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Opinión

  • | 2013/10/22 00:00

    Pepe para Papa

    Desde tiempos inmemoriales la humanidad ha estado sometida a un engaño sistemático, en el que se suministra como “luz eterna” lo que en realidad es oscuridad.

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Tal vez el planeta Tierra sería un mejor vividero si, así como los creyentes en deidades que nunca se dejan ver están organizados en iglesias jerarquizadas que imponen su autoridad y controlan la voluntad de sus rebaños, los ateos y agnósticos estuvieran a su vez organizados en alguna congregación que defendiera sus intereses y promoviera sus creencias.
 
¿Cuál podría ser, por cierto, el interés primordial de los no creyentes en caso de que lograran organizarse? Sería básicamente el de comunicar su verdad, que para el caso que nos ocupa parte de considerar que desde tiempos inmemoriales la mayoría de integrantes de esa inmensa masa amorfa llamada humanidad ha estado sometida a un engaño sistemático, consistente en que se le suministra como “luz eterna” lo que en realidad es oscuridad.
 
Si de intereses hemos de hablar, en el caso religioso quienes salen más favorecidos son los que se arrogan la condición de intermediarios de la deidad que dicen representar, pues se asumen como imbuidos de autoridad celestial pero se dan la buena vida terrenal, mientras los menos favorecidos son los que convertidos en simples ovejas del rebaño son esquilmados mediante el pago de unos diezmos. ¿Y qué reciben a cambio? Unas enseñanzas ‘celestiales’ que en apariencia transmiten bienestar espiritual, pero que en nada contribuyen a su bienestar terreno.
 
Ahí radica precisamente el engaño, pues si fuera cierto que las limosnas o los diezmos contribuyen a mejorar la vida de las personas que los aportan, la humanidad hace mucho tiempo se habría salvado o al menos habría encontrado la llave de la redención material y/o espiritual.
 
Pero ocurre lo contrario, y es que las religiones en el curso de la historia sólo han sembrado un manto de ignorancia,  miseria (tanto económica como intelectual) y confusión sobre los pueblos, hasta llegar a un tiempo presente donde las guerras y confrontaciones de todo tipo entre la civilización cristiana occidental y el mundo islámico de Oriente amenazan con hacer estallar el planeta, como lo muestra el hecho de que el muy musulmán Irán –cuya Constitución se rige por el Corán- ya está en condiciones de fabricar una bomba nuclear.
 
Es entonces cuando cualquier hombre sensato podría preguntarse cómo es posible que el imperio de la estupidez y la arcaica inutilidad del dogma religioso (que unos y otros quieren imponer como el verdadero) le esté ganando la partida al Imperio de la Razón, y si no estaremos entonces en mora de convocar a todos los que “a Dios gracias” no hemos sido contaminados por esa especie de locura colectiva, y unamos esfuerzos solidarios para construir los cimientos de una nueva religión, la de los no creyentes en dioses, doctrinas o sucesos sobrenaturales que sólo una fe ciega podría explicar y en tal medida escapan a toda comprobación racional, material, empírica o científica.
 
No sabemos qué nombre se le pudiera dar a esta nueva Iglesia, pero sí cuál sería su objetivo fundamental: imponer a como dé lugar (aunque por las buenas) una visión y una conducción del mundo donde imperen la sensatez, el sentido común, las buenas maneras, la repartición de un ingreso justo, el acuerdo civilizado, la solidaridad y la cooperación entre los pueblos, como garantía sine qua non de que el planeta no estallará en pedazos o no agotará su hábitat, su atmósfera y sus recursos naturales bajo los apetitos voraces del consumismo capitalista que nada humanamente nuevo crea y –por el contrario- todo lo destruye.
 
Tampoco sabemos qué tipo de logística o estructura jerárquica se requiere para su organización, promoción, divulgación u operatividad, pero somos conscientes de que es necesario elegir a un número determinado de líderes o pensadores que trace pautas, proponga salidas, aporte criterios y se constituya en una especie de Vaticano alternativo que desde una perspectiva pagana –aunque humanística y profundamente filantrópica- proponga una estructura de poder basada en la búsqueda de la armonía mundial y la reconciliación con la naturaleza.
 
Lo que se debe proponer en últimas es la salvación del planeta en lo material, en lo espiritual y, por qué no, en lo anticlerical. Y esto requiere de la conjunción del mayor número de voluntades aún no sometidas a doctrinas alienantes ni a intereses de grupos de poder o de emporios transnacionales que por cuenta del fenómeno de la globalización se están convirtiendo en los verdaderos dueños de todo lo que nos rodea. (Baste considerar al respecto que ya se apoderaron del agua y ahora la venden envasada, y en el momento menos pensado nos empiezan a embotellar el aire).
 
Lo anterior implicaría además la posibilidad de tener como máxima cabeza visible de dicha congregación a quien mejor represente los fundamentos y postulados de la ‘Paganería’, entendiendo lo pagano en su concepción original de corriente opuesta a la creencia del dios que según los judíos y los primeros cristianos del Imperio Romano se habría revelado en la Biblia. Porque no se trata de negar la existencia de un ser superior, sino de impedir que la creencia en tal divinidad se convierta en germen para la constitución de aparatos de poder que sojuzguen la conciencia y las voluntades de los feligreses.
 
Y es aquí donde, pensando en quién podría ser el Papa de esta nueva hermandad política, filosófica y ‘religiosa’, no se nos ocurre nadie mejor como máximo representante en la Tierra que Pepe Mujica, presidente de Uruguay, quien con su discurso (que se volvió viral) del pasado 24 de septiembre en la asamblea de Naciones Unidas sentó las bases de una doctrina que en caso de aplicarse contribuiría a la salvación de esta humanidad agobiada y doliente.
 
Para la muestra, varios botones:
 
“Es posible un mundo con una humanidad mejor, pero tal vez hoy la primera tarea sea salvar la vida”.
 
“Cargo con el deber de luchar por patria para todos y para que Colombia pueda encontrar la paz, y cargo con el deber de luchar por tolerancia para quienes son distintos, con el deber de respetar y nunca intervenir contra la voluntad de las partes”.
 
“Hemos sacrificado los viejos dioses inmateriales y ocupamos el templo con el Dios Mercado. Él nos organiza la economía, la política, los hábitos, la vida y hasta nos financia en cuotas y tarjetas la apariencia de felicidad”.
 
“Si la humanidad total aspira a vivir como un norteamericano medio, serían necesarios tres planetas”.
 
“Prometemos una vida de derroche y despilfarro, que constituye una cuenta regresiva contra la naturaleza y contra la humanidad como futuro”.
 
“La política, eterna madre del acontecer humano, quedó engrillada a la economía y al Mercado”.
 
“Las campañas de marketing caen deliberadamente sobre los niños y su sicología para influir sobre los mayores y tener un territorio asegurado hacia el futuro”.
 
“El hombrecito de nuestro tiempo deambula entre entidades financieras y el tedio rutinario de las oficinas atemperadas con aire acondicionado”.
 
“Sería imperioso lograr grandes consensos para desatar solidaridad hacia los más oprimidos”.
 
“Nuestra época es portentosamente revolucionaria, como no conoció otra la humanidad, pero sin conducción consciente”.
 
“En lo más profundo de nuestro corazón existe un anhelo de ayudar a que el hombre salga de la prehistoria y archive la guerra como recurso cuando la política fracasa”.
 
“Es posible arrancar la indigencia del mundo y marchar a la estabilidad. Es posible que el futuro lleve la vida a la galaxia y el hombre, animal conquistador, continúe con su inclinación antropológica. Pero necesitará gobernarse como especie, o sucumbirá”.
 
Por todo lo anterior, larga vida a nuestro nuevo Papa… Pepe.
 


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