Miércoles, 22 de febrero de 2017

| 2008/03/01 00:00

Reforma agraria

Aquí nunca se ha hecho, ni se ha intentado siquiera hacer, una reforma agraria. Es una de las grandes mentiras que han acabado por imponerse

Reforma agraria

Escribí aquí la semana pasada que es más fácil militarizar los problemas políticos y sociales que intentar resolverlos por medios políticos. Eso es lo que siempre ha hecho la clase dominante en Colombia: echarles bala a los problemas. Pero como eso no lo pueden decir abiertamente los políticos, pues equivaldría a reconocer su ineptitud como políticos, tienen que negar que existan las soluciones políticas, o asegurar que ya se ensayaron, y no funcionaron. Sobre el problema agrario hacía en esta revista ese ejercicio el ministro de Hacienda Óscar Iván Zuluaga al decirle a María Isabel Rueda, con serena desfachatez, lo siguiente:

-Queremos evitar las dificultades que tuvo que enfrentar la reforma agraria, cuando el país generosamente otorgó muchas tierras. ¿Y en qué quedó convertido eso? En un fracaso.

Falso. Aquí nunca se ha hecho, ni se ha intentado siquiera hacer, una reforma agraria. Esa es una de las grandes mentiras que, a fuerza de ser machaconamente repetida una y otra vez por los políticos, han acabado por imponerse en medio de la amnesia general. Pero es al revés. Aquí se han hecho varias contrarreformas agrarias, por lo menos tres, y todas han tenido éxito: han logrado el objetivo que se proponían, que era la concentración creciente de la propiedad agraria, y la desposesión y expulsión (o exterminio) de los pequeños propietarios campesinos. Porque esas contrarreformas no se han hecho por métodos políticos, sino a bala. Y todavía estamos en eso.

Es cierto que en varias ocasiones ha habido propuestas de hacer una reforma agraria. Figuraban ya en los programas del Partido Liberal que se elaboraban a principios del siglo XX, y que no se llevaron jamás a la práctica. Para darles tierras a los campesinos -y no para quitárselas- se dictó la Ley 200 del año 36. Pero nunca fue aplicada, y por añadidura la Ley 100 del año 44 la congeló hasta el 56: exactamente el lapso durante el cual imperó en los campos colombianos la llamada Violencia: que consistió en tratar a bala el problema agrario (entre otros): 200.000 muertos, medio millón de parcelas expoliadas, dos millones de campesinos desplazados. Y a partir de entonces la política agraria de los gobiernos colombianos ha seguido al pie de la letra las recomendaciones de la misión encabezada por el economista norteamericano Lauchlin Currie, según el cual el problema del campo consiste en que sobra gente, y, para resolverlos, se necesita un "programa de choque". Ese programa de choque ha sido, en la práctica, el guión de la guerra que desde entonces vive el campo (y, de rebote, las ciudades).

Pero entre tanto se ha hecho otro par de veces el fingimiento de proponer una reforma agraria. Eso fue la creación del Incora en 1961, para comprarles tierra sobrante: a los terratenientes y distribuirlas entre los campesinos. Pero lo paralizó al año siguiente el gobierno de Valencia, cuya simultánea ''pacificación" a bala del campo sembró las guerrillas de hoy. Eso fue su tentativa de resurrección por el gobierno de Lleras Restrepo con la Ley primera del 68. Pero el entierro de todo fingimiento vino con el Pacto de Chicoral entre el gobierno de Misael Pastrana y los terratenientes, y con la Ley cuarta del 73. A partir de entonces se aceleró más todavía la concentración de la tierra y la expulsión de los campesinos como colonos a la frontera agrícola, al talar monte y sembrar coca. Y a la vasta contrarreforma agraria de la Violencia se sumaron otras dos, la que hicieron los narcotraficantes en los años 80, y la que siguen haciendo los narcoparamilitares desde los 90, Con los resultados que vemos: cuatro millones de desplazados, cuatro millones de hectáreas robadas, y un reguero de muertos que todavía no hemos terminado de contar (ni de matar). Y dos detalles: la conversión de Colombia de país exportador de alimentos en importador; y la destrucción de los bosques y las selvas para cultivar coca.

De manera que se equivoca (o miente) el ministro de Hacienda Óscar Iván Zuluaga. Aquí no ha sido "un fracaso" la reforma agraria. Ni es cierto tampoco que entonces (¿cuándo?) -"el país entregará generosamente muchas tierras"- (¿el país? ).  No ha sido un fracaso, porque nunca se ha hecho. El fracaso consiste precisamente en que nunca se ha hecho. En vez de hacerla, se ha echado bala.

Y se sigue echando. Es más rentable.

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