Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2004/08/08 00:00

Respuesta pública a otra igual

Esta carta que me mandan la hubiera podido escribir yo mismo. Y más: la he escrito varias veces, no dirigida a los paras, sino denunciándolos

Respuesta pública a otra igual

Me escriben los paramilitares una "carta abierta". La firman cuatro: Ernesto Báez (Roberto Duque Gaviria), a nombre de la ''Dirección Política'', y Javier Montañez, Julián Bolívar y Pablo Sevillano por el ''Estamento Militar''. Está fechada el 28 de junio, hace ya más de un mes, pero sólo la leo ahora porque, a pesar de escribírmela, no se les ocurrió mandármela.

No es una carta de amenazas. Por el contrario. Dando por cierto el mito de que yo vivo en un "dorado autoexilio", me invitan a que "viaje a Colombia" y pase a visitarlos a Santa Fe de Ralito, para charlar con ellos. Tampoco es sin embargo una carta que se pueda llamar amistosa, pues en ella me llaman "difamador" y "resentido", "anticolombiano" y hasta "anticaballero". Y también, lo que para ellos es lo peor de todo, ya que describen su lucha como "esencialmente antimarxista", me dicen "comunista aburguesado", "furioso radical de la extrema izquierda" y "verbo-excretor" que "expulsa esputos antiyanquis".

Pero bueno. Dejando a un lado la retórica, lo que dicen mis corresponsales es, en resumen, que "no (me) puede agradar mucho que los denominados paramilitares le escribamos para decirle unas cuantas verdades". Y les quiero responder que sí, que claro que me agrada. Y me agrada aún más porque encuentro que casi todas las cosas que me dicen son, efectivamente, verdades. Lo asombroso es que sean ellos quienes las digan. Como si no fueran ellos ni paramilitares ni narcotraficantes. Como si estuvieran señalando a otros con la punta del dedo. (Y no con la punta de la razón).

¿Qué dicen mis corresponsales de la Dirección Política y del Estamento Militar de los paramilitares? Dicen cosas que muchas veces he escrito yo mismo, aquí y en otros medios, en Colombia y por fuera. Dicen que "el narcotráfico ha penetrado en todos los resquicios de la vida de la nación". (Sostienen ellos que yo excluyo a las guerrillas de las Farc de esos "resquicios" infectados. Pero no es cierto: hace por lo menos quince años que sé, y en consecuencia digo y escribo, que también las Farc narcotrafican). Dicen que cientos de miles de colombianos son "víctimas de la violencia fratricida que se agazapa en el protervo comercio de las drogas ilícitas". (Lo de "fratricida" y lo de "ilícitas" es hoy en día inevitable. Pero lo de "protervo" -obstinado en la maldad- me desconcierta: no creí que esa palabra la conociera ya nadie en Colombia desde la muerte del último de los leopardos. ¿Y quiénes fueron los leopardos?). Dicen que ese protervo comercio "subvenciona el terrorismo y la muerte en Colombia, provoca desplazamientos, concentra la propiedad, destruye el ecosistema, arma y uniforma los ejércitos irregulares, financia los homicidios selectivos, costea las masacres y la destrucción física de los pueblos, promueve la corrupción en todos los niveles, paga la compra de dinamita, minas quiebrapatas y carros bomba, y en fin, financia todas las atrocidades de la violencia común, guerrillera, paramilitar y otras inconfesables".

Sí: todas esas cosas que dicen los paramilitares son verdades. Esa carta que me mandan la hubiera podido escribir yo mismo. Y más: la he escrito varias veces, no dirigida a ellos, sino denunciándolos a ellos, que son -con la financiación del narcotráfico- los responsables directos de los desplazamientos y de los homicidios, de la corrupción y de la destrucción de los pueblos, etcétera, etcétera. Con la colaboración -que también he denunciado- de las guerrillas de las Farc y, aunque en menor grado, del ELN. Y con la colaboración, por supuesto, de las Fuerzas Armadas del Estado, en la medida en que existen, y en donde existen. Pues estoy seguro de que mis corresponsales de la Dirección Política y del Estamento Militar de los paramilitares saben mejor que yo quiénes son sus socios y sus aliados.

De ahí mi asombro.

Salvo que se trate, claro está, de una autocrítica. O, para usar la expresión cristiana, de una confesión. Una confesión de boca, con su correspondiente contrición de corazón, propósito de la enmienda y reparación de obra. Y si de eso se trata me encantaría ir a visitar a mis corresponsales en Santa Fe de Ralito para felicitarlos por someterse a la justicia.

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