Lunes, 16 de enero de 2017

| 1988/01/18 00:00

REGALITOS DE NAVIDAD

REGALITOS DE NAVIDAD

Este enredo comenzó, para ser exactos, a las diez de la mañana del sábado pasado, y se ha convertido en una de las polémicas más apasionantes de los últimos tiempos, incluyendo la trifulca entre Franco Nero y la señorita Mauricia.

El asunto es que a una compañera mia, que tiene el encargo de las noticias relacionadas con los sectores agropecuarios, le mandaron a la sala de redacción un aguinaldo sorpresivo y extravagante: un bulto de arroz atado con una cinta de seda.

Se lo enviaban, con mucho cariño y un mensajero, los señores que dirigen la Federación Nacional de Arroceros. Ese fue el motivo para que se suscitara una acalorada discusión. Lo primero que sucedió, naturalmente, fue que se enfrentaron dos bandos en torno al saco de arroz.

Los primeros, atrincherados en sus escritorios, defendieron con ahínco la idea de que uno no puede regalar los mismos artículos que produce. Sus adversarios, en cambio, parapetados tras las máquinas de escribir, dispararon un fuego graneado según el cual lo mejor que uno puede obsequiar a sus amigos es el objeto que sale de su trabajo.

A mí me atraparon en medio de aquel tiroteo cruzado. Silbaban los argumentos sobre mi cabeza.
Estallaban en los flancos las granadas verbales. Un adjetivo insólito estuvo a punto de mutilarme un dedo. Pero, tras analizar los razonamientos de ambas guarniciones, resolví ponerme de parte de los primeros.

Pienso sinceramente que cuando una persona envía como presente navideño sus propios productos, no sólo demuestra una evidente falta de imaginación sino que, además, está haciendo una trampa publicitaria disfrazada de aguinaldo. Es como promocionarse uno mismo agarrandose del Niño Dios.

Pero es que, de otra parte, se corren también unos riesgos grotescos. Si se llegare a imponer esa teoría, y cada quien se dedica a regalar lo que hace, supónganse ustedes lo que podría pasar.
Avianca, por ejemplo, le enviaría a la oficina de usted un jumbo de cuatrocientos pasajeros. El director de la Cárcel Modelo, ateniéndose a ese criterio, podría mandarle a cada amigo suyo dos presos de obsequio.

Los peligros de esa pésima costumbre, que desgraciadamente cada año se generaliza más, son de verdad sombríos. La Federación Nacional de Ganaderos se vería obligada, entonces, a remitir a cada uno de sus benefactores una vaca lechera y dos terneros.

Es preferible no suponer siquiera lo que sería capaz de hacer en este terreno don Francisco Gaviria, un ciudadano a quien no tengo el piacer de conocer, y cuyos servicios espero no necesitar por ahora. Don Francisco tiene en Bogotá una prestigiosa empresa de pompas f unebres. Según los pregoneros de estas novedosas ideas sobre el aguinaldo, don Francisco debería regalarle un ataúd a cada persona que estima.
O, lo que es todavía mas inquietante, podría darse el lujo de enviar a la casa de cualquier amigo suyo un cadáver reluciente, nuevo, envuelto en esos papeles que traen la imagen de Papá Noel y figuritas de trineos y campanitas.

Lo único importante que se puede decir sobre los obsequios navideños es que ninguno vale más que el cariño con que se entrega. He visto a personas que regalan diamantes del tamaño de un huevo de paloma. Y lo hacen por compromiso o por ostentación. Yo puedo decir, por mi parte, que el regalo más valioso que he recibido en mi vida, el único que nunca olvidaré, es el que me hizo mi hija la semana pasada: su primer dibujo en el jardín infantil.
Hizo tres rayas con un lápiz verde. Ella y yo sabemos que es el perro más hermoso que ha pintado artista alguno.

Se le ven perfectamente las cuatro patas arqueadas, el puente que baja de la frente a la nariz, la cola alegre, la lengua acezante, los ojos negros. Ustedes dirán que cómo es posible ver tantas cosas en tres líneas torcidas.
Póngale amor y lo verán. Mi hija y yo sabemos que es un cachorro, y a ver quién nos demuestra lo contrario.

En fin. Tal como están las cosas entre nosotros, de pronto es mejor que los colombianos nos regalemos un poco menos y nos comprendamos un poco más.

No puedo terminar sin decir lo que quiero decir: si triunfa la propuesta de que cada quien obsequie el producto de su trabajo, ¿se imaginan ustedes, por ventura, lo que enviaría de aguinaldo la Asociación Colombiana de Ginecología? --

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