Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2016/06/10 14:15

Noticias desde la frontera

Un país que fue un gran exportador de novelas, hoy ha quedado reducido a un melodrama de lo que fue.

Ramsés Vargas Lamadrid.

La crisis venezolana devela algo más que el drama humano que vive un pueblo que, como lo dice su himno nacional, es un “bravo pueblo”. El paso de los modelos del socialismo del siglo XXI no ha arrojado los beneficios esperados, y ha logrado unos efectos muy negativos en un país que, a diferencia del nuestro, tuvo una bonanza petrolera larga y sostenida, y un aparato industrial más robusto y competitivo.

Tras dieciséis años de chavismo, el régimen político instaurado por el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Venezuela es hoy un país desindustrializado, con hambre, desempleo, hiperinflación, inseguridad, violencia y polarización.

Atrás quedó esa promisoria “Venezuela saudita” del petróleo, de la inmigración, de la cultura, la gastronomía y el folclor. Sobre la llamada “crisis venezolana” mucho se ha dicho. Sin embargo, en el ámbito internacional la repercusión de las decisiones que en materia económica y de política exterior tomó el chavismo, dejan secuelas en el relacionamiento hemisférico y regional.

El exilio que se impone a muchos venezolanos e inmigrantes - entre ellos nuestros connacionales - por cuestiones políticas y económicas, ha causado una fuga de talentos y capitales irreparable para un país que poco a poco ve marchitar su sistema educativo, de salud y su aparato productivo.

Además del drama de la diáspora venezolana, el gobierno del PSUV emprendió una cruzada diplomática basada en el petróleo y el asistencialismo para influir en organismos internacionales y así bloquear cualquier asomo de verificación democrática. Esto socavaba el panamericanismo y vulnera la tradición jurídica de un continente que se ha caracterizado por privilegiar la democracia, la protección de los derechos humanos, la no intromisión, la concertación y la cooperación.

El drama venezolano tardará mucho en terminar. Un país que fue un gran exportador de productos creativos como novelas, series, música y teatro, hoy ha quedado reducido a un melodrama de lo que fue la gran oportunidad de la región.

Colombia tiene muchos vasos comunicantes con Venezuela. Más allá del cliché del “país hermano”, y a pesar de las evidentes diferencias culturales y económicas, la diáspora colombiana se radicó en las llanuras y ciudades del vecino país. La mano de obra, el comercio y la industria fueron jalonadas por colombianos de diferentes orígenes y condiciones que se fueron a construir una mejor vida en la casa del vecino.

A diferencia de la estigmatización con la que se ve a nuestros connacionales en otras latitudes, el colombiano que hizo de Venezuela su hogar se distinguió por el trabajo duro, la responsabilidad y el emprendimiento, condiciones que nuestros hermanos venezolanos nos reconocen y admiran.

El cierre de la frontera es un drama humano que no resiste más. Las deprimentes imágenes de nuestros compatriotas cruzando truchas y ríos con muebles y enseres no se debe repetir. El gobierno colombiano y el venezolano deben reactivar sus mecanismos bilaterales de diálogo, con miras a lograr una solución efectiva para la crisis de la frontera, la repatriación, el comercio bilateral, y la reunificación de familias que no distinguen nacionalidad y se sienten colombo - venezolanas.

La Organización de Estados Americanos (OEA) tiene mucho para aportar en el hemisferio. A su turno, la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) debe ser vista como un aliado estratégico y el papel de una y otra organización no se debe convertir en una rivalidad que afecte las relaciones bilaterales de los Estados.

Bajo la premisa de la no injerencia y la no intervención no se debe guardar silencio frente a los atropellos y problemas que padecen nuestros connacionales. Tampoco es papel de los Estados sentar cátedras de gobierno o política. En la buena fe, la igualdad jurídica y la soberanía, se pueden encontrar puntos comunes de diálogo y cooperación que ayuden a dinamizar una agenda bilateral que influya positivamente en las poblaciones, las economías, y el tránsito que sufren los Estados como elemento típico de la política y la reorganización social y económica.

Colombia y Venezuela tienen mucho que aportar a la región y al continente, y tienen la responsabilidad de entender que su política interna tiene efectos más allá de sus fronteras, en dos pueblos que coexisten y comparten más allá de los colores políticos o de las afujías momentáneas.

* Rector de la Universidad Autónoma del Caribe

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