londoño; en la más grande, el Procurador; en una chiquita, Ernesto Yamhure. No puede ingresar nadie que no sea del partido. Si acaso Petro, que alguna vez nos ayudó.

Me caía mal el Procurador, digo. Antes creía que la prueba reina de la inocencia de Piedad era que la hubiera sancionado este Procurador. Y aunque la senadora no era de mis amores, y detestaba su amistad con Chávez, me parecía que había una innecesaria persecución en su contra: llamarse Piedad Esneida, a mi juicio, ya es un castigo suficiente.

Pobre senadora. Creo que la vivimos malinterpretando. Cuando dijo hace poco que en Colombia estaban las fosas más grandes de América Latina, lo decía porque tiene que ver a diario la nariz de Juan Lozano, su vecino de curul. Pero ahora que admiro al doctor Ordóñez, ya no la compadezco. Al revés: aplaudo que la sancionen. Hay que salir de los negros y de los comunistas. Ya daremos con otro embajador ante los extraterrestres. Puede ser Valencia Cossio, cuyo rostro es amigable para ellos. Mockus también lo haría bien porque vive en la luna. Pero si se trata de entenderse con seres alienígenas, el indicado es el modisto de reinas Alfredo Barraza, que es uno de ellos.

Habrá que ver si Alfredo Barraza le parece obsceno al Procurador.

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