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Opinión

  • | 2006/07/31 00:00

    Reflexiones originadas en una cínica propuesta (Por Leonor Fernández Riva)

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Cuando hace algunos años asistí a la película “La guerra de las galaxias”, no pude dejar de reflexionar en la indescriptible desesperanza que encierra para los seres humanos el hecho de que luego de los mortíferos conflictos en que se ha desenvuelto y se sigue desenvolviendo la humanidad a lo largo de su historia, en épocas futuras continuaremos librando otras conflagraciones aún más violentas y destructoras.

No parece haber sido concedida al hombre la ventura de disfrutar por largo tiempo de la paz y la tranquilidad. Desde aquel remoto crimen originado en la envidia y ejecutado elemental, pero contundentemente con la quijada de un burro, el hombre ha continuado sin descanso perfeccionando y puliendo los implementos de la muerte.

Estudiar la historia universal, es estudiar las guerras que han cambiado la geografía del planeta a lo largo de los siglos y reflexionar en lo efímeras que resultaron tanto las derrotas como los triunfos por aparatosos que estos fueran.
En casi todos los casos y en un plazo muchas veces no mayor a 20 años, prescribieron las causas que las originaron y los países enfrentados con tanto ardor volvieron a amistarse y crear alianzas. Ahí tenemos el ejemplo reciente de las dos mortíferas guerras mundiales libradas en el pasado siglo XX a cuyos contendientes les unen ahora fraternos lazos de amistad y colaboración. Sin embargo, aunque se lleven ahora como hermanos y las nuevas generaciones vivan tiempos más civilizados, a sus pueblos les ha tocado escanciar un vino generado en viñas regadas años atrás con la sangre de miles de combatientes y civiles inocentes. Las guerras dejan un rastro difícil de olvidar.

Nuestro país, desafortunadamente no es la excepción en este mundo de violencia. No ha podido disfrutar nuestra patria de la bondad de largos periodos de paz. A través de toda nuestra historia nos hemos visto inmersos en una serie interminable de conflictos y peleas intestinas. Pero la lucha fraticida que actualmente nos desangra, tiene tales características de crueldad, criminalidad y sevicia que nos ha convertido en uno de los países más violentos y peligrosos del planeta.

Con el aporte maligno de la droga, la guerrilla ha incursionado en una fuente de ingresos inimaginable, ante cuyas cuantiosas ganancias han claudicado completamente sus obsoletas plataformas ideológicas para transformarse exclusivamente en una organización de narcotraficantes ahítos de dólares cuyo único objetivo es mantener por medio de la violencia y el crimen la magnitud del tremendo poder alcanzado gracias a la droga y al terror.

Uno de los resultados más dolorosos de este desigual enfrentamiento entre el Estado colombiano que debe responder ante todos los organismos internacionales por su proceder, y la narcoguerrilla que actúa a sus anchas, sin Dios ni ley, ha sido el sacrificio a que se han visto expuestos nuestros campesinos quienes no solo deben soportar las frecuentes incursiones armadas, los secuestros y asesinatos despiadados y el alistamiento obligado de sus hijas e hijos por parte de estos grupos violentos sino también la profanación inmisericorde de sus tierras labrantías transformadas en asentamiento de miles de minas “quiebrapatas” -uno de los más crueles artefactos de guerra ideados por el hombre- que ocasionan indiscriminadamente a mujeres, ancianos y niños la mutilación o la muerte, y obligan muchas veces a poblaciones enteras a abandonar sus terruños convirtiéndolos así en desplazados por la violencia, característica ésta en la que por sus dimensiones, alcanzamos un vergonzoso primer lugar en el mundo.

Colombia ocupa también un ignominioso primer puesto como el país con mayor número de víctimas por 1 minas antipersonales. La guerrilla colombiana fabrica las llamadas minas “quiebrapatas” las cuales son enterradas a poca profundidad o escondidas en objetos llamativos, como: latas de gaseosas, paquetes de cigarrillos, muñecas, etc. Desde 1990 han sido sembradas entre 70 y 100 mil minas en 31 de los 32 departamentos del país.

La relación que existe entre el costo de fabricar y colocar una mina y el de su desactivación es impresionante. El precio de las minas “quiebrapatas” fabricadas por la guerrilla no asciende más que a unos pocos dólares mientras desactivarlas cuesta entre 400 a 1000 dólares. Son considerables los fondos que el Estado deberá desviar del presupuesto para destinarlo a “limpiar” estos campos minados.

La diferencia entre las minas antipersonales y otras armas (inclusive las nucleares y químicas) es su efecto retardado. La paz, por utópica que parezca, puede llegar a convertirse algún día en nuestro país en una hermosa realidad, pero las minas continuarán su guerra bajo tierra. Niños, niñas y decenas de campesinos inermes continuarán siendo durante muchos años víctimas inocentes de estos enemigos sin rostro.

Quienes tenemos la suerte de vivir en el entorno confortable y resguardado de las ciudades, no alcanzamos a comprender en su verdadera dimensión la terrible situación que afrontan los campesinos de esas remotas y muchas veces olvidadas poblaciones rurales a quienes les toca desarrollar sus actividades diarias en tan adversas circunstancias. Es terrible caer en un campo de minas, perder piernas, brazos o genitales. La explosión entierra en el cuerpo de la víctima tierra, pedazos de metal y de plástico, ropa y calzado, causando en la mayoría de los casos la muerte o la amputación. Para los que logran sobrevivir la vida cambia radicalmente; en un instante su existencia ha sido destruida en todos los sentidos. Un promedio de 3 personas diarias es víctima de estas minas.

Es de todo punto de vista incomprensible que entre hermanos, nacidos en la misma patria y con problemas y necesidades similares nos estemos enfrentando tan salvajemente y causando tanto sufrimiento y tanto dolor precisamente a nuestra población más vulnerable. Qué posición tan estúpida y tan desalmada la de una guerrilla sin principios que no duda en convertir en cementerios y sitios de tormento los antes idílicos parajes de Colombia, parajes que no podrán ya ser recorridos sin peligro en muchos años; una guerrilla cruel que no se toca el corazón al multiplicar diariamente los mutilados y los muertos; que prácticamente ha terminado con la vida de decenas de secuestrados y de sus familias; que continuamente atenta contra las estructuras del país, y que convertida en el más poderoso cartel de Colombia no permite que nuestro país viva una fructífera era de paz y desarrollo.

Cuánto cinismo encierra el desvergonzado pedido de Raúl Reyes a la Comunidad Europea de retirar a las FARC de la lista de terroristas. Sería bueno ver cuáles son los méritos que aduce la guerrilla para ser borrada de esta ignominiosa lista. Porque si lo que ellos hacen contra la población colombiana no es terrorismo, entonces, ¿qué es?

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1
A pesar de los acuerdos internacionales –en particular la Convención de Otawa de 1997 sobre la prohibición de minas antipersonales- año tras año siguen sembrándose minas en el mundo. Los países que no han firmado ese acuerdo tienen almacenadas 160 millones de estas minas, China (110 millones), Rusia (26,5 millones), y EE.UU. (10,4 millones). Se calcula que actualmente hay 110 millones de minas activadas alrededor del mundo. Afganistán, Colombia y Chechenia son los países más afectados. Los países fabricantes son: Estados Unidos, China, Rusia, Israel, Pakistán, Sudáfrica, Corea del Norte y del Sur, Nepal, India, Singapur y Vietnam. En nuestro país, la guerrilla “fabrica” las minas llamadas “quiebrapatas”.

Si bien Estados Unidos no ha exportado minas antipersonales desde 1992 y no las ha usado desde la Primera Guerra del Golfo, en 1991, actualmente se apresta a tomar la decisión de iniciar la producción de una nueva mina antipersonal llamada “Spider”, que podrá ser localizada desde un satélite y desactivada una vez que no sea “necesaria”. No se puede dejar de lado la gran responsabilidad que tienen los países desarrollados en esta sombría realidad. Pero ante este panorama el mundo aparece silencioso
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