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Opinión

  • | 2006/03/21 00:00

    Razones para el escepticismo (Por Germán Uribe)

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Se reconoce a Semana, no solamente por ser la primera revista del país, sino porque allí existe una cumplida libertad de opinión. La pluralidad de criterios que constatamos en cada nueva edición, es lo que nos permite afirmarlo. Y pienso que dicha apertura a tal diversidad de noticias, ideas y posiciones, es lo que más se asemeja a la objetividad periodística. Ahora bien, anticipo este concepto buscando darle cabida a una tesis que, presumo, será urticante para unos o fatalmente temeraria para otros. Ella consiste en afirmar que dada las circunstancias del país, y habida cuenta de que el periodismo -si es serio y responsable- está en la obligación de registrar e informar fielmente sobre lo que acontece en esta Colombia de hoy, y sin maquillajes de ninguna especie, éste no puede estarnos ofreciendo nada distinto a lo que podríamos llamar una convocatoria al pesimismo. Todo lo que diariamente leemos, oímos y vemos a través de los medios de comunicación -violencia, violación de derechos humanos, corrupción, politiquería... -, contrariamente a lo que piensan algunos incautos y no pocos usufructuarios de tales calamidades es, para quienes sin prevención ni interés particular y sometidos como están al bombardeo de tan graves y nefastos sucesos, algo que no podría precisamente conducirlos a sentirse parte de la lujosa elite de aquellos señores que, pase lo que pase, no se verán en demasía afectados por ello. Y es que nosotros sí resentimos todo ello. Por lo tanto, mi voz es una voz que tiene el mismo derecho a expresarse en términos de escepticismo, de igual manera que otras voces, aquí mismo en Semana, propagan jactanciosas el optimismo que les inspira la política del presidente Uribe y su, Dios quiera, bien intencionada pero ya erosionada estrategia de la seguridad democrática.

Así, pues, si yo leo con respeto y en aras de la sana controversia aquellas voces del optimismo en medio del caos y la guerra, así mismo espero que se reciban mis opiniones al respecto. Soy un pesimista aquí y ahora, y me veo obligado a decirlo y a explicarlo. Y no busco adeptos a mis planteamientos. Mi única pretensión es la de hacer por despertar conciencia. O algo mejor, provocar una especie de rabia creadora entre mis compatriotas.

Vayamos, entonces, al grano.

En términos simples y de común trajín, lo contrario al optimismo es el escepticismo. El escepticismo puede llegar a ser un estado de ánimo pero también una óptica con la cual se miren las cosas. Parece ser que esta doctrina filosófica cada día gana más adeptos en el mundo, pero particularmente en Colombia. A mí me ocurre que con el paso del tiempo, gracias a la experiencia que avanza pareja con el discurrir de los años, esta postura se me está convirtiendo en algo natural, y en veces forzosa. Cada nuevo día me veo constreñido a ver el mundo con mis atribulados ojos de escéptico. Y no es por el carácter excitable e impresionable de mi humanidad, de mi cerebro, de mis huesos. No. Es que el mundo del que estoy siendo testigo y la Colombia que más que viviendo estoy sufriendo, me han hecho tal encerrona, que no me permiten mirar y opinar de otra manera que no sea desde el punto de vista de un genuino escepticismo.

¿Cómo no ser escéptico en un país cuya democracia sólo es buena y sólo sirve cuando funciona para elegir libremente a la casta política que nos gobierna en representación de los altos poderes económicos y en función del mantenimiento de ciertos privilegios?

¿Cómo no ser escéptico en medio de una democracia asentada sobre la ruina espiritual y material de un pueblo?

¿Cómo no ser escéptico en esta Colombia contemporánea en donde las oportunidades para soñar son mínimas y las oportunidades para sobrevivir se están volviendo cada día más exiguas?

O, ¿cómo ser optimistas en medio de una guerra a la que el presidente Uribe no le da ni siquiera categoría de conflicto, pero que para enfrentar (¿enfrentando entonces como cualquier don Quijote delirante una guerra inexistente? ¿Sus molinos de viento?), hecha mano de un desbordado porcentaje del presupuesto nacional al tiempo que recaba inmensas sumas de dinero de sus aliados en el exterior, ahí sí invocándoles una conflagración al interior de su patria?

Y es que, ser optimistas, cómo, mientras advertimos la iniquidad económica; los bancos, a costa de sus clientes y bajo la deliciosa protección del gobierno, haciendo su agosto con cerca de 3.5 billones de pesos de utilidades en un solo año; el desempleo que únicamente decrece para los burócratas del Dane; una justicia paquidérmica y laxa con los expertos en motosierras, pero extravagante y despiadada con algún mensajero al que se le va la mano.

¿Acaso se puede ser optimista frente al hambre, a la corrupción generalizada, a la violencia legítima de las partes en conflicto, a los caprichosos impuestos que terminan financiando la inexistente guerra del presidente? ¿O frente al IVA para los productos de la canasta familiar, o a la insensible y desafiante acumulación de la riqueza, o a la desigualdad en las oportunidades, o a los monopolios de esto y aquello, o a los costosos y escasos servicios de salud, o a la educación y la justicia elitistas?

Dejar de ser escéptico, o ser optimista cuando nos vemos con los pies descolgados y los brazos abiertos en medio de la cruz, no tiene nada de valiente ni de cuerdo, es apenas un idiota gesto de autoengaño. Lo único que puede llegar a cambiar nuestro pesimismo serían pruebas materiales de que lo físico y lo metafísico en esta Colombia, comienzan a variar, a reconocerse, a transformarse, a rectificarse. Mientras tanto, el escepticismo seguirá cabalgando y los perros de la ignominia seguirán ladrando. Y seremos más y más los escépticos, algunos de los cuales ya estamos a punto de ni siquiera querer esperar nada.

El escepticismo, como dicen, no es un suicidio lento. Pero en cambio si puede llegar a ser un estado de ánimo al que se nos redujo a la fuerza, o una enfermedad difícilmente curable de la que fuimos contagiados a la brava.

En las actuales dramáticas circunstancias, los optimistas no son más que algunos compulsivos soñadores, o unos cuantos vivarachos privilegiados, envilecidos todos por el temor a acostarse un día y amanecer al otro, los unos muertos de la vergüenza por su ceguera, y los demás, infartados porque lo han pillado.

Y, por último, creo firmemente que es más productivo, más creativo, más imaginativo y más realista un escéptico, que aquel optimista, indefectiblemente desvanecido entre las brumas de su ingenuidad, mintiéndose siempre y aferrado a las fantasías de lo que quisiera que fuera pero no puede ser.

No habiendo sido nunca simpatizante de Ortega y Gasset, con cierta turbación debo traer a colación una frase suya de los Estudios sobre el amor:

El escéptico es el hombre de vida más nutrida, más rica y completa. Una torpe idea nos lleva a presumir que el escéptico no cree en nada. Todo lo contrario. El escéptico se diferencia del dogmático en que éste cree en una sola cosa y aquél en muchas, en casi todas. Y esta multitud de creencias, frenándose las unas a las otras, hacen el alma muelle y deleitable.

En fin, terminemos diciendo que a los que nos proponen a nombre de este gobierno, aparte de la seguridad democrática, fe y optimismo, habría que responderles con Juan de Dios Peza:

-Así -dijo el enfermo- no me curo:
¡Yo soy Garrick! Cambiadme la receta.

Escritor.
http://www.ubicar.com/GermanUribe

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