Lunes, 1 de septiembre de 2014

SEMANA

| 2013/09/05 00:00

El respeto por la mujer no es una cuestión semántica

por Joaquín Robles Zabala*

Los hechos nos dicen que más de un millón de niños están hoy sin educación y que un 40% de estos son explotados sexualmente.

Decir niñas y niños, mujeres y hombres, colombianas y colombianos es para algunos defensores del lenguaje incluyente un acto de igualdad de género. En realidad la expresión no quita ni pone porque el respeto por la mujer no está propiamente en el lenguaje, sino en la cultura. Y nuestros actos, bien o mal, son un reflejo de ésta.


Si es cierto que la lengua es la máxima manifestación cultural de un pueblo, también es cierto que el lenguaje es solo un instrumento de comunicación. Y cuando comunicamos solo lo hacemos para informar, expresar una idea o un sentimiento. 


Por eso me parece una ridiculez pensar que cambiar un fonema por otro pueda entenderse como un avance en el respeto por las minorías y un paso fundamental e incluyente en el futuro del sexo femenino. Pues, sin ánimo de ofender, cuando digo ‘mujer’ hago referencia a todas las mujeres, sin importar la raza, la cultura o la religión.


El género es solo, en realidad, una categoría gramatical que no tiene nada que ver con el sexo. Los amigos son los amigos sin importar si son hombres o mujeres. Pensar que una mujer no puede ser amigo de un hombre es otra cosa. Es una idea cuadriculada y machista. Y lo que hay que cambiar, en este caso, sería la forma de pensamiento de los individuos, la estructura de los principios y no la sustitución fonética.


No sabría decir si esta problemática que nos aqueja hoy como sociedad, pero que lleva mil años inserta en la conciencia de los pueblos, sea solo una cuestión moral o una falta de inteligencia. Bertrand Russell, una de las mentes más brillantes que ha dado la filosofía moderna, nos recordaba hace más de cincuenta años “que los males del mundo se deben tanto a los defectos morales como a la falta de inteligencia”. 


Y aseguraba que como “la raza humana [propensa eternamente a los errores] no había encontrado el mecanismo para erradicar los defectos morales (…), podríamos mejorar nuestro comportamiento a través del perfeccionamiento de la inteligencia”. Y esto podía llevarlo a cabo cualquier educador competente.


Desde la perspectiva del filósofo británico, el problema no está en los límites de lo semántico, ya que el significado de nuestros actos es el reflejo de nuestra cultura. Para Russell, el problema va más allá, pues se requiere de un cambio en las estructuras de formación de los individuos que lleve a una transformación del pensamiento.


De nada vale entonces que la prensa, como lo aseguró en una oportunidad doña Florence Thomas, cambie sus titulares y en vez de decir “Mueren dos colombianos en España”, diga “Mueren una colombiana y un colombiano en España” si las mujeres, a pesar de los avances logrados, siguen siendo vista solo como animales de cabellos largos e ideas cortas [Schopenhauer]. Y para algunos cavernícolas como el Procurador General de la Nación, esta debe estar sujeta al hombre como la Iglesia debe estarlo a Dios.


En este contexto ideológico, a lo largo y ancho de la historia universal, como lo aseguró Borges, se ha puesto en duda las capacidades intelectuales de las féminas. Tanto así que en mi búsqueda de información para este artículo, me he encontrado con estas frases que enrojecerían hoy de rabia a más de una: “La mujer siempre será mujer, es decir, estulta, aunque se coloque la máscara de persona” [Eramos de Rotterdam]. O esta otra: “La mujer es un postulado que no se puede demostrar” [Unamuno]. O esta perlita de Jacinto Benavente: “No hay nada que se parezca más a un hombre tonto que una mujer que quiera parecer sabia”.


En un ensayo que escribí hace ya varios años sobre la mujer en la novelística de Germán Espinosa, afirmaba lo siguiente:


“Esta actitud misógina, más que una verdad comprobada, puede ser leída como un mecanismo de poder en el cual se reafirma la necesidad del patriarcado de mantener el orden dominante y preservarlo como si fuera el orden natural de las cosas. Para tal objetivo, no sólo se hace necesario excluir al otro y mantenerlo en una posición subordinada, sino también alejarlo del concierto social y cultural, haciendo de la mujer […] un territorio redimible únicamente en su carácter biológico y reproductor”.


Creo que para subsanar esos abismos diferenciales que gravitan como planetas en el concierto social, se hace necesario un esfuerzo que vaya más allá de lo estrictamente semántico. Decir niños y niñas en vez de niños, es solo una sustitución fonética que no le aporta nada a la realidad de los hechos. Y los hechos nos dicen que más un millón cuatrocientos mil menores de edad están hoy sin educación, haciendo en las calles trabajos de adultos, y que un 40% de estos son explotados sexualmente.


Lo mismo podríamos decir del gran porcentaje de mujeres que cada año son asesinadas en nuestro país. Solo en el 2012, según reportes oficiales, más 950 mujeres fueron víctimas de un esposo celoso que las apuñaló hasta quitarles la vida. Unas sufrieron quemaduras graves en rostros y piernas y otras soportaron acceso carnal violento sin que las autoridades hayan hecho mucho por evitar esto.


Por eso me parece estéril y poco útil un debate que tenga como propósito la reivindicación semántica de la mujer, cuando ---a pesar de los grandes avances que se han dado en Derechos Humanos--- no se le respecta y siga mirándosele  como un ser inferior. Creo que el debate debería centrarse en el perfeccionamiento de la inteligencia a través de la educación, como lo planteó Bertrand Russell. Es la única manera de llegar a tener sociedades progresistas y respetuosas. Lo demás es paja. Palabras vanas que se las lleva el viento.


*Profesor de comunicación de la Universidad Tecnológica de Bolívar.

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