Martes, 17 de enero de 2017

| 1980/12/11 00:00

Reinitas

La actitud del alcalde de Medellín representa un paso hacia una sociedad más educada, que sabe darles una jerarquía a sus valores

Reinitas

Uno de los chistes más viejos del mundo es el de la muchacha adolescente que, para atenuar la gravedad del asunto, le confiesa a su padre que está "un poquito embarazada". Uno puede estar un poquito gordo o un poquito loco, pero en el embarazo no hay grados: se está o no se está.

En las decisiones políticas hay actitudes de dos tipos: de más o menos (como en la gordura), o de sí o no (como en la preñez). En el caso de los reinados de belleza (candidata para enviar a Cartagena, concurso de la reina de las flores, etc.), las anteriores administraciones de Medellín habían adoptado una política de más o menos: algunos alcaldes les daban más plata a las reinas, y otros menos, dependiendo de lo inclinados que estuvieran a estas celebraciones. Pero ninguno había adoptado una postura de sí o no.

Al penúltimo alcalde, Luis Pérez, por ejemplo, le encantaban las reinitas. Como el funcionario era solterón, se hacía acompañar aquí y allá por reinas de belleza, para no parecer viudo. Los apoyos a los reinados incluían tácita o explícitamente horas de compañía al mandatario, en restaurantes, en giras, en eventos públicos y privados. Sin duda hay hombres feos que tienen una doble ilusión: creen que la belleza se contagia, y que andar con mujeres muy bonitas puede darles el prestigio que les quitan sus propias actuaciones.

El actual alcalde de Medellín, Sergio Fajardo, acaba de adoptar una actitud que debería servir de pauta a otros alcaldes del país que dedican cuantiosos recursos públicos a promover reinados de belleza. Medellín no va a incentivar reinados ni a apoyar con dinero oficial a las reinas de belleza. Punto. Una postura de sí o no, en la que la respuesta es no. Y se va a gastar la plata que antes se gastaba en reinas, en dar estímulos a otro tipo de talentos: no al gratuito y frívolo (por agradable que sea) de la belleza, sino a otros. Buscará en los barrios mujeres que se destaquen por alguna actividad que tenga de verdad alguna importancia social. Les dará un premio a las jóvenes valiosas en muchos campos, sin mirarles la cara y sin medirles la circunferencia del busto o de las nalgas.

Esto podrá parecer un detalle insignificante, una decisión intrascendente en este país asediado por problemas inmensos. Pero no. Más bien representa un paso hacia una sociedad más educada, que sabe darles una jerarquía razonable a los valores. Todo el mundo tiene valores (por eso no tienen sentido las consignas del tipo "volvamos a los valores"); lo importante es cómo los clasificamos, cuáles ponemos encima y cuáles debajo en la escala axiológica. La belleza, y en particular la belleza de las mujeres, se ha convertido en Medellín en un supervalor, en una obsesión maniática. Hay dos teorías que lo explican: la influencia de las ferias de modas (y su infinito desfile de modelos), y la escasez de hombres que valgan la pena, lo que induce a una competencia feroz entre las hembras. Quién sabe.

Varias veces he escrito sobre libertad sexual, y los que me hayan leído sabrán que no tengo mucho de mojigato. Es obvio que el sexo es una de las actividades humanas más placenteras. Pero en el reino de las reinitas (Medellín) hay una frivolización extrema del asunto -todo se vale- y una hiperestimulación visual que puede estar en la base de otro gravísimo problema social. Y con esto vuelvo al principio: con la banalización del sexo y el aflojamiento de las ataduras religiosas y las censuras sociales, hay miles y miles de adolescentes que están quedando embarazadas entre los 13 y los 16 años. Ellas mismas no saben dónde están paradas y ya deben enfrentarse al problema de criar y de educar un hijo, casi siempre sin padre responsable.

Según proyecciones oficiales, en 2005 la población colombiana llegará a más de 46 millones de habitantes. No hay sistema económico (aperturista, arancelista, socialista, neoliberista) que consiga asimilar a todas esas bocas en tan pocos años. En una política de más o menos, el gobierno nacional debería destinar más recursos a Profamilia que a los reinados, las fiestas o los carnavales. Menos recursos para aviones o tanques de guerra -útiles solamente en un conflicto internacional imaginario- y más para control de la natalidad.

En lugar de promover reinados de belleza, reinitas infladitas (por operaciones o por embarazos), concursos frívolos y tristes donde los mafiosos compran su pareja, hay administraciones que promueven planes para prevenir el embarazo adolescente. Es lo que está haciendo en Medellín Lucrecia Ramírez, la mujer del alcalde, en vez de apoyar reinados. No sé si ya sea demasiado tarde, pero alguien tenía que romper esa cadena de frivolidad. Una persona sensata tenía que empezar. No es una cuestión de grados, sino de sí o no. Al embarazo adolescente hay que decirle no.

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