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Opinión

  • | 2006/11/21 00:00

    Radiografía Bogotana

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La Séptima, una de las más transitadas carreras de Bogotá, la que conduce de forma más directa del norte de la ciudad al centro gubernamental del país, encierra un mundo contradictorio, ruin y prestigioso, fácil de identificar en cualquiera de sus esquinas, reflejo de lo que es la capital y de lo que somos los colombianos.

En la esquina de la 19, un negro pone en sus manos por 4 mil pesos la película que se estrenará el jueves en la cartelera nacional; la señora que camina a mi lado jalando el carro de mercado repleto de discos compactos me informa que se ha disparado la compra de música en Mp3, sólo le queda un CD con 10 mil canciones que me deja en 6 mil; ante una inquietud que le planteo sobre las ventas de rock en español me informa que poco se negocia -en terraza Pasteur de pronto, allá consiguen hasta droga para escuchar mejor- me dice riéndose. Frente a una librería, sin descaro se ofrece la más reciente obra del Nóbel Pamuk, 60% más económico que adentro.

La mujer madura que sale llorando del casino apostó y perdió el total del monto de la mesada pensional que muy temprano madrugó a cobrar y por la que se sacrificó 25 años trabajando.

Un caleño ofrece camisetas originales (supuestamente) de equipos de fútbol a 20 mil pesos, curiosamente la del América de Cali siguen estando en el rango de las más solicitadas. El mismo muchacho en las tardes entrega publicidad de un centro esotérico donde averiguar por el futuro cuesta 10 mil.

Un chileno vende periódicos del mundo; la ecuatoriana tiene ropa tejida a mano, promocionada sobre un plástico expandido en el andén, y un boliviano se hace pasar por argentino para vender discos de tango.

El hombre recostado contra la casi imperceptible puerta de 1x2 metros, ofrece chicas, chicas, chicas. El del lado tiene finas mascotas higiénicamente presentadas en cajas de cartón; sino quiere perros, lleve el curso de inglés que en estos tiempos de inclinación ante el imperio gringo es necesario tener para estar in, que también él le tiene.

El señor de los anillos, camisa colorida y manga corta, adornada con palmeras, abierta hasta el tercer botón, dejándole ver el pecho, y más que el pecho la cadena de oro adornada con esmeraldas, antes que las sandalias, que desciende de la camioneta blindada, de placas oficiales, adjudicada a un conocido parlamentario, sin dudarlo mucho, diría que es un traqueto. En otro lado lo dije, pero vale recordarlo, el diccionario, ni la justicia, registra a los traquetos.

En el parque un desempleado se hace lustrar antes de ingresar a una entrevista de trabajo. Los de ojos rasgados son turistas tomándose la foto para el recuerdo, con los edificios de Avianca y el Banco de la Republica como fondo. Los 4 ecuatorianos, que visten trajes típicos, cantan y venden sus producciones musicales, aclaran que nada tiene que ver con la señora que vende ropa, ellos viven de la cultura.

El grupo de provincianos al frente de la universidad no está esperando el cambio de clase, son esmeralderos que por años han estado allí promocionando sus piedras. Quien camina en medio de los corpulentos morenos, abriéndose paso sin pisar a los supuestos desplazados y los improvisados puestos de los vendedores ambulantes, es un Magistrado de la Corte Constitucional, que entre otras cosas, vela porque a esas personas se les respeten sus derechos, aunque no parezca impórtale mucho que esos ahí tirados sean o no humanos.

Quien porta sombrero barbisio, bufanda y audífonos en los oídos, canturrea camina con largas zancadas, torciendo los pies hacia afuera en cada paso, llevando similar coordinación en los brazos, soy yo, mirando con asombro la radiografía del país a escasos metros de la Alcaldía de Bogotá, la Presidencia de la Republica, el Congreso de Colombia y las altas cortes de justicia.

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