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Opinión

  • | 2007/03/03 00:00

    Renuncia al alemán

    Sé, por ejemplo, que a la cámara lenta le dicen ‘Zeitlupe’, la lupa del tiempo, y cuando lo digo, hay una cosa que brilla en mis neuronas.

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Los niños, cuando vienen al mundo, todavía recuerdan la lengua que se habla en el Paraíso. Sospecho que esta lengua es la misma que se hablaba en la Tierra antes de que Dios confundiera las lenguas en ese enredo babilónico de la torre. Los niños no recuerdan esa lengua conscientemente, esa lengua maravillosa que contiene dentro de sí todas las otras lenguas, pero más o menos hasta los 12 años son capaces de reconocer los rastros de ese único idioma primordial en todas las lenguas que existen. Después, poco a poco, al convertirnos en adultos, vamos olvidando la lengua materna de los ángeles y por ese motivo ya no somos capaces de aprender a la perfección ningún idioma extranjero.

Manden un niño bogotano a las selvas del Darién y en cuatro meses hablará fluidamente la lengua de los indios cunas. Lleven un niño noruego a África, y será capaz de entender cualquier lengua bantú y pronunciarla sin faltas al cabo de poco tiempo. Internen un japonés de 6 años en Inglaterra y en muy pocos meses hablará inglés tan bien como la reina. No les expliquen la gramática, que los niños de gramática no saben nada, no les hablen de géneros, casos o consonantes fricativas; simplemente, cualquier lengua que oyen los niños, a las pocas semanas, la hablan y la entienden. Porque nacen con la memoria fresca de ese mundo sobrenatural de las ideas que fue descrito por Platón. Ese mundo donde habita la lengua perfecta.

Hoy hace exactamente seis meses que llegué a Alemania. Casi al mismo tiempo llegaron también unos amigos cubanos, exiliados, que habían dejado atrás en La Habana a un niño de 5 años. El régimen de Fidel no dejaba salir al niño, en castigo por la fuga de sus padres; al fin, hace pocos meses, por una intercesión de García Márquez, lo dejaron reunirse con sus padres. Han pasado cuatro meses y ahora ese niño (que todavía recuerda el esperanto en que se comunican los dioses) habla un alemán rico en vocablos y sin acento; un alemán perfecto. En cambio sus padres y yo balbuceamos con pésima dicción unos cuantos sustantivos, verbos y adjetivos sueltos en la lengua de Goethe.

Durante cinco meses me esforcé de verdad. No me bastó mi querida profesora particular, Marita, y me matriculé en una escuela. Asistí todas las mañanas con mi cuaderno de rayas, sentado en el pupitre, con compañeros chinos, tailandeses, turcos… Una cura de humildad. No era el peor de la clase ni tampoco el mejor, pero progresaba despacio; lo que aprendía por la mañana se me olvidaba por la tarde. Nunca pude aprender a decir bien ni siquiera la primera vocal de un verbo cotidiano, essen (que es comer). Al envejecer nos volvemos duros de oído y ya no percibimos lo que es una vocal larga y una corta, una abierta y una cerrada.

En el avión que me traía aquí, hace seis meses, cogí un periódico alemán. Como no entendía ni un solo título, mi hijo tuvo una idea: "Guárdalo, y dentro de un año lo sacas y miras qué has aprendido". Lo saco ahora y entiendo un solo título: "Nagib Mahfus gestorben", pero "Nagib Mahfus" no es alemán y "gestorben" es el participio de un verbo casi tan importante como comer: morir. Lo demás, esas larguísimas palabras compuestas que no aparecen en ningún diccionario, soy incapaz de descifrarlo. Renuncio al alemán, melancólicamente renuncio a aprender un idioma que me encanta.

Alguna vez a Ortega y Gasset le dijeron: "Si quiere aprender a pensar, aprenda alemán". A mí también me hubiera gustado aprender a pensar en alemán. Seguramente en otros idiomas (e incluso sin idiomas) podemos pensar. Pero voy a perder muchos conceptos y maneras de decir que el alemán expresa con inmensa precisión. Me ha llegado noticia de unas pocas palabras que me encantan. Sé, por ejemplo, que ellos a la cámara lenta le dicen Zeitlupe, es decir, la lupa del tiempo, y cuando lo digo, hay una cosa que brilla en mis neuronas. Cuando un alemán se embelesa con la idea de visitar países lejanos puede decir que padece un mal que ellos expresan con una sola palabra compuesta, Fernweh (literalmente, dolor de la distancia), que es una especie de nostalgia por la lejanía.

Soy capaz de pedir una cerveza o un vino y de preguntar, si me pierdo, dónde queda la plaza de la Ópera. Y poco más, muy poco más. Felicidad por saber algo de alemán solamente la sentí una vez que, por la calle, pude entender un anuncio de publicidad. Era de una revista que jamás podré leer, Der Spiegel, y aparecía un niño de 1 ó 2 años con la cara desfigurada por el llanto, pegando un alarido. El texto decía, en un alemán que no voy a copiar porque seguramente lo escribiría mal: "¡La mejor arma de los hombres es la voz!" Ese niño llorando me recuerda las únicas palabras (que no son exactamente palabras) que los adultos todavía sabemos conjugar en la lengua del Paraíso: la risa y el llanto. Eso todavía lo entendemos en cualquier idioma, lágrimas o carcajadas. Yo renuncio al alemán porque cada vez que intento hablar en esta hermosa lengua no sé si me dan más ganas de reír o de llorar.
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