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Opinión

  • | 2000/12/18 00:00

    ¿República banana o democracia ejemplar?

    La democracia no asegura resultados justos sino que emplea procedimientos justos

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Que pidan observadores de la OEA. Que se la jueguen al póker —como, en efecto, prevé una curiosa ley del estado de Montana—. Que Saulo y Villamizar les cuadren un miti-miti. Que hagan lo de Fujimori y Montesinos. Que siga Clinton. Que los jurados aprendan a contar. Que remodelen la Casa Blanca. Que pongan un presidente extranjero. Que clonen a ambos y hagan un injerto. Que escrute el PRI. Que presenten un examen sicotécnico. Que se turnen. Que trabaje el uno y el otro reciba el sueldo. Que Putin, Fidel y Chávez les echen una manito. Y así, los chuscos de todas partes se divierten de lo lindo a costillas de los gringos.

Los que más se divierten son los gringos. Los talk-show, los grafitos, los web site, las revistas underground y las caricaturas de los times, los herald, y los post están para totearse de la risa. Y esta respuesta light le ha dado coba a tres hipótesis ídem: que a la gente no le importa quién gane, que da lo mismo Gore o Bush, o que el empate obligará a una coalición.

Pues a la gente sí le importa quién gane. Elegir la persona más poderosa del mundo por supuesto despierta intereses y pasiones formidables. Pues Bush no da lo mismo que Gore; ¿o por qué las mujeres, los obreros, los negros y los hispanos votaron por el uno, mientras los hombres, los blancos, el cuello blanco y los ricos votaron por el otro? Pues no habrá coalición: el ganador mandará como si nada, igual que en su momento hicieron Kennedy, Harrison, Hayes y Jackson —los elegidos con duda— porque allá la presidencia está para mandar.

Así que aquella actitud light en realidad demuestra algo muy poco ídem: demuestra la seriedad de la democracia norteamericana. Casi en cualquier otro país —comenzando por América Latina— un empate insoluble en las elecciones presidenciales acabaría en una de tres cosas: un golpe de Estado, una guerra civil o un “pacto de gobernabilidad” (léase repartija).

Lo de empate “insoluble” no va en broma. En una votación multitudinaria, es imposible saber el número exacto de sufragios por cada candidato. Y si por azar se reportara el número preciso, sería imposible tener certeza sobre el acierto. Los científicos llaman a esto el “error de medición” y le han dedicado muchos tomos: no se puede establecer la longitud de una onda o el cociente intelectual de una persona con absoluta exactitud. Menos aún se puede eliminar completamente el error de un conteo electoral hecho a mano o a máquina (la dichosa tarjeta perforada de Palm Beach tiene, según los experimentos, un margen de error de hasta 1/2 por ciento). De suerte que ya jamás se sabrá quién ganó en la Florida realmente.

Y como no se puede asegurar el resultado, hay que asegurar el procedimiento. Sobre este hecho tan sutil y tan sencillo se levanta el edificio formidable del Estado de Derecho. La democracia no garantiza resultados justos sino que emplea procedimientos justos. No puede estar segura de quién tuvo más votos. Pero sí está segura de cómo y quiénes deciden quién tuvo más votos. Y esta seguridad explica porqué en Estados Unidos no habrá un golpe de Estado, ni una guerra civil, ni una de esas componendas tropicales que modifican o suspenden la Constitución “en forma transitoria”.

Claro que hay ruidos en el proceso. La gente que equivocadamente votó por Buchanan y las tarjetas anuladas por doble marca: de malas, porque no hay modo de saber quién voto por error o marcó dos casillas. Los que piden repetir la elección en Florida o alguno de sus counties: tramposos, porque nadie votaría por Nader o por Buchanan y esto sería injusto con los otros estados. Las controversias de Iowa, Oregon, Wisconsin y Nuevo México: irrelevantes, porque los 25 votos que deciden son de Florida. La crítica al colegio electoral, por elitista y por obsoleto: válida (aunque menos válida de lo que parece) y fuera de lugar, porque nadie niega que es el que elige mientras no cambie la Constitución.

La discusión, entonces, se reduce a este punto: ¿que dicen la Constitución y las leyes de Florida acerca de cómo contar los votos? Bush y Gore tienen tesis opuestas y autointeresadas sobre el asunto. Pero hay unos procedimientos, unos funcionarios y unos jueces indiscutidos para aclararlo. Y en esto, nada más que en esto, radican la fuerza y el ejemplo de la primera democracia del planeta.
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