Lunes, 23 de enero de 2017

| 1997/02/10 00:00

RAZONES PARA CONFIAR

RAZONES PARA CONFIAR

El libro que en estos días recomienda García Márquez a sus amigos es la biografía del Papa Juan Pablo II, de los periodistas Bernstein y Marco Politi. Y tiene razón Gabo porque es un libro excelente. Leyéndolo, uno comprende que Wojtyla ha sido un Pontífice fuera de serie. Confirió a su misión un sentido profundamente místico, pero al mismo tiempo le dio un manejo político excepcional. Antes que nadie, o tal vez simultáneamente con Reagan, comprendió que el comunismo, pese a su estructura totalitaria, era sólo un sombrío episodio del siglo, incapaz de imponerse sobre los sentimientos religiosos y nacionales de los países dominados por la URSS. A esos valores ancestrales Juan Pablo II les prestó una voz y la autoridad de su investidura. Rara vez se habrá visto en la historia una combinación tan prodigiosa de principios altruistas con la habilidad de un hombre de Estado, que sabe servirse de los instrumentos del poder, propio y ajeno, para lograr lo que se ha propuesto.El libro deja una enseñanza. Los pueblos no sucumben. Pueden pisar la desesperanza, ser víctimas de diversas formas de opresión y soportar penurias terribles como las que vivió Polonia o las que vive Cuba, pero tienen siempre la posibilidad de reasumir su destino y superar los más tenebrosos desastres. "Nunca fue más oscura la noche que antes del amanecer". Aquella cita (¿de Angel Ganivet?) que le escuché a Eduardo Santos en París, cuando yo era estudiante y nuestro país vivía una orgía de violencia y de atropellos dictatoriales, expresa una realidad históricamente comprobada: las frustraciones de un país pueden convertirse en un momento dado, por la fuerza de un guía o de las circunstancias, en una insospechada y sorprendente voluntad de acción y de cambio. En toda sociedad hay energías dormidas que irrumpen cuando menos se espera. De otra manera, ¿cómo habría sido posible la caída del muro de Berlín?Estas reflexiones, que a primera vista pueden parecer un tanto ilusas o líricas, vienen muy bien a cuento en estos primeros días del año, y a propósito de Colombia. ¿Qué desearía un colombiano para su país en este umbral de 1997? Cualquiera puede imaginarlo. Desearía un país en paz. O al menos, un país con capacidad para afrontar exitosamente sus males endémicos: la violencia, la guerrilla, el narcotráfico, la pobreza, la corrupción, el clientelismo. Si estas aspiraciones parecen a veces sueños irrealizables es porque en el subconsciente nacional un cúmulo de promesas incumplidas, de anhelos que nunca descendieron del discurso oficial al campo de las realidades tangibles, han dejado la certidumbre de que la política es inepta para producir cambios, al menos cambios sustanciales, pues la realidad colombiana nunca mejora aunque siempre es susceptible de deteriorarse.Este elemento subjetivo, que ha invadido el alma misma de nuestra sociedad, es el factor esencial de la crisis colombiana. Se traduce en desaliento. Y es absurdo porque, en realidad, ninguno de los problemas del país es irremediable: ni la violencia, ni la inseguridad, ni el narcotráfico, ni la corrupción. No nacen, como se ha dicho, de nuestra particular idiosincrasia o de cualquier otro determinismo social o histórico, pues no siempre nuestro país fue violento, corrupto, clientelista e invadido por la guerrilla, el narcotráfico o el secuestro. Eso es un cuento académico, un infundio de sociólogos despistados.La violencia tuvo causas políticas muy concretas (el empeño de una minoría de conservar el poder por la fuerza). La guerrilla fue una hija suya y también, paradójicamente, de la alternativa, entonces tan alabada, del llamado Frente Nacional, que, con sus cerrojos institucionales, introdujo en la izquierda marxista del país la idea de que sólo era posible cambiar una realidad injusta por la vía armada. El clientelismo, en su versión más desembozada (la que aún padecemos) es resultado del mismo reparto mecánico del poder entre los dos clanes políticos del país. El narcotráfico se lo debemos a una coyuntura geográfica y, desde luego, al enorme mercado que tiene la coca en Estados Unidos. La corrupción es una hija del narcotráfico y del clientelismo. La pobreza proviene de un mal modelo de desarrollo.Si estos males están sumergiendo al país en el caos, si a ellos no les damos la respuesta debida, es porque el Estado colombiano es débil, burocrático, roído por la corrupción y el clientelismo. Sólo sirve los intereses de la clase política, de las oligarquías sindicales y de los grupos empresariales todavía aferrados al mercantilismo, dejando al país desamparado, a merced de todos los virus que lo atacan. Si ese Estado estuviese manejado con un criterio independiente y riguroso, gerencial y no clientelista, si se apoyara en la Nación y no en los políticos profesionales, el país recobraría toda su capacidad de respuesta. De ahí la vital importancia de la persona que deba suceder a Samper. Ante todo y sobre todo debe estar limpia de adherencias de ese mundillo político que nos ha hundido. Debe ser capaz de grandes desafíos. Debe ser medida por hechos en su haber y no por efluvios de palabras. Tal debe ser su perfil y tal es el reto que nos aguarda a los colombianos en este año que comienza.

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