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Opinión

  • | 2009/08/15 00:00

    Recemos para que pase el referendo

    Cuando le pedía al redentor que nos protegiera, no sabía si estaba refiriéndose al Padre Eterno o al Presidente.

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T ienes que venir conmigo a misa -me despertó mi tía, la uribista, temprano en la mañana del jueves pasado-. El Presidente ya se decidió y debemos rezar para que pase el referendo -remató, mientras yo me despegaba pesadamente de la pesadilla que estaba soñando: una horrenda pesadilla en la que me convertía en una atractiva mujer de 25 años que trabajaba? en la Contraloría, y que tenía que viajar en primera clase por toda Europa sentada sobre los gelatinosos pero pesados muslos de Junior Turbay.

— ¿Aló? -le dije para ganar tiempo- ¿Con quién hablo?

— Tú sabes con quién hablas, no te hagas el idiota: ¿quién más te invita a una misa por el presidente Uribe?

— ¿Vicky? ¡Hola, Vicky!

— No seas bobo: te recojo en 10 minutos.

Confieso que no me gusta ir a la iglesia; la solemnidad de las misas me produce una tensión interna que suele resolverse con un ataque de risa infantil, tan impertinente como incontenible. Antes de pasarme a la U, es decir, cuando era candidato por el Partido Conservador, solíamos ofrecer misas de acción de gracias con cualquier pretexto. Hacíamos de a tres misas por día, y en todas el 'Pincher' Arias y yo nos mirábamos maliciosamente cada vez que el padre decía "lo tenemos levantado hacia el Señor". Sé que parece inmaduro, pero en el momento era muy divertido. Nos mirábamos, y sin querer se nos trepaba por la garganta un ataque de risa que debíamos contener en silencio, para que ni José Galat ni Carlos Holguín se despertaran. En fin. Eran otras épocas; momentos felices en los que aún no me había dado cuenta de que mis ex colegas eran unos cochinos. Porque son unos cochinos. Miren, si no, la confesión que el mismo José Galat hizo en el diario caleño El País el pasado martes. Dijo, y cito textualmente: "Le estoy respirando en la nuca a Arias". Nunca imaginé que la despedida de soltero del ex canciller Araújo iba a estar tan movida. Tampoco que el doctor Galat tenía el mal gusto de ventilar en público cuestiones que suceden a su vida íntima, al calor, quizá, de uno que otro sabajón de feijoa, hostigante pero al parecer práctico para despertar la libido.

El hecho es que no me gusta ir a misa. Salvo el pequeño rato de sano esparcimiento social en el que uno se da la paz, todo me parece aburrido. Además está el asunto de recibir la hostia, y en estos momentos me encuentro haciendo una estricta dieta que prohíbe las harinas y no me gustaría romperla. E ir a misa y no comulgar es una bobada: es como nombrar a Gabriel Silva en cualquier puesto sin que Juan Manuel Santos haya intrigado previamente por él. No hay necesidad.

Sin embargo, no tuve alternativa: en menos de lo que podía imaginar ya estaba entrando a la iglesia y poniéndome como se pone el Presidente ante los gringos: de rodillas.

Rezar con mi tía es bastante incómodo porque cada oración se presta para equívocos. Cuando le pedía al Redentor que nos protegiera, uno no sabía si estaba haciendo referencia al Padre Eterno o al Presidente. Aun más: cuando invocaba al Padre Eterno, también podía estar refiriéndose a Uribe. El único término que no admitía confusiones era cuando hablaba del Altísimo.

— Pídele al Mesías que nos haga el milagrito -me susurró.

— Te pido, Jesús, que nos hagas el milagrito.

— Cuál Jesús: hablaba de Álvaro -me corrigió.

— Te pido, Álvaro, que nos hagas el milagrito -repetí-. ¿Pero cuál milagrito? -pregunté, porque no entendía.

­ ¿Cuál va a ser? El de que pase el referendo.

— Te pedimos, Señor, que haya suficientes notarías y consulados para que pase el referendo.

Mis plegarias no salían con fuerza. Soy uribista, pero por mezquinos intereses personales. Sin embargo, encontré un argumento patriótico para rezar sin falsedades por el referendo: y es que, si lo aprueban, nos salvamos de Noemí. ¿Alguien se ha puesto a pensar cómo sería un gobierno de Noemí? Para empezar, se posesionaría con el vestido fucsia con que recibió credenciales en el Reino Unido, y creo que por cosas así es que hay guerra.

¿Cómo sería un gobierno de Noemí? ¿Cómo serían las elecciones con ella, que maneja como nadie el bótox preferente? ¿Cuántos puntos del PIB se irían en financiar a los peluqueros, retocadores digitales y manicuristas que llevaría como asesores en las giras presidenciales? ¿Cuántos ministerios ocuparía Plinio simultáneamente, aparte, claro, de ser embajador en Francia? ¿Le quedaría, al final del gobierno, gente por traicionar? ¿Cómo sería la oposición bajo el liderazgo de Nora Trujillo mandando anónimos?

Entonces recé a fondo por el referendo, tomado de la mano de mi tía, y le pedí al Altísimo por la eterna presidencia del Bajísimo.

Después de misa sentí un atisbo de paz, pero esa noche tuve una pesadilla peor que la anterior. Soñé que era una atractiva mujer de 25 años que viajaba con Junior Turbay, pero ya no yo sobre sus piernas, sino él sobre las mías.
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