Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2003/09/22 00:00

Realities

Como espacio público, la televisión tiene el deber de informar y ayudar a entender los sucesos genuinamente públicos

Realities

Los critican con dos clases de argumentos: que transmiten valores negativos y que violan la intimidad de las personas.

Gran Hermano y Protagonistas de Novela en efecto proyectan valores negativos: frivolidad, deslealtad, éxito fácil y romances pasajeros, en un mundo donde no hay viejos ni pobres ni feos ni se asoman las verdades amargas de la vida.

Pero lo mismo -y más- podría decirse de las telenovelas y los enlatados y los otros programas que anuncian "sexo o violencia moderados": abaleos, promiscuidad, tramoyas y vacuidades que casi hacen parecer austeras las más crudas escenas de un reality.

O sea que este primer argumento nos mete en un debate antiguo y sin salida, porque siempre habrá quién pida censurar por inmoral una telenovela o un seriado y siempre habrá quién responda que esa opinión es enteramente subjetiva.

Es más: hay montones de estudios que no demuestran que la televisión en serio influya sobre los valores. O en todo caso, si los maestros educan para la vida, los realities no deberían ser objeto de sus protestas sino una ocasión dorada para hablar de valores con sus alumnos.

La segunda crítica a los realities se basa en el derecho a la intimidad, un atributo de la autonomía personal que es a su vez la base de la ética civil. En el contexto de los medios masivos, la cuestión de la intimidad se refiere al buen nombre de la gente y en especial a la vida privada de las figuras públicas -gobernantes, políticos y famosos-: ¿era o no era lícito que los medios hablaran de Clinton y Monica Lewinsky?

Pero en el reality no se trata de proteger la intimidad de una persona pública sino precisamente de lo opuesto: de convertir en pública la intimidad de una persona privada. A cambio de mostrar la intimidad, que es el único activo que posee, el N.N. aspira a convertirse en figurón. Podrá pensar usted que eso no es digno, pero no negará que es voluntario y es usual en una economía de mercado.

No hay pues violación de la intimidad y el segundo argumento tampoco vale. Pero McLuhan con razón decía que el medio es el mensaje -que más que el contenido importa el género- y aquí sí creo yo que hay dos problemas.

-Exponer su intimidad a la luz pública es un negocio privado entre N.N. y el productor del reality. Pero pasar el N.N. a los noticieros y espacios de opinión es un abuso de los canales, es disfrazar a una persona privada de personaje, montar como noticia la propaganda, dirigirse a la audiencia que uno mismo ha inventado, robarse la voz que el público les diera para hablar de lo público. Esta mezcla de géneros es lo primero que habría de prohibir la Cntv: nada de que el reality invada la realidad.

-Y nada, sobre todo, de que el reality se apropie de la franja triple A. Esto es exactamente lo que tiende a ocurrir por la inercia del mercado y exactamente lo que el Estado debe prohibir.

La inercia del mercado es simple. Costos de producción por hora sumamente bajos. Y un rating insaciable porque el reality es una variedad del voyerismo o del deseo innato de vivir otra vida sin el riesgo ni el dolor de esa otra vida. Los ingredientes de esta experiencia voyerista son tan potentes como son de elementales: juventud, belleza, ganas de triunfar, un toque de aventura, dos dosis de romance, media de suspenso, lágrimas breves y ajenas, sexo de cuando en cuando, más suspenso, más premios y el ganador que uno ayudó a escoger.

El reality se vende por una simple razón: porque se parece descaradamente a lo que deseamos los seres humanos.

Y sin embargo, como espacio público, la televisión no puede reducirse a complacer las debilidades privadas que comparten los miembros de su público. Tiene el deber imperioso de informar y ayudar a entender los sucesos genuinamente públicos, de dialogar con los protagonistas que no son de novela, de no cambiar la realidad por el voyerismo del gran hermano.

Acortar la duración de los realities, reducir su frecuencia, abrirles campo a más programas de opinión y a los restantes géneros, respetar puntillosamente los horarios o por lo menos dar las noticias antes de la medianoche son opciones que tal vez valga pensar.

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