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Opinión

  • | 2011/12/14 00:00

    Razonable pero catastrófica

    Una nota periodística bajo esos criterios editoriales conlleva un profundo desconocimiento de la realidad colombiana y resulta abiertamente ofensiva para la comunidad no solo del Valle del Cauca.

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A propósito de un pronunciamiento de un equipo de profesores de la Universidad Autónoma de Occidente sobre la desafortunada publicación de la Revista Hola de España resaltando a “Las mujeres más poderosas del Valle del Cauca…” junto a un disparatado acompañamiento gráfico, quedan ciertas inquietudes al respecto que merecen una reflexión.

Sin duda la crítica social por cuenta de ellos en relación con la imagen y su significado resulta pertinente. Una nota periodística bajo esos criterios editoriales conlleva un profundo desconocimiento de la realidad colombiana y resulta abiertamente ofensiva para la comunidad no solo del Valle del Cauca. Los supuestos de los que parte, suponen una sociedad que más se parece a la que padecimos dos generaciones atrás cuando las élites se valoraban por los apellidos, el color de piel y los gustos que profesaban.
 
Aunque nuestra Colombia aún conserva inmensos niveles de inequidad, contamos con una visión de nación mucho más incluyente, multicultural y abierta a todos los grupos sociales que estuvieron invisibilizados hasta la nueva Carta Fundamental de 1991.

Mucho aún queda por hacer. Y en ese sentido no sólo la prensa sino ante todo los otros estamentos del país - fuerzas armadas, comunidades científicas, iglesia, incluso las propias universidades y los gremios económicos y políticos - deben superar con hechos tangibles, la estereotipada idea de que colombianos afro descendientes solo sobresalen por la música y el deporte y no por sus capacidades intelectuales. ¿O acaso son las únicas opciones con las que cuentan?

Siendo razonable la crítica por cuenta de los profesores recoge sin embargo, una denostada postura intelectual que coloca a los medios de comunicación como responsables de gran parte de los males que agobian al mundo y en particular a la sociedad del presente. Es casi un paradigma que ha hecho carrera en sectores de académicos no solo en cabeza de Pierre Bourdieu cuyas citas en el texto aludido hacen parte de dos conferencias, paradójicamente televisadas, sobre la televisión y el campo periodístico unos años antes de su muerte.

Para un hombre como él, la televisión – que podría extenderse al resto de los medios - “privilegia cierto número de fast thinkers que proponen fast food cultural, alimento cultural predigerido”, concepto clave en su pensamiento, por lo que este medio de comunicación “no resulta muy favorable para la expresión del pensamiento”, ya que es imposible amalgamar la urgencia que presenta este medio y una instancia de reflexión profunda. “(…) cuando se está atenazado por la urgencia no se puede pensar”. Lo demás está dicho. Una sociedad que no tiene el espacio para pensar por sí misma, es fácil presa de las estructuras de quienes detentan los diversos poderes. Todo aquello que pueda representar logros de orden social o cultural, está lejos de la tarea de los medios de comunicación. Una concepción vinculada a la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt que desde los años treinta, cuestiona el papel de la prensa de masas, los medios de comunicación y por supuesto los periodistas bajo una postura que podríamos llamar catastrófica para describir las razones y las funciones de la prensa (los medios en general) en la sociedad actual.

Un discurso que ha hecho estragos en las salas de redacción en detrimento de la misma academia, marcando un inexplicable distanciamiento entre académicos y periodistas. Los primeros, porque suelen descalificar el trabajo de la prensa a la que consideran inocua ante el manejo noticioso ya que induce a la ciudadanía al entretenimiento y adormecimiento. Y sin negar lo pernicioso que resulta la presencia del llamado infoentretenimiento, descalificar algo por ser “muy periodístico”, resulta nefasto para entender la tarea de los medios y su responsabilidad de darle el sentido social al presente.

Los segundos, por estar inmersos en unas rutinas desbordadas en el presentismo (el presente por el presente mismo) y el último momento que poco deja a la reflexión y matiza la idea de que el valor de lo periodístico está marcado por la mera experiencia y no las consideraciones morales y sociales que representa en la comunidad. Algunos periodistas incluso descalifican – en sentido semejante a como lo hacen los académicos con ellos - a quienes cuestionan su trabajo porque lo hacen sin haber pisado “nunca una sala de redacción”. En otras palabras para estimar el oficio, hay que mirar al quien y no al cómo se hace.

Una postura marcada por un ramplón empirismo profesionalizante que reduce el periodismo y su significancia, a un oficio que se aprende con buena pluma e intuición. Lo demás se logra por añadidura desconociendo lo complejo y difícil que es el afianzar el saber periodístico con el que el reportero debe interpretar la realidad social y física para hacerla comprensible, legible y audible en unos hechos que se mueven entre interesantes e importantes en los ciudadanos que requieren de ellos, para tomar decisiones de fondo en sus vidas. Solo imaginemos a futuro un día sin periódicos para leer, ni radio para escuchar, ni internet para conectarnos en redes. Nos abrumaría sin duda la pregunta definitiva en ese instante para la existencia humana, ¿Qué es lo que está pasando?

Y de seguro ninguna de las dos posturas antes descritas, tendrá la respuesta adecuada.

*Dirige la Línea de Ética, Medios y Periodismo en la Escuela de Ciencias Humanas de la Universidad del Rosario.

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