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Opinión

  • | 2013/09/27 00:00

    Hijos del placer, hijos de la violencia

    Si queremos conocer el origen del matoneo y las barras bravas escuchemos a los niños abandonados maltratados y violados.

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El título de esta columna es el resultado de un trabajo de investigación en taller presencial con niños y niñas abandonados, maltratados, violados y sometidos desde muy temprana edad por sus progenitores, hermanos y demás parientes a trabajos forzados y delincuenciales.   

Al llegar a la institución, fui recibido por su directora para hacer una presentación de lo que realmente es la Institución que logra sostenerse con pírricas ayudas oficiales y algunas entidades privadas.

Unos 150 niños, entre 5 y 18 años, se encuentran allí, producto de su rebeldía, convertida con el correr de los días en acciones violentas, que finalmente pueden conducirlos a desenlaces fatales contra sus propios compañeros o instructores educativos.

Para dar inicio al taller hicimos un recorrido por los diferentes patios donde se encuentran seleccionados por rangos de edad y sexo. El grado de agresividad o posible peligrosidad aún no aplica, puesto que son acciones meramente preventivas, que es donde radica la importancia de tan noble institución. Veamos cómo fue el desarrollo del taller.

Escogimos quince niños y niñas, que por su mirada de angustia, mezcla de rabia y frustración, según sus institutoras, presentan con alguna frecuencia estados de depresión extremos pero también de euforia, que según el psiquiatra presente, puede catalogarse como síntomas de bipolaridad que fácilmente conducen al suicidio si no son tratados oportunamente.

De los 15, escogimos cinco,  de acuerdo a una ficha técnica, que se diligenció y que dan las pautas de un grupo homogéneo, con problemas de comportamientos similares, derivados desde antes de su nacimiento, pero con incidencia en su cuadro familiar:

1) Juan, 8 años. Al preguntarle cómo se llaman sus padres, respondió: Yo no soy hijo de padres, soy hijo de un burdel, mis padres me engendraron el mismo día que se conocieron, mi madre era  trabajadora sexual. Cuando nací ya tenía otros dos hijos de padres diferentes. Estas cicatrices que tengo en mi cuerpo, son la consecuencia de quedar en una pocilga al cuidado de mi hermano mayor de seis años. Era tanto el abandono, que las ratas varias veces se alimentaron de mis manos y mi rostro. Estoy aquí porque gracias a esta Institución, se me rescató y me liberó de las palizas que me daba mi madre.    

2) Felipe, 12 años. No soy hijo del amor, soy hijo de la violencia. No sé quiénes son mis padres. Cuando nací, mi madre me empacó en una caja de cartón y me colocó sobre un andén. Una señora que pasaba por allí escuchó mi llanto y me rescató. Me entregó a la Policía Infantil y de allí al Bienestar Familiar. A los cuatro años a una señora que resultó ser mi peor drama. Vivía con un amante drogadicto y vago, que me levantaba a las cuatro de la mañana y me ponía la tarea: para poder ir a dormir tenía que llevarle 15.000 pesos, el día que no podía cumplir la cuota me pegaba con un rejo tieso. Por esta razón me salí a la calle a buscar una gallada que me protegiera, el jefe me enseñó a robar y a fumar bazuco. Tengo 12 años, he sido violado varias veces. Estoy aquí donde me tratan bien y por lo menos tengo la dormida y la comida sin tantas humillaciones. 

3. Sandra, 13 años. He sido violada varias veces. La primera fue a la edad de ocho años por un hermano de mi mamá. Una tarde oí que mi tío me estaba negociando para una noche de placer con un sujeto sucio y asqueroso. Al contarle a mi mamá ella no me creyó, me dio una paliza por mentirosa. Por esta razón me tocó huir de la casa, llegué a este albergue donde me protegen, me dan comida, cariño y una cama limpia para dormir. 

4. Teresa, 14 años. Las cicatrices que tengo en mi cuerpo son producto de las muendas que recibí de mi madre, una mujer viciosa y de vida alegre, que a pesar de tener dos hijos más, no cogió juicio. Actualmente, se encuentra en el Buen Pastor, pagando una condena de ocho años por haber matado a su amante. 

5. Diego, 16 años. Estoy en este lugar desde la edad de doce años, me rescataron de la calle del cartucho en una noche de mucho invierno en que estaba todo trabado. Ya había participado en atracos y hurtos menores. No sé quiénes son mis padres, ni me interesa conocerlos. Lo único que le pido a la sociedad es una oportunidad para poder terminar mi bachillerato y posteriormente seguir una carrera profesional. Suplico en nombre de mis compañeros y compañeras que nos ayuden, ante todo somos seres humanos. 

Todos fuimos engendrados por unos padres vagabundos que no miraron las consecuencias de traer hijos al mundo, sin ningún sentido de amor y responsabilidad social.

Considero que estos Padres, merecen un castigo por lo menos social, porque ante la Justicia Divina están más que condenados. 

Con esta visita conocí un verdadero centro de rehabilitación, donde el concepto de niñez es un tesoro, la adolescencia es una flor y la juventud es un árbol listo para empezar a dar sus frutos.  

Los términos utilizados aquí no son propios del vocabulario de los niños entrevistados. Hubo que adaptarlos de acuerdo a las exigencias de una columna para los medios de comunicación.
Por razones que son respetables de la señora directora, la dirección y nombre de la institución se omiten. 

urielos@telmex.net.co
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