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Opinión

  • | 1999/04/26 00:00

    RABO DE PAJA

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Sería interesante averiguar cuáles son las palabras que más aparecen en los medios
colombianos. Antes de cualquier medición científica, es fácil vaticinar que 'investigación exhaustiva', 'ex
presidente López' y el prefijo 'narco', se codean en los primeros lugares. Hay una, sin embargo, que ha sido
mencionada tantas veces que ya hace parte de nuestra cotidianidad y, por ende, debería ser declarada
fuera de concurso: 'corrupción'. Su fonética seductora nos ha zumbado al oído desde que gateamos. Es
tema obligado en las reuniones familiares, en las aulas, en los velorios, en los cafés, en los bares, y _cómo
no_ en los cocteles. Podría decirse que con el paso de los años nos volvemos unos especialistas empíricos
en la materia. Pero, qué curioso, después de tanta familiaridad con el tema y cuando un debate ético se viene
abriendo paso en el país, los colombianos tenemos frente a la corrupción un comportamiento cada vez más
esquizofrénico, cuando no hipócrita. Debido a un maniqueísmo atávico que nos ha guiado durante siglos, nos
hemos acostumbrado a ver que los corruptos se encuentran allá, lejos, enmarcados en un infierno dantesco,
mientras 'nosotros' nos escandalizamos desde acá, la paradisíaca orilla de la doble moral.Arden allá los
políticos que han desangrado a la Nación. En esa cueva nauseabunda y pestilente están los responsables
de las quiebras de la Caja Agraria, el Seguro Social, las termoeléctricas y demás empresas del Estado.
Están los 'servidores públicos' que ven el presupuesto como un botín. Está, en fin, casi toda nuestra clase
política, la cual hierve a fuego lento en las espesas calderas del desgreño administrativo. Los colombianos le
hemos atribuido a la corrupción una falaciosa connotación pública. "Es cosa de los políticos", oímos
murmurar a diestra y siniestra. Pero, si bien es cierto que en cuestiones de corrupción los políticos se
pueden considerar los chicos más malos, dada su inmensa responsabilidad social, de ninguna manera
son los únicos chicos malos. Parece que tuviéramos una amnesia autoprogramada que nos impide recordar
que se necesitan dos para bailar la samba de la corrupción. Que detrás del funcionario público corrupto
muchas veces está la mano venal del sector privado; o el chequecito del ciudadano común. Tendemos a olvidar
también que los malos no son solo los que cometen el delito sino los que se benefician conscientemente de
él.Nos hemos acostumbrado a ver el flagelo de la corrupción desde la óptica maniquea del blanco y el
negro, cuando en realidad se trata de una inmensa gama de grises en la que, en mayor o menor grado,
participa la gran mayoría de los colombianos. Desde el gris oscuro y delictivo del ministro corrupto, pasando
por el gris mate del empresario evasor, hasta el gris pálido del silencio cómplice del ciudadano común. Nos
indignamos _con obvia razón_ con aquellos políticos que le vendieron su alma a los carteles de la droga, pero
no preguntamos dónde están los responsables de las millonarias operaciones de lavado de dinero en el sector
financiero. O dónde están los responsables de las empresas privadas que pagan a diario millonarios sobornos
y 'coimas' para ganarse las licitaciones del Estado. ¿Son acaso estas preguntas políticamente incorrectas?
Cuando los organismos internacionales califican el desempeño de nuestro sector público, somos uno de
los 10 países más corruptos del mundo. Pero si hacemos la misma medición con los representantes del
sector privado, resulta que somos una Suecia en el trópico. Qué extraño, ¿no?Bueno, esto para no hablar del
tristemente célebre 'correo de las brujas' _que ha sido noticia en los últimos días_, en el que la clase alta
importa bienes del exterior sin pagar aranceles (¿quién se le ha metido a este tema?). O de la enorme _e
ingeniosa_ evasión tributaria de empresas y particulares que, según la Dian, supera el 30 por ciento. El
ejemplo viene de arriba y es bastante desconsolador. Y claro, el resto de la sociedad tiende a imitarlo.
Como ciudadanos reclamamos con vehemencia nuestros derechos pero no somos capaces de asumir
nuestros deberes. Señalamos con dedo vindicativo la corrupción oficial pero actuamos como unos cafres en
nuestras vidas cotidianas. Somos muy propensos a la quejadera estéril pero a la hora de actuar no tenemos el
coraje de poner un denuncio o de servir como testigos en un proceso penal. Nos fascina caricaturizar la
mezquindad de nuestros gobernantes pero no somos capaces de movilizarnos para defender propósitos
comunes ni causas éticas. Y mucho menos ideales. ¿Será, entonces, que los colombianos somos
descendientes directos de esa especie humana que describió Hobbes en El Leviatán donde "el hombre es un
lobo para el hombre"? O será, más bien, que nuestro comportamiento tiene una explicación menos filosófica y
más mundana: tenemos un gran 'rabo de paja'.
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