Opinión

  • | 2003/12/11 00:00

    Rebelde con causa

    Para empezar, una anécdota. El 23 de diciembre poco antes del mediodía caminaba con mi esposa y mis hijos por el centro de Bogotá y al tratar de ponerme al hombro un morral, una de las tirantas se enredó con un escudo metálico de The Clash que alguna vez puse en la correa de mi reloj y saltó a la mitad de la calle. Un señor la recogió, la guardé en mi billetera y me olvidé del asunto. En la noche me encontré con el periodista Diego Carvajal y me dio el pésame. Como yo no sabía de qué me hablaba,

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Han pasado varios días desde entonces y (prometo dejar en esta larga frase que viene la detestable primera persona) aún no tengo muy claro cómo catalogar al cantante y guitarrista líder de The Clash, un grupo que en varias ocasiones he llegado a considerar mi favorito en toda la historia del rock, entre otras cosas por su canción Complete control, lo mejor de lo mejor. Strummer (su verdadero nombre era Joe Mellor), nació en Ankara (Turquía) en 1952. Luego de participar en movimientos de squatters (que ocupaban edificios abandonados), entró a cantar en la banda 101ers y en uno de los conciertos lo contactaron Mick Jones (guitarrista) y Paul Simonon (bajista), integrantes de London SS, y decidieron formar una banda. Contactaron al baterista Terry Chimes -que más adelante fue reemplazado por Nicky 'Topper" Headon- y así nació The Clash. Un grupo mítico. Para algunos fundamental, para otros sobredimensionado. ¿Quién tiene la razón? Una manera de aproximarse a Strummer y a su banda podría ser un adjetivo también desgastado y manoseado a más no poder: honestidad. Dejémoslo entonces así: lo mejor de Strummer, y que se refleja en las canciones de The Clash, era su sinceridad. Una sinceridad a veces cuestionada, una sinceridad que, con el paso de los años, a ratos luce como ingenua, sobre todo cuando la historia ha puesto un poco en su sitio el supuesto izquierdismo de organizaciones estalinistas que poco o nada tenían que envidiarle al autoritarismo y la represión nazi. Una sinceridad que trajo como resultado una carrera construida a partir del esquema de prueba y error, pero con muchos más aciertos que desaciertos, y más cuando el tiempo ha decantado las cosas y las prevenciones propias de una época tan desaforada y acelerada como la que vio formarse a los Sex Pistols, los Buzzcocks, The Jam y The Clash. Los integrantes de The Clash, a diferencia de la mayor parte de los grupos punk, no entraron en la onda de los imperdibles, las camisetas con quemones y los coloridos peinados imitación sioux. Ellos prefirieron subvertir los valores del establecimiento con estrellas rojas comunistas, emblemas de las Brigadas Rojas y una activa participación en conciertos contra el racismo y el fascismo, representado entonces por el National Front. Aunque algunas de las primeras canciones de The Clash son muy punketas (sonido fuerte, armonías y melodías sencillas, cantadas a los gritos), la banda muy rápidamente salió del estereotipo "punk es igual a pésima calidad". Los Clash fueron punk a su manera, al menos entre 1976 y 1978. Desde el comienzo se interesaron en la música de Jamaica y se atrevieron a hacer una versión de Police and thieves, un tema de Junior Murvin que había sido éxito en la comunidad antillana radicada en Inglaterra en 1976. Es más. En 1978 Strummer y Mick Jones estuvieron en serio peligro de ser apuñaleados en Kingston cuando se metieron solos al gueto de Trenchtown para buscar al mítico productor Lee 'Scratch' Perry. La sinceridad de The Clash se hizo aún más manifiesta en 1979 cuando, a raíz de su gira por Estados Unidos, se permearon de la gran cantidad de ritmos -desde los más tradicionales como el jazz hasta los que apenas estaban en proceso de gestación como el hip-hop- y el resultado fue London Calling, el menos punk de los álbumes grabados por un grupo punk, una verdadera obra maestra que la revista Rolling Stone catalogó como el mejor álbum de los 80 (una divertida leguleyada, pues el álbum apareció en el Reino Unido en diciembre de 1979 y en Estados Unidos en enero de 1980). Con London Calling no faltaron las acusaciones de "vendidos a los yankees" y similares. Los Clash, al igual que The Jam -adversarios ideológicos al menos en apariencia-, se habían dado cuenta de que lo importante no son las etiquetas o los estereotipos sino la música. Y que la música es algo muy rico y muy variado, como para quedarse toda la vida dándole vueltas al mismo esquema. Su siguiente álbum, Sandinista!, mostró de manera explícita la faceta política de la banda, que parecía estar muy sintonizada con los movimientos revolucionarios de Nicaragua y El Salvador. Pero, a diferencia de London Calling, fue muy mal recibido por la crítica, que consideró un exceso de megalomanía lanzar un álbum triple. Pésimo negocio, además, porque The Clash vendió los tres discos por el precio de uno, asumiendo ellos la totalidad de ese sobrecosto y, para colmo, el sello CBS no le dio ningún apoyo promocional al álbum. Hoy día Sandinista! es un álbum que en general se deja oír muy bien, es un álbum con muchos experimentos en la sala de grabación (en aquellos tiempos estaban muy obsesionados por el dub jamaiquino), e incluso trae una versión de su tema de 1977 Career oportunities, cantada por un niño. El éxito masivo llegó en 1982 con el álbum Combat rock. The Clash, un grupo de garaje y de pequeño local apestoso de pronto se había convertido en lo que tanto odiaban los punks de 1976: "Dinosaurios del rock". Desaveniencias entre Jones y Strummer, más los problemas personales de Topper Headon, dieron como resultado la disolución de la banda en 1983, salvo un extraño coletazo de Strummer y Simonon con tres jóvenes músicos que trajo como resultado del muy criticado álbum Cut the crap (1985), en el que, sin embargo, se esconde una gran canción: This is England. Luego, una carrera como 'ex-Clash' complicada de contar en tan corto espacio: bandas sonoras, discos en solitario, miembro de las bandas The Latino Rockabilli War, The Mezcaleros, colaboraciones con grupos y artistas como The Pogues, Big Audio Dynamite (el grupo de Mick Jones), Michael Hutchence (el ya fallecido cantante de Inxs), The Levellers? ¿Cómo catalogar a Strummer? ¿Al lado de Elvis o Morrison? ¿De Bowie y Peter Gabriel? ¿De Johnny Rotten y Billy Idol? ¿de Lou Reed y John Lennon? En su medio siglo de vida Strummer mantuvo firme su perfil de rebelde honesto. Un poco en la línea de un Pete Townshend, de un Paul Weller, músicos que llevan en la sangre el significado original de eso que llaman rock, que intentan no abusar del estrellato y que por lo general logran mantener el difícil equilibrio de los rebeldes, a quienes la fama los empuja a volverse parte del establecimiento. Es probable que la historia agrupe a estos seres -tan disímiles entre ellos pero tan coherentes con la música y consigo mismos- en una categoría que podría denominarse la de los rebeldes con causa. P.S. Para encontrar un número 1 de The Clash en listas de sencillos de Estados Unidos toca irse a comienzos de los años 90, cuando la canción Should I stay or should I go, publicada en 1982, se utilizó en un comercial de jeans Levi's. Es obvio que The Clash nunca fue un grupo creado ni pensado para triunfar en las listas de éxitos. Pero este detalle muestra cómo algunas cuantas canciones de la banda no sólo fueron himnos de un instante determinado de la historia sino que han sobrevivido el paso del tiempo y 20 ó 25 años después mantienen su vigencia. * Editor Cultural SEMANA
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