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Opinión

  • | 2000/07/17 00:00

    Réquiem por la salsa laica

    Increíble pero cierto. Los fanáticos de Richie Ray & Bobby Cruz fuimos por salsa y salimos confesados.

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Increíble pero cierto. Los fanáticos de Richie Ray & Bobby Cruz fuimos por salsa y salimos confesados. El mal llamado ‘Concierto Bestial’ no tuvo nada que sonara a ‘bestia’; por el contrario, los miles de fanáticos que asistimos el sábado al Estadio El Campín, fuimos perdonados de nuestros pecados gracias al padrenuestro entonado por uno de los más grandes de la salsa: Bobby Cruz.



La rumba había comenzado con Ismael Miranda y Pete ‘El Conde’ Rodríguez, que nos prendieron con clásicos como ‘Así se compone un son’ y ‘Catalina la O’. Henri Fiol, bailador de zapato blanco importado de Manhattan, nos deleitó con ‘>Pena me da’ y ‘Mala suerte’. Se fajó un solo de tumbadora que enloqueció al público. La noche se calentó todavía más cuando apareció el gran Cheo Feliciano, que literalmente, se ‘embolsilló’ a la concurrencia con su carisma y espontaneidad. A esa hora cantábamos ‘El ratón’ y hacíamos el coro ese que dice ‘échale semilla a la maraca pa´ que suene...’ Una pareja de bailarines llenaba de ritmo el escenario y todos esperábamos a ‘los durísimos’, a los salseros de toda la vida, a los del jala-jala y "Yo soy babalú", a los consagrados con más de 35 años de descargas alrededor del mundo.



Y llegó la hora del plato fuerte. Richie Ray & Bobby Cruz hicieron su entrada triunfal y el público los recibió como se recibe a los reyes de la salsa. Pero pasado el primer número, ocurrió el ‘milagro’. Mientras Bobby se excusaba para ponerse una máscara de oxígeno que le ayudara a manejar la altura de Bogotá, el hermano Richie convirtió El Campín en una peregrinación de improvisados feligreses. Comenzó con el testimonio de su propia vida y nos contó que era un hombre renovado, que había tocado el fondo de la droga, las mujeres y el alcohol, y así, mientras nos daban la salsa de siempre, nos fueron convirtiendo en los bailadores de Dios. El ritmo que traíamos se vino al piso. ¿De qué servía gozarse el ‘Sonido Bestial’ en medio de alabanzas y testimonios de vida? Ya no sabía si las manos levantadas suplicaban perdón o reflejaban la euforia colectiva que despertaban canciones como ‘Agázate’ o ‘Richie´s Jala-Jala’. Lo cierto es que los bogotanos quedamos desconcertados. Los practicantes se sintieron compelidos a cambiar de actitud y rápidamente dejaron los gestos de delirio por los de arrepentimiento; otros como yo, nos sentimos francamente atropellados en nuestro derecho a disfrutar de un espectáculo puramente salsero. Debo decir que independientemente de sus desmanes cristianos, Richie Ray & Bobby Cruz tocaron y cantaron con la calidad de siempre: afinados, rítmicos y maestros en lo que mejor saben hacer: salsa de verdad. Si hay algo inobjetable es que Bobby conserva esa voz potente y casi lírica que lo ha inmortalizado. En cuanto a Richie nos deleitó con sus solos de influencia clásica y su destreza técnica en el piano.



Pero yo insisto: el fanatismo, no corrió por cuenta del público sino de los artistas. Algo nunca antes visto. También me he preguntado una y otra vez si dentro del contrato firmado con los empresarios, los ‘reyes’ hicieron mención expresa de ese híbrido entre rumba salsera y plática cristiana. No me imagino una cláusula sobre ese asunto, señalando que el espectáculo constaba de dos horas dedicadas a la música y media a predicar la palabra de Dios entre un número y otro.



Lo cierto es que cuando uno paga una entrada para un concierto de salsa, nunca se imagina que su ídolo de niño lo va a confesar de sus pecados. Una cosa es el derecho a la diversión y otra muy distinta el derecho a profesar una religión. Para cada cosa hay su momento y su lugar. Y no sólo eso: cada persona decide cuando y dónde ejerce esa libertad de culto. Por eso resulta increíble lo que pasó en El campín, no solamente porque el espectáculo perdió fuerza y se coartó nuestro de derecho a la rumba laica. También nos vimos obligados a escuchar a un par de artistas que anteponen la fé cristiana a la ética profesional. El público del concierto era cien por ciento salsero, de eso sí estoy seguro. No sé qué tan cristiano, pero salsero en un cien por ciento. Por una extraña razón, mi novia y yo terminamos saliéndonos antes de que se cerrara el espectáculo. Francamente, temí porque los reyes de la salsa terminaran invitando al público a practicar sanaciones colectivas. Sería recomendable que para la próxima vez, los empresarios vendieran el concierto con un slogan del siguiente corte: "Richie Ray & Bobby Cruz: porque los pecados también se bailan".
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