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Opinión

  • | 2013/11/09 00:00

    Cuando el bosque no deja ver los árboles

    El historiador no puede borrar o reescribir el pasado para hacerlo más agradable. Y la creencia generalizada de una supuesta existencia de razas superiores no se la inventó Hitler.

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La frase de Gabriel García Márquez, “nunca he sido ni seré nadie más que uno de los trece hijos del telegrafista de Aracataca”,  se puede leer de dos maneras. Una: por mucho que el hombre camine, aprenda y conozca otras culturas y sociedades, las axiologías primeras del espacio nativo van a acompañarlo siempre, así como el instinto salvaje acompaña a las fieras domesticadas. Dos: los elementos culturales que absorbe el niño en sus primeros años de vida resultan tan poderosos que siguen manifestándose con la misma intensidad en el adulto.

En García Márquez, lo anterior es de fácil rastreo porque se pone de manifiesto en sus relatos y en las acciones valorativas de sus personajes, pero también en las cientos de entrevistas que ha dado sobre los procesos creativos de sus novelas y las influencias recibidas de la casa paterna y su relación con los abuelos: doña Tranquilina, portadora de la oscuridad y, por lo tanto, referente de la noche, y el coronel Márquez, portador de la luz y representación del día, según palabras del Nobel en su charla con Plinio Apuleyo Mendoza.

En este sentido, nos recuerda Alejandro Grimson [Interculturalidad y comunicación, 2001], “la cultura se presenta como constitutiva del ser humano [donde se ponen de manifiesto] patrones de conducta, valores de significado, conocimientos, creencias, arte, leyes, moral y costumbres”, las cuales varían de un grupo social a otro, ya que “dan cuenta de lo que [estos] comparten y que hace posible que desarrollen un conflicto […], una serie de presupuestos, sentidos y prácticas que, a la vez, son la base de disputas en el interior de esa sociedad”.

Decir entonces que Colombia no es solo un país accidentado geográficamente sino también fragmentado en lo más profundo de sus raíces culturales, no deja de ser una afirmación irrefutable como todo axioma. A pesar de su desarrollo --lento pero al fin y al cabo desarrollo--, las creencias siguen siendo portadores de grandes significados. Hace ochenta años el antropólogo estadounidense Ellsworth Huntington “consideraba demostrativo los efectos de la geografía en la distribución de las cualidades de los grupos humanos”, lo que explicaba, según él, por qué la gente que vive en las regiones calientes es alegre y la asentada en las zonas altas son frías e inhumanos.

“Este tipo de análisis autocomplaciente”, nos recuerda David S. Landes, “podía resultar aceptable en un medio intelectual que gustaba de definir el desarrollo y el carácter en términos raciales, pero perdió credibilidad y aceptación a medida que las personas se fueron sensibilizando y volviendo hostiles a las comparaciones denigrantes entre grupos”.

Lamentablemente, el historiador no puede borrar o reescribir el pasado para hacerlo más agradable. Y la creencia generalizada de una supuesta existencia de razas superiores  no se la inventó Hitler, por lo que podemos rastrearla desde los primeros libros de la Biblia, seguirle el paso a lo largo del Gran Imperio Romano y verla aterrizar en América durante los trescientos años de colonialismo español. 

La esclavitud fue sin duda un reflejo de esta forma de pensamiento, lo que le permitió a unos grupos humanos doblegar a otros para que hicieran por ellos el trabajo duro. Por lo tanto, no es un invento de la historia que esta haya tenido su asiento en los climas tropicales y subtropicales como nos recuerda Landes en su estudio “La riqueza y la pobreza de las naciones”, y que la costumbre de la siesta tuviera su origen en estos espacios húmedos y en el momento en que el sol alcanzaba su máxima altura.

Quizá esto nos explique un poco el abandono en que se encuentran sumidas las regiones tropicales del país. Quizá nos explique también el por qué el atraso se ha ensañado contra estos espacios que fueron los puntos de entrada del comercio hacia el interior del continente y que permitieron el desarrollo de las ciudades ancladas en las montañas andinas.

Es probable que el éxito de la novelística garciamarqueana no radique solo en su estética y en los aportes técnicos que él supo asimilar y plasmar con maestría en sus relatos, sino también en haber dibujado con profundidad esos asientos axiológicos sobre los cuales se construye la identidad de una región. La descripción de un sinnúmero de pueblos polvorientos por donde a duras penas pasa un tren que no se detiene, es una radiografía perfecta de la historia de nuestras costas. Tal vez esto explique las palabras controversiales del asambleísta antioqueño Rodrigo Meza, cuando en una de sus ‘recordadas’ intervenciones aseguró ante las cámaras de televisión que “invertir [dinero] en el Chocó era como ponerle perfume a un bollo”. 

Aunque poco después pidió perdón y justificó sus palabras como motivadas por el calor de la discusión, dudo mucho que lo expresado no sea la manifestación de una visión del mundo en las que se ponen de manifiesto unas creencias ancestrales que durante largos siglos se tuvieron como verdades irrefutables y que fueron la punta de lanza del agitado comercio de mano de obra esclava que se prolongó durante trescientos años en la América mestiza.

De ahí, sin duda, la relevancia de las afirmaciones de García Márquez, pues los imaginarios son como embriones que articulan los grupos sociales y construyen esos espejos donde las futuras generaciones de individuos van a mirarse. De ahí también la importancia de la reflexión sobre esas imágenes negativas que algunos grupos construyen sobre otros. Imágenes que, como asegura José María Perceval, son “la génesis histórica de la principal pesadilla de nuestro tiempo, el asco más enraizado de nuestra cultura: la xenofobia y el racismo”.

Si es cierto que el debate sobre el científico Raúl Cuero no giró sobre este tema, tampoco se puede descartar que los prejuicios ancestrales hayan estado agazapados como animales salvajes a la espera de su presa. Las brujas no existen, decían los abuelos, pero de que las hay, no tengo dudas.

*Docente universitario.
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