Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2000/06/19 00:00

Responsabilidad individual

Ese es el collar de la muerte que, como una guirnalda de flores, nos vamos colgando los colombianos en un ritual macabro

Responsabilidad individual

No se si ese horrendo collar de muerte con que le volaron la cabeza a la señora Elvia Cortés se lo pusieron los guerrilleros extorsionistas de las Farc, como dicen los militares; o si se lo pusieron los paramilitares entrenados por los militares, como dicen los guerrilleros de las Farc. Da lo mismo, en el fondo: es el collar de muerte que, como una guirnalda de flores, nos vamos colgando los colombianos los unos a los otros en un ritual macabro. Ese collar se lo colgaron a Elvia Cortés unos colombianos, u otros colombianos; y si no, los colombianos restantes. No la Escuela de las Américas gringa que adiestró a los unos, ni la ideología marxista rusa que formó a los otros, sino los colombianos mismos, así lo neguemos todos. Hace un par de años, cuando la prensa colombiana empezó a distraerse o a distraernos hablando de las ‘sectas satánicas’ que cometían atrocidades en Barranquilla o en Armenia, en Neiva o en Pasto (o en todos esos sitios a la vez: ya no recuerdo, entre tantos espantos), se irritaba con los periódicos una señora de Bogotá:

—Sectas satánicas no —protestaba: son sectas colombianas.

Pues no hay razón —salvo la cobardía ante nosotros mismos— para echarle la culpa al pobre diablo Satanás de lo que hacemos nosotros.

Cuando digo “nosotros” quiero decir todos nosotros. Paramilitares y guerrilleros, militares y políticos, periodistas y señoras de Bogotá. Todos nosotros, uno por uno. Porque no se me antoja que esta culpa colectiva exonere individualmente a los culpables directos: a los que le pusieron el infame collar de dinamita a Elvia Cortés para decapitarla y destrozarle las manos a quien tratara de quitárselo; ni tampoco a esos directísimos culpables que son los llamados ‘indirectos’: los que han manejado el país durante siglos y sólo han sabido convertirlo en un pozo de sangre, de ignominia, de cobardía. Los que han educado a los colombianos para que fueran así. O han impedido que se educaran, para que fueran así. Los dirigentes políticos. Los dueños económicos. Los guías espirituales. Los responsables de la barbarie.

Pues la barbarie es siempre colectiva: se disfraza de eso, para que no haya responsables. Los orígenes de nuestra barbarie actual hay que buscarlos en nuestro pasado: eso mismo que ahora nos horroriza (y que sin embargo seguimos reproduciendo) fue la Violencia, fue la romántica Guerra de los Mil Días, fue la gloriosa Independencia, fue la heroica Conquista: cabezas cortadas, manos cercenadas, sexos arrancados, niños clavados y destripados en una pica, en una bayoneta, en un machete. Asesinatos, torturas, extorsiones, secuestros. Y no fui yo. Nunca fui yo, porque la barbarie es colectiva. Esta que ahora vivimos —asesinatos, torturas, extorsiones y secuestros— no tiene, como dicen los violentólogos, una lógica política; sino una lógica histórica: somos lo que nos han enseñado a ser. Lo que no nos han dejado dejar de ser, con el argumento de que somos así. Bárbaros. Y, en consecuencia, irresponsables.

Creo, sin embargo, que tal vez el mejor modo de escapar a esta criminal lógica histórica de la reproducción de la barbarie sea el de empezar a aceptar las responsabilidades individuales en los actos atroces que cometemos a diario en Colombia. Sólo cuando las culpas dejen de ser colectivas y se conviertan en lo que son de verdad, o sea, personales, podremos empezar a limpiar de horror nuestra historia. No han sido “los tiempos”, ni “los partidos”, ni “las guerrillas”, ni “los paras”, los que nos han mantenido ahogados en el horror desde siempre; y ni siquiera —aunque, por supuesto, han ayudado— han sido los Estados Unidos ni el comunismo internacional, esos entes abstractos. Sino nosotros mismos, uno por uno, sin ese esguince de cobardía que últimamente se llama “reserva de identidad por razones de seguridad”. Creo que hay que desvelar las identidades, por razones de salud pública. Y procedo a hacerlo.

La señora que mataron con un collar explosivo se llamaba Elvia Cortés. El que acusó a las Farc de haberla asesinado se llama Rosso José Serrano. El que acusó a los militares de lo mismo se llama Raúl Reyes. La señora bogotana que dice que fueron los colombianos se llama Olga Miller. Y el que dice que fuimos todos, uno por uno, soy yo (que pido sin embargo, para que no me cuelguen del cuello una lápida de muerto o una guirnalda de dinamita, que mi verdadera identidad sea guardada en reserva).

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