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Opinión

  • | 2003/12/21 00:00

    Referendo

    Un cuento con moralejas.

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El referendo fue un pulso entre las tres ramas del poder público que, después de un año largo de ires y venires, acabó por debilitar al Presidente. El resultado se debió en parte a la inercia del sistema político y en parte aún mayor a los errores del propio gobierno.

Y sin embargo no se perdió mucho. Primero, porque el referendo no proponía cambios de verdadero fondo. Segundo, porque su no aprobación disminuyó los riesgos del autoritarismo. Tercero, porque deja enseñanzas sobre cómo no concebir y cómo no llevar a cabo un referendo. Repasemos.

Alvaro Uribe es un hombre de palabra, elemental y práctico. Por eso, para cumplir la promesa electoral de acabar la corrupción, propuso prohibir las mañas del Congreso (suplencias, auxilios, pensiones.); y para acabar la politiquería, propuso reducir el número de políticos (Cámara única.) o cerrarles los antros de más mala fama (personerías.). En esto consistió el proyecto inicial de referendo, y ésta seguiría siendo su médula conceptual. Pero tal concepción es de un simplismo increíble:

- Bajar a la mitad los congresistas no bajaría la corrupción a la mitad, ni volver a prohibir los auxilios impediría que los gobiernos traten de sobornar al Congreso.

- Para caerles a los corruptos no hacen falta más leyes sino más pruebas (o al menos más cuidado al hacer nombramientos ¿remember Invercolsa?).

- Aún si faltaran leyes, la Constitución debe ocuparse del régimen político y no de tapar huecos en el Código Penal.

Uribe debía saber todo esto porque asistió al fracaso de la Constitución del 91, que fue escrita de pe a pa contra la corrupción de la clase política. Así pues, el referendo nació como un proyecto deliberadamente populista vale decir, como una lista de ideas taquilleras pero muy poco serias.

Democracia y demagogia

De las tres vías posibles para reformar la Constitución -Acto Legislativo, Constituyente o referendo- Uribe escogió la última porque él sostiene que la democracia participativa o directa es más pura que la democracia electoral o indirecta: ¿Qué más democrático que preguntarle a la gente sin usar intermediarios?

Pues esa idea es ciertamente taquillera y ciertamente es poco seria. "La gente" son 25 millones de votantes cuyas complejas y matizadas opiniones -si las tienen- deben forzosamente reducirse a un "sí" o un "no" sobre preguntas escogidas y redactas por una sola persona -la persona en cuestión-. Por eso el referendo debe usarse en escalas pequeñas (digamos, un municipio) o cuando media una disyuntiva moral

bien definida (aborto, pena de muerte, matrimonio gay.).

Más todavía, "la gente" sabe nada o casi nada sobre derecho constitucional, y no sólo ni tanto por aquello de que el "pueblo es ignorante", sino porque no tendría sentido que los médicos, contadores y pilotos dedicaran su tiempo a estudiar un asunto tan complejo y a sabiendas de que su voto pesa casi nada entre los varios millones de votantes. Es la razón de ser de los Congresos y las Constituyentes, donde sí paga estudiar y donde caben la deliberación y la conciliación que son la base de una democracia pluralista.

Para decirlo brevemente, la democracia directa puede completar pero no reemplazar a la indirecta, y el intento de hacerlo es la modalidad del autoritarismo que suele seducir al gobernante cuando la popularidad se le sube a la cabeza.

Cuadrar el círculo

La tentación autoritaria no se quedó en veremos: el gancho que de veras traería los millones de votos era evidentemente el cierre del Congreso. Uribe lo anunció en la campaña y lo incluyó en la versión inicial del referendo, como un corolario natural de su tesis predilecta: la del Congreso de una sola Cámara.

Si lo del cierre hubiera sobrevivido hasta llegar a las urnas, el referendo habría tenido 10 ó 15 millones de votos. Pero la cosa no fue así, sino que al Presidente se le enredaron las cuerdas desde el comienzo o inclusive desde antes del comienzo:

- Primero resultó ser víctima de su éxito, pues unos días antes de su elección, logró arrastrar a tantos congresistas que el 7 de agosto se encontraba en mayoría: ¿y entonces, para qué clausurar el Congreso?

- Después empezó a gobernar y se dio de cabeza contra el muro que habría de poner en salmuera esta y las otras promesas de campaña: el agobiante déficit fiscal.

- La urgencia de aprobar normas fiscales debilitó al gobierno ante el Congreso y lo hizo recular en lo del cierre. Pero aún bajo otras circunstancias, sería ingenuo esperar que los parlamentarios se hagan el hara-kiri y pasen una ley que los saque de sus cargos.

Algunos dicen por eso que un referendo con no sé cuántos millones de firmas puede pasar sin permiso o aun en contravía del Congreso. Esta tesis, que infortunadamente suscribe y esgrimió el Presidente, no puede sino tildarse de aventurera, y de brincarse la Constitución cuyo artículo 378 dice explícitamente que el referendo para cambiar el contenido de la Carta tiene que ser aprobado por el Congreso.

O sea que si no tiene la carnada de cerrar el Congreso, el referendo no logra reunir los millones de votos necesarios; pero la ley de referendo que cierra el Congreso no pasaría jamás por el Congreso. De donde se deduce claramente que el referendo constitucional en realidad no sirve para nada.

Armando el autogol

Las cosas de la vida. Atrapado entre una promesa de campaña, un proyecto que había presentado con bombos y platillos, una presión fiscal insostenible y un Congreso que le había quitado la carnada, el presidente Uribe acabó defendiendo a rajatabla un proyecto económico impopular en vez del referendo populista que tenía planeado.

El lo vio así y por eso intentó colgarle cuantos caramelos se le ocurrieron. Que acabar el servicio militar obligatorio. Que unas curules para la paz. Que achicar de todos modos el Congreso, prohibir sus mañas y cerrar algunos antros. Que castigar la dosis personal. Que voto en bloque. Que preguntas precedidas de discurso. Que alargar el período de alcaldes y gobernadores para que le sirvieran de jefes de debate.

Pero estos caramelos se le fueron cayendo, y el Presidente tuvo que jugarse a la carta mayor: a su inmenso prestigio personal, que nos pasó de referendo a plebiscito, que lo llevó a una campaña frenética, mesiánica y en efecto abusiva, que lo bajó a la lona y dejó que la derrota lo golpeara.

El juego del Congreso

El autogol de Uribe fue ayudadito por los jugadores del equipo contrario -el Congreso, la Corte y la oposición- que jugaron a la altura de sus deberes y también de sus vicios.

El Congreso estaba en el deber de discutir las propuestas de Uribe, porque si algo necesita de consenso son las reglas del juego político. Y así, que fuera un sano equilibrio de poderes o un insano intercambio de chantajes, la verdad es que Londoño y el Congreso tuvieron rifirrafes hasta el día en que salió la ley de referendo. Primero por la idea de congelar el gasto público, luego por prorrogar el período de los alcaldes, más adelante por el tope a las pensiones, hubo lugar al ultimátum de "salir a buscar firmas", a varios desayunos y hasta dicen algunos que a un par de puestecitos.

El precio de aprobar las medidas fiscales fue el "retoque" de 18 de las 22 reformas que traía el proyecto, casi siempre a favor del congresista y a veces para tapar la corrupción. De aquí nacieron manchas que causaron lo que nunca ha debido suceder: que a alguna gente honrada y uribista (¿será pleonasmo?) le diera por leerse bien el texto.

Del otro lado, a favor del Congreso habría que decir que concibió y aprobó la reforma política que reclamaron tantos durante tanto tiempo; pero este efecto lateral del referendo es harina para otro costal.

El papel de la Corte

La Corte le dio vela a Dios y vela al diablo, dejó pasar 15 cosas y tumbó siete cosas, pero las cosas que tumbó eran precisamente los caramelos (prórroga de períodos, dosis personal, voto en bloque.).

Más importante aún fue señalar, en un fallo que le honra, que el referendo tiene límites que importan muchísimo al futuro: no sirve para reelegir funcionarios ni tumbarlos, para cambiar completamente la Constitución, para brincarse al Congreso o a la Corte, para meter propuestas de última hora, para ahorrarse trámites legales, ni para girar cheques en blanco.

Avance de contragolpe

La oposición tuvo el valor de jugarse contra el Presidente más popular de la historia. Pero el valor se redujo al truco triste de no dejarse contar, de esconderse en el océano del abstencionismo. Con todo y eso ganó por lo mismo que perdió Uribe: por puro error estadístico. Y su triunfo se agrandó por lo mismo que Uribe agrandó su derrota: porque no la esperaba ni ha sabido encajarla.

Rumiando el autogol

Lograr que 5.896.532 borregos (bueno, 5.896.531 para que usted, lector amable, no se ofenda) salieran a votar "sí" a 15 preguntas intrascendentes e incomprensibles fue una proeza digna de figurar en el libro de los Récords

Guiness. Y sin embargo Uribe se echó a la pena, dejó pasar los días sin poner la cara y el común de la gente de pronto percibió que el superhéroe podía flaquearle. Cuando un Presidente pierde las elecciones, llama a los ganadores, ajusta su programa y abre más la baraja. Uribe perdió dos elecciones y en vez de abrirse, se cerró a la banda. A la primera señal inquietante de "la gente" se corrió todavía más a la derecha, salió de la Ministra que incomodaba a las Fuerzas Armadas y puso al jefe de un gremio a concertar los impuestos.

Con esa terquedad y ese continuo desdén por "los políticos", no descarto que a nuestro Presidente le dé algún día por revivir el cierre del Congreso. Los otros 15 puntos de su propuesta inicial de referendo quedarán flotando en el mar de babas que llamamos el "ideario político" de Colombia.
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