Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2010/08/07 00:00

Reinar después de morir

Conocí el puente helicoidal. Muy bonito. Pero caí en la cuenta de que se trata de la única obra pública inaugurada por un presidente que duró ocho años en el cargo.

Reinar después de morir

Escribí aquí una columna titulada 'El sexenio vacío' cuando todavía faltaban dos años para que se fuera Álvaro Uribe, y estaba en marcha el proceso de la segunda reelección destinado a hacer que no se fuera nunca. Se va por fin, gracias a la Corte Constitucional que se atrevió a plantarle cara a su obsesión reeleccionista. Pero estos dos años transcurridos han ahondado el vacío de que hablaba hasta proporciones de abismo. El nuevo presidente Juan Manuel Santos, que acaba de asomarse al borde, debió de quedar sobrecogido por el vértigo.

Uribe, al cabo del gobierno más dilatado de la historia de Colombia, solo deja huecos: desde el inmenso hueco fiscal que bosteza (también el más profundo de la historia) hasta los muchos huecos de las fosas comunes de los paramilitares y de la guerrilla, así como ese otro, inmenso, del cementerio clandestino con más de dos mil cadáveres que se atribuye a las fuerzas militares en La Macarena. Los huecos de la selva deforestada por la fumigación de los cultivos ilícitos y su reproducción un poco más allá, talando más selva. Los huecos de la que él llama "confianza inversionista": las ganancias de las multinacionales que salieron del país, las regalías robadas de la explotación de carbón, de petróleo y de oro, y los huecos físicos, sin tapar, que la minería deja en la tierra. Los huecos de su "cohesión social": esa brecha entre ricos y pobres que se ha ensanchado bajo su gobierno hasta convertir a Colombia en el país más inequitativo de América Latina (era el quinto cuando Uribe empuñó las riendas). El todavía presidente dijo, en su mensaje del 20 de julio ante el Congreso, que de acuerdo con un nuevo sistema de medición de la pobreza que solo él conoce, el número de pobres se había reducido en Colombia hasta representar solo el nueve por ciento de la población. Y se quedó tan ancho. Hay por lo visto también un abismo infranqueable entre la realidad y la percepción de ella que tiene Uribe.

Más huecos, de toda índole. El hueco de población rural que dejan los millones de personas -entre dos y cuatro, según quién los mida- desplazadas del campo. El hueco de los desaparecidos, de los miles de 'falsos positivos' asesinados para hacer bulto en las cuentas de la "seguridad democrática". El hueco abierto en las relaciones con Venezuela, rotas por cuenta de Hugo Chávez, sí, pero en cuya grieta abierta Uribe le dejó a su sucesor sembrada una mina quiebrapatas. El foso ahondado entre el Ejecutivo y el Poder Judicial, envenenado por las 'chuzadas' del DAS ordenadas (a nadie la cabe duda) desde el Palacio de Nariño. Las troneras abiertas en la fe pública con la compra de votos por notarios, en la moral pública por los contratos comprados y las zonas francas recibidas como beneficio dinástico. A su paso Uribe ha ido dejando un rastro que parece de bombardeo. En donde pone el casco su caballo, como dicen que sucedía con el de Atila, no vuelve a crecer la hierba.

Hace ocho días estuve en Pereira, y me llevaron a conocer el puente helicoidal que ocho días antes el presidente Uribe había inaugurado con gran fanfarria. Muy bonito. Pero cuando me hablaron de la fanfarria de la inauguración caí en la cuenta de que se trata de la única obra pública inaugurada por un presidente que ha durado nada menos que ocho años en su cargo, y es posiblemente el que más plata ha gastado -despilfarrado- en toda la historia del país (descontando el gigantesco gasto militar).

No ha hecho ninguna obra: pero en cambio aprovechó sus últimos días en el poder para dejar amarrados los contratos de dos docenas de obras gigantescas para los próximos 20 años, que habrán sido decididas por él pero que tendrán que pagar sus sucesores a través de próximas vigencias, ya comprometidas de antemano. ¿Cómo lo harán? Uribe deja la olla limpia como una patena. No creo que haya ni siquiera con qué pagar los sueldos y los viáticos de todos los embajadores nuevos que se precipitó a nombrar en su última semana de gobierno. Y a lo mejor el diluvio de condecoraciones que repartió a generosas manotadas, como quien siembra, también fue a debe. Porque ocho días antes de entregar el mando ya había dispuesto la ordenación y ejecución del presupuesto del año 2011. Uribe quiere, como hizo aquella reina de Portugal que se llamó Inés de Castro, reinar después de morir. Aunque el procedimiento hieda un poco.

En cambio fíjense ustedes la economía de Uribe en lo que se refiere al gasto intelectual. Para despedirse de sus compatriotas, en su última proclama se limitó a repetir, a reciclar el texto lírico-geográfico que hace cuatro años había escrito sobre todos los departamentos de Colombia, y que está publicado en un mapa de carreteras.

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