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Opinión

  • | 2017/05/08 08:05

    Alina, madre de muchas

    Nadie puede decir que la familia de la madre María Claudia haya sido insuficiente, inapropiada, incompleta, o incapaz para formar gente de bien para la sociedad.

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Eran los años 40 del siglo pasado y la brisa que llena con rumor de música las primeras calles de Popayán por el oriente, sabía que Alina, la chica rubia y cantarina que acababa de graduarse con honores en el colegio San José de Tarbes, volvería al claustro que iba a convertirse en su hogar y en su casa de gobierno, el lugar desde donde el destino tenía previsto que ella llenara, con su presencia y con su obra, cada muro del barrio La Pamba, cada casa y cada calle de esa ciudad que parecía ensimismada en su pasado colonial.

Por la inteligencia y la lucidez de la chica, criada en una tradicional familia liberal, sus padres la enviaron a estudiar a la Universidad de Western, en Canadá, donde se graduó en Humanidades. Con su primer diploma quiso ser monja, como las monjas de su colegio, y se fue para Francia donde se internó en la comunidad religiosa de San José de Tarbes; mientras estudiaba el noviciado, Alina se especializó en Pedagogía musical y coral, y estudió Filosofía y Teología en la Universidad de Toulouse. Regresó a Colombia, a Popayán, al mismo rincón al fondo de la Calle Cuarta, al colegio del que fue nombrada rectora en 1975.

Como si fuera poco impartir clases, dirigir el coro, tocar a hora las campanas y tomar decisiones gerenciales en el colegio, la madre Maria Claudia, nombre con el que se identificaba Alina en su vida religiosa, asumió el cuidado de niños y niñas sin hogar en épocas en que ni el ICBF ni ninguna otra entidad del Estado se hacían cargo. Ella personalmente fue responsable de las funciones que hoy en día, dentro de la cadena de atención a los niños sin hogar, se llama “madre sustituta”, y adelantó los trámites para entregar en adopción a un número importante de niños y niñas que pasaron por sus manos. Los entregó a todos, menos a 9.

9 niñas la escogieron a ella, se pegaron a su hábito, la amaron y la convirtieron en su mamá. La madre María Claudia empezó entonces el proceso de adopción legal. Tuvo que renunciar a la vida religiosa, porque una monja no podía ser adoptante, pero ella siguió viviendo igual, compartiendo la vida con los profesores, las religiosas y las novicias, llamándose para todos madre María Claudia. Compró una casa al lado del colegio y sus hijas pasaban de un portón a otro para llegar a clases con las demás alumnas; no tuvieron privilegios, ni tratos preferenciales.

En esa familia atípica, sin más presencia masculina que el patrono San José, formaron un hogar feliz la madre y sus 9 hijas. Ahí crió, calmó fiebres, consoló, cuidó, dio y recibió amor de sus hijas, a las que educó con la misma severidad con que manejaba las riendas del colegio, pero con aun más ternura y ecuanimidad de la que nos prodigó a todas las que hemos sido sus alumnas. A la madre, como a cualquier madre, se le rompió el corazón cuando su hija Ana María falleció; a la madre, como a toda abuela, le salta el corazón de alegría viendo a sus nietas y nietos.

Nadie puede decir que la familia de la madre María Claudia haya sido insuficiente, inapropiada, incompleta, o incapaz para formar gente de bien para la sociedad. Ella es una mujer soltera que adoptó 9 niñas porque la ley se lo permitió. ¿Será acaso que para la senadora Vivianne Morales esta familia no vale? ¿será que la considera peligrosa para la sociedad?

Es un irrespeto, una bofetada al sentido común y a las miles de historias de adopción y de vida, que esta senadora y su pastor Lucio se crean con la superioridad moral de definir quién puede y quién no puede criar. En la historia de Colombia, infinidad de mujeres y hombres solos han asumido la adopción con absoluta responsabilidad y con amor desbordado, los únicos dos requisitos, inapelables, que se necesitan para criar hijos y para formar familia.

Si la sensatez existe, esta semana se debe archivar el referendo ese en la Cámara de Representantes. Mientras, la madre Maria Claudia celebra con alumnas y exalumnas “chepas”, con hijas y nietos, los 120 años del colegio que sigue en el mismo rincón de Popayán, escoltado por el aroma del anís de la Licorera y las empanadas de pipián recién fritas, a los pies del camino de piedra que sube hasta la iglesia de Belén, y al frente del asilo de ancianos que, como un principio de realidad, recuerda que un día nos vamos a ir y lo único que queda son las obras que construimos dentro del corazón de la gente a la que le brindamos amor.

Gracias por siempre, Alina madre de muchas.

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