Lunes, 20 de octubre de 2014

| 1992/02/10 00:00

REALIDAD DE CARTON

POR LO QUE VAMOS VIENDO, LA NUEVA CONSTITUCION VA A TERMINAR SIENDO LO MISMO QUE LAS ANTERIORES: UN FETICHE DE MUSEO.

REALIDAD DE CARTON

UNA ENCUESTA PUBLICADA POR ESTA revista revela que, en opinión de los colombianos, los mayores aciertos del presidente Gaviria han sido la Nueva Constitución y la entrega de los capos del narcotrárico. O sea: lo que parece, no lo que es. Porque en cuanto a la entrega, los propios extraditables acaban de sacar un comunicado informativo aclarando "que el sometimiento a la justicia no es muestra de debilidad". Y en cuanto a la Constitución, no la hemos visto. Está muy bien que se haya hecho: pero lo cierto es que todavía no ha empezado a aplicarse.
Y a ese respecto es preocupante el anuncio que acaba de hacer el Consejero Presidencial para Asuntos Constitucionales, Manuel José Cepeda: del texto de la Constitución se hará una edición de lujo que será enviada a todos los Jefes de Estado y de Gobierno del mundo con una carta personal del Presidente. "El Espectador" titula bien la información del Consejero: "Carta Magna: vitrina mundial". Por lo que vamos viendo, esa Constitución que despertó tantas esperanzas de cambio va por el camino de todas las que hemos tenido los colombianos: convertirse en un fetiche de museo. Así, la de los Radicales sólo sirvió para que el poeta Víctor Hugo se asombrara ante su exaltado progresismo, y la de Núñez y Caro sólo para que los gramáticos se extasiaran ante la majestuosa pureza de sus cláusulas. Y en torno, la jungla

Vitrina de la farsa colombiana, de la cual forman parte no sólo la distribución publicitaria de la Constitución, sino las mismas encuestas: lo que en Colombia importa no es lo que es, sino lo que parece. La "percepción", como la llaman los publicitarios encargados de crearla a base de propaganda. De vitrina. La Colombia formal sigue siendo un país de ficción como una "aldea Potemkim": esos pueblos de cartón de decorado de teatro, que el ministro ruso mandaba levantar a lado y lado de la carrilera por donde debía pasar el tren imperial de Catalina II, para que en su rauda travesía la zarina sólo viera fachadas floridas con campesinos alegres pintados en las ventanas que vitoreaban su buen gobierno. Por la noche, mientras la emperatriz dormía, los verdaderos campesinos de la gran miseria rusa corrían carrilera adelante, arreados a golpes de knut, cargando el decorado para tapar con él el siguiente pueblo verdadero.

La idea brillante de Cepeda es de la misma índole. La realidad colombiana podrá seguir igual, tejidas de injusticias, pero su fachada constitucional será florida y alegre para impresionar al mundo. La "percepción" que se tenga de Colombia, la "imagen" del país, será "positiva", gracias al Juan Valdés de la Federación de Cafeteros, a la edición de lujo del texto de la Constitución y a los millones cobrados por la empresa norteamericana de promoción de imagen Sawver & Miller (o como se llame exactamente) que se encarga de diseñar y publicar avisos de una página en los periódicos de los Estados Unidos. Tal vez los mujiks rusos no se dieran cabal cuenta, demasiado oprimidos é ignorantes para ponerse a apreciar esos detalles: pero las aldeas ficticias del ministro Potemkin contribuyeron mucho a que los observadores extranjeros, admirados, llamaran "Grande" a la emperatriz de Rusia, y ella se lo creyera.

En Colombia todo funciona así, a base de farsa. El de la Constitución vendrá a sumarse a todos esos libros de lujo, magníficamente impresos e ilustrados a todo color, que las empresas de seguros les regalan a sus clientes. En los mercados es imposible encontrar uchubas o mangos o pachuacas; no hay ni siquiera limas, y rara vez naranjas.
Pero las mesitas de cristal de las oficinas de los ejecutivos doblan bajo el peso de grandes libros que reproducen en papel cuché la imagen de las más brillantes y hermosas frutas tropicales. Cada día quedan menos selvas en Colombia, menos ríos y menos ciénagas; se extinguen las babillas, los venados, los osos de anteojos; no queda ni un caimán, ni un jaguar, y sólo sobreviven en las faldas del volcán Puracé dos parejas de cóndores.

En la Sabana de Bogotá no hay ya ni una sola ranita de esas verdes y brillantes que poblaban el agua de las chambas y ni siquiera hay chambas. Pero tenemos en cambio el código ecológico más avanzado del planeta, que es admiración de propios y extranos. Las noticias de sangre que trae la prensa diaria dan testimonio fehaciente de que aquí no existe ninguno de los derechos humanos. Pero los dirigentes extranjeros, cuando desempaquen de su fastuoso estuche de cuero repujado su ejemplar autografiado de nuestra Carta Magna escrito en letra de estilo no podrán menos que admirar la vastedad de nuestra acción de tutela, que es un ejemplo para el mundo.

Más aún: si juzgamos por el número creciente de Estados y de Gobierno, con sus Jefes respectivos, que hay en el mundo, es evidente que la iniciativa del Consejero Cepeda tendrá que tener varias reediciones. Y eso ayudará a fortalecer la engañosa impresión estadística de que en Colombia existe un gran boom editorial.

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