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Opinión

  • | 2013/11/25 00:00

    En manos de las FARC

    Ahora tienen en sus manos al Presidente – candidato. La reelección de Santos depende de que se llegue a un “Acuerdo de Paz” con ellos.

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Desde que el Partido Comunista decidió en su Congreso de 1980 formular la “solución política negociada” como una forma de lucha revolucionaria, las FARC se convirtieron en un elemento determinante en las elecciones presidenciales. Con la consigna de la “paz” y cabalgando sobre el ambiente generado por el M19 al plantear el “Diálogo Nacional”, luego de la toma de la Embajada de República Dominicana, Jacobo Arenas y Manuel Marulanda tuvieron la suficiente destreza para conseguir que en 1982 la disputa se tradujera en dos lemas: “la paz es liberal” y “la paz es nacional”.

La historia se repitió en 1998. Con habilidad pusieron a competir a Andrés Pastrana y a Horacio Serpa en quien ofrecía más a la organización. Ambos coincidieron en desmilitarizar los cinco municipios que reclamaban para sentarse en la mesa. La angustia electoral marcó los anuncios de campaña y el desarrollo del fracasado proceso de El Caguán.

Cuando se habla de FARC lo primero que se debe entender es que se trata de una organización con más de 60 años de historia y cuyos cabecillas han sido protagonistas de 30 años de conversaciones con el Estado. Timochenko y Márquez estaban sentados al lado de Arenas y Tirofijo desde el primer “proceso” y militaban en el Partido Comunista cuando se hizo de “la paz” su “táctica y estrategia de lucha”, en el marco de una guerra irregular que es por la legitimidad.

El Estado y la sociedad colombiana hoy se enfrentan con ese acumulado de experiencia y formación criminal, con el agravante de que nunca antes habían estado en una mejor posición para conseguir su propósito revolucionario, a pesar de la candidez de Betancur y el poder militar que precedió a El Caguán.

Las FARC han planeado el escenario actual demostrando enorme capacidad. Inicialmente, dividieron al establecimiento político y con ello hicieron que Juan Manuel Santos rompiera con la base uribista que lo eligió, dando paso al desmonte de la política de seguridad que durante ocho años redujo en más de 60% su aparato encuadrillado, los aisló políticamente y cohesionó a la sociedad en su contra.

Quien no lo crea, le sugiero ver el video de Alfonso Cano publicado una semana antes de la posesión del presidente. 

Su experiencia les enseñó que el péndulo en materia de seguridad y paz va y viene, así que su estrategia fue simple: “aguantar” y trabajar en las condiciones propicias para que con la excusa de la “solución política negociada” se rompiera el mayor esfuerzo estatal en su contra. Lo lograron y las cifras del Ministerio de Defensa lo comprueban: detuvieron el ritmo constante de reducción del número de sus integrantes. En julio de 2010 era de cerca de 7.800, 3 años después es casi el mismo, 7.200.

Escalaron las acciones violentas y se adaptaron perfectamente a la asimetría militar en su contra. Esa cifra oficial testimonia que el gobierno no puede ocultar la dimensión del fracaso del Plan Espada de Honor que tenía el objetivo de reducir a diciembre de 2013 en 50% las estructuras de las FARC. 

Además, la estrategia les permitió destruir por completo el “aislamiento político”, al punto que llevaron a Santos a reformar la Constitución para posibilitar el derecho a gobernar a quienes sean responsables de crímenes de guerra, graves violaciones a los derechos humanos, actos de terrorismo y crímenes trasnacionales, entre ellos el narcotráfico. 

Como si fuera poco, consiguieron que el propio Presidente fuera a la Corte Constitucional a defender dicha reforma que también permite la renuncia a la persecución penal a la mayoría de los crímenes pasados, presentes y futuros que perpetren sus integrantes, mientras dure el “conflicto armado”.

Ahora tienen en sus manos al Presidente – candidato. La reelección de Santos depende de que se llegue a un “Acuerdo de Paz” con las FARC y a que este sea creíble para los ciudadanos. Es lo mismo que decir que la continuidad de Santos depende de las FARC y su cúpula lo sabe. No gratuitamente en entrevista publicada en El Espectador, el 18 de mayo pasado, Pablo Catatumbo vaticinó: “A Santos le falta gobernabilidad. No se puede negar. Necesita una mayoría fuerte para poder firmar la paz y nosotros estamos dispuestos a ayudar a construirla siempre y cuando tenga ese único objetivo: la paz”.

El escenario se cumplió perfectamente. Un Santos con más de 58% de imagen desfavorable según la encuesta Gallup de octubre y respecto del cual el 73% de los encuestados por DATEXCO, en el mismo mes, dicen que no votarían su reelección. Es la presa débil y dependiente que querían Cano, Timochenko y Márquez. Un presidente – candidato inviable que, según las mismas encuestas, se raja en el manejo de todos los temas importantes para los ciudadanos: lucha contra la corrupción, salud, seguridad, guerrilla, desempleo, economía para reducir la pobreza, etc., terminó secuestrado por las FARC en su aspiración a seguir gobernando.

Lo grave de todo esto es que la urgencia electoral terminará redactando el hipotético “Acuerdo de Paz”, precisamente el escenario “construido” pacientemente por las FARC para obtener la mayor ventaja y alcanzar un pacto político que sirva de plataforma para seguir avanzando a la toma del poder. Un peligro para la democracia, la justicia y el estado de derecho y una demostración no sólo de que “la combinación de todas las formas de lucha” existe, sino que es efectiva.

Twitter: @RafaGuarin
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