Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2003/08/03 00:00

'Reality show'

Creo que las cosas van bastante mal en todos los aspectos porque _o eso creo_ no estoy imbecilizado bajo el efecto hipnótico del 'reality show'

'Reality show'

Hace años apareció un grafito en un muro del centro de Bogotá que decía: "No más hechos. Queremos palabras". Y dicho y hecho ("diciendo y haciendo": ¿recuerdan ustedes aquel eslogan?): tuvimos de presidente a Andrés Pastrana, que nos dio infinidad de palabras, y ningún hecho. Y ahora viene el presidente Alvaro Uribe a avanzar un paso más hacia el abismo, y en vez de darnos palabras nos da imágenes. (Como recordarán ustedes, una imagen vale más que mil palabras.)

Imágenes televisadas, por supuesto. Imágenes icónicas del presidente Uribe, que están alcanzando ya un grado de omnipresencia rayano en el culto a la personalidad, o, si se prefiere, en la publicidad política pagada de un candidato en campaña electoral. Uribe en los consejos comunales que organiza en los pueblos, ante las cámaras, con su sombrero aguadeño y su ponchito de algodón. (No lo he visto en tierra fría: ¿qué se pondrá allá? ¿Su corbatica de gobernar en Bogotá?). Uribe haciendo ante las cámaras la presentación en sociedad (¿la reinserción?) de un guerrillero desertor. Uribe montando un caballo de paso fino. Uribe en la audiencia de discusión ante la Corte del referendo de Uribe. Uribe en pantaloneta haciendo jogging en Arauca "en las narices de las Farc", rodeado de guardaespaldas. Uribe haciendo ejercicios de yoga y de Chi Kung Shaolín. Uribe adormilado. Uribe levitando. Uribe negociando en persona la convención colectiva de los trabajadores de las Empresa Públicas de Cali. Uribe presidiendo un consejo de ministros transmitido en directo por la televisión.

Es como el omnipresente 'Gran Hermano' de la sátira política 1984 de George Orwell. O, más exactamente, como el otro Gran Hermano: el reality show de la televisión.

Un reality show, un 'espectáculo real', es exactamente lo contrario de la realidad. La transmisión de las imágenes no tiene efecto ninguno sobre los hechos reales, pero sí sobre la manera de percibirlos: sobre lo que últimamente los politólogos llaman "la percepción", que es más importante (a corto plazo) que la verdad de las cosas. De ahí se desprenden dos fenómenos en mi opinión bastante sorprendentes. El primero es el de la popularidad (la "favorabilidad", dicen o traducen ahora) del presidente Uribe medida en las encuestas: no ha hecho nada, o lo que ha hecho es objetivamente malo; pero la gente tiene la impresión (la "percepción") de que sí ha hecho algo y de que lo que ha hecho es bueno. El segundo, complementario, es que los pocos que decimos que no ha hecho nada y que lo que ha hecho es malo, los que decimos que el emperador está desnudo bajo su ropaje nuevo, somos denunciados como falsarios por decirlo.

Así me sucedió la semana pasada: escribí aquí que en mi opinión las cosas van bastante mal y que el país sigue hundiéndose, aunque los uribistas se hagan la ilusión (la percepción) de que van bien. Y me llovieron insultos (empezando por los del asesor público y consultor privado Rudolf Hommes, quien, tras tergiversar mis opiniones, me comparó con un cerdo cuyo contacto ensucia. Si yo fuera uribista, si yo fuera como, digamos, Pedro Juan Moreno, ya le habría reclamado una multimillonaria indemnización a Hommes por calumnia e injuria).

Y creo que no. O, al menos, me permito tener una percepción discrepante de la mayoritaria de las encuestas de opinión. Creo que las cosas van bastante mal en todos los aspectos, el político, el económico, el social, independientemente de que mucha gente se haga la ilusión de lo contrario. Y es porque -o eso creo- no estoy imbecilizado bajo el efecto hipnótico del reality show. No miro la realidad virtual del espectáculo uribesco sino que veo la realidad real de la situación del país. Y en vez de ilusionarme, me preocupo. Porque las imágenes pueden valer más que las palabras, y las palabras ser más deseables que los hechos. Pero los hechos son tercos.

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