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Opinión

  • | 2011/05/04 00:00

    Reggaeton-eros

    ¿Qué hacer para que el eros del reggaeton no se centre en la gasoliiiiiiiiiiina?

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Juro que me encanta bailar reggaeton. Por las mañanas, cuando paso del agua caliente al agua fría en la ducha, practico algunos de los pasos que me enseña mi profesor de baile. Pero parece que no voy a lograrlo nunca. No sólo porque estoy desfasada generacionalmente y me cuesta un trabajo enorme, sino porque no puedo evitar imaginarme los cuadros explícitos y “poéticos” que describen varias letras del ritmo pegajoso reggaetonero que me cortan la inspiración.
 
Por ejemplo, en “Yo tengo una gata que le gusta el castigo”, contenidos como el siguiente, representan para mí un dilema: Ella se derrite como en tu paladar el chocolate (...) le fascina que en la cama la machuque con el bate (...) le gusta que la maltrate y en son con el bate (...) que la amarre y la desbarate.
 
En este dilema, de un lado del ring están la libertad de expresión, la prohibición de la censura, la libre circulación de las ideas, el libre desarrollo de la personalidad y la creación artística. Del otro lado están la indignidad, la ofensa, el lenguaje sexista y violento, la degradación del papel de la mujer y el abuso de la posición masculina.
 
Y es que no se trata de sólo creaciones repulsivas, pues en una democracia estos elementos también deben ser respetados. Hay exposiciones en centros de cultura contemporánea sobre las criaturas de la espeleología del gusto que nos permiten estudiar, analizar y hasta fascinarnos por estos elementos que formarían parte de la cultura no oficial.
 
El dilema está en la tenue línea que separa la libre circulación de las ideas artísticas en la búsqueda de la creación y una propuesta que humille, anule y degrade, sobrepasando la tolerancia.
 
No creo, sin embargo, que estas propuestas deban ser silenciadas, prohibidas ni ignoradas. Creo que deberían discutirse y controvertirse. Entre otras cosas, porque el fruto prohibido nunca ha logrado su objetivo, y si no, preguntémosle a Eva.
 
La historia de la música está llena de prohibiciones. Tomemos la ilustración reciente del rhythm & blues y el rock n roll cuyas letras fueron la comidilla de los padres de familia de los años 50 y 60. No sólo por los movimientos de los jóvenes, sino por el doble sentido de las letras e incluso por su contenido más explícito. ¿Sirvió de algo? O más bien, ¿alimentó e impulsó el interés y el éxito de dos categorías esenciales en el mundo musical?
 
Nos queda la opción de las regulaciones. Una madre de familia pide al Ministerio de TICS que en horario de 5:00 am a 9:00 pm no pongan a las familias a escuchar “Eso en cuatro no se ve”. Transcribe algunos coros, con el pudor que le impide llegar a las palabras más explícitas, así: Que si linda, que si fea, por eso yo no me apuro (...) Que suelte el culo que to’ ta oscuro (...) Que si es flaquita o gordita tampoco me preocupa (...) Lo importante es que si chupa o no chupa.
 
Yo creo que sobra decir que no es importante si chupa o no chupa (y veo poco originales las fantasías sexuales de los reggaetoneros) pero tampoco considero que un horario de prohibición sea tan deseable. Creo que tanto a los que escriben como a los que se motivan con esas letras, les hace falta toneladas de viajes, libros, canciones, poesía, intereses amplios nuevos y diversos, en fin, motivaciones que trasciendan el sexo explícito, la violencia y la instrumentalización de la mujer.
 
Lástima que esté pensando con el deseo y que en la práctica, el eros del reggaetón no beba de unas fuentes un poco más elevadas. Si así fuera, seguro que el atropello de sus contenidos terminaría cayéndose por su propio peso y yo podría por lo menos superar el trauma que me causan cuando intento bailarlo.

*Investigadora del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (www.dejusticia.org)
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