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Opinión

  • | 2003/04/13 00:00

    Reforma, referendo, relajo

    Hago una solitaria protesta ciudadana contra el abuso que significa 'asegurarse' contra el fallo adverso del pueblo soberano. Eso es obsceno

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Tome un kilo de demagogia y añada tres cucharadas de miopía, envuélvalo en una capa de improvisación y déjelo marinar en un caldo de mezquindades; este plato de la cocina criolla se conoce como reforma política.

El derecho de las cosas hubiera sido limitar el referendo a dos o tres preguntas básicas acerca del Congreso (por ejemplo, unicameralismo, cambio de circunscripciones) y dejar el resto en un Acto Legislativo presentado por Londoño el mismo día. Las dos iniciativas se habrían complementado, el trámite habría sido limpio y la mayoría uribista se habría impuesto en ambos escenarios.

Pero eso supone visión global que infortunadamente no tiene el Presidente y habilidad política que infortunadamente no tiene el Ministro. Por eso en el referendo quedaron las ideas al por menor de Uribe y por eso a Londoño le pudo la reforma, con lo cual acabamos en una opinión fría y un Congreso caliente.

Pero vamos al principio. A falta de una idea orgánica, el candidato Uribe le echó mano al clamor popular contra "la politiquería y la corrupción". Sus "Cien Puntos" y el referendo que en efecto presentó "el 7 de agosto a las 5 de la tarde" son una lista sosa de lugares comunes sobre los vicios de la clase política.

La cosa es de un simplismo inverosímil: si bajamos a la mitad los congresistas, bajará la corrupción a la mitad; reemplazar las contralorías locales por funcionarios nacionales ahorrará mucha plata; volver a prohibir los auxilios acabará los auxilios; el voto nominal hará que nadie se pierda las transmisiones del Canal 11, y así con cada uno de los 16 artículos famosos.

En esas llegó Junguito con las cifras "revisadas" y el gobierno cambió su reforma política por el ajuste fiscal. Para lograr que congelaran el gasto, Londoño dejó que los congresistas retocaran cada uno de los artículos hasta dejarlos muecos o masticando al revés. Fue el cambiazo de la reforma antipolítica de Uribe por la antirreforma política del Congreso, que al fin quedó como texto del referendo.

El caso es que Junguito necesita el ajuste y Uribe necesita algo, de modo que al referendo le colgaron una golosina y además le pusieron un seguro. La golosina es reelegir a los alcaldes para ponerlos como jefes de debate y el seguro fue "clonar" el texto dentro del Acto Legislativo en curso.

Aquí hago una pausa de solitaria protesta ciudadana contra el abuso que implica "asegurarse" contra el fallo adverso del pueblo soberano, no importa si el autor de semejante cabezazo fue Londoño, Holguín, Martínez o alguna mano amiga. Eso es obsceno.

Y sigo con el cuento. Londoño, que se las sabe todas en materia de leyes, no sabía que la ley de referendo debía cumplir ciertos requisitos de forma, como decir el número de debates, la unidad de materia o el tono de las preguntas. Así que ahora puede suceder que la Corte pare el carro, que tache dos artículos, tres incisos y nueve palabras o, sabe Dios, que le meta la muela al castellano.

Más raro aún, Londoño no sabía que la ley de referendo puede tomar 140 días hábiles en la Corte y otros 100 días de organización electoral, o sea que se estaría aprobando por allá a fin de año. Como el Congreso cierra el 26 de junio ¿quién saldría a votar unas reformas que ya estuvieran hechas? De modo pues que, cosas de la vida, el seguro resultó ser un petardo y al pobre Ministro le tocó abortarlo.

Claro que a cada paso de este cuento, han llovido argumentos de vuelo conceptual y alto interés público. Y claro que cada argumento coincide con la conveniencia particular del que lo invoca:

-El conservatismo pide voto preferente porque perdió la disciplina interna y está por acabarse como partido;

-El liberalismo quiere impedir que surjan rivales grandes y por eso pide umbral, gran número de firmas y régimen de bancadas;

-Los independientes quieren ganarle al clientelismo sin unirse entre ellos y por eso piden inhabilidades pero minipartidos;

-Los uribistas quieren que Peñalosa o Londoño hagan lo mismo de Uribe y por eso prefieren que no existan partidos.

Eso sí, hay un acuerdo en lo fundamental: en que los congresistas puedan ser ministros y embajadores, o en que sea más difícil quitarles la investidura? No olviden pues que el secreto de la cocina criolla es espesar muy bien el caldo de mezquindades.
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