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Opinión

  • | 2015/10/31 10:35

    Uribe sin Norte

    Mientras la izquierda sale indemne de su propia derrota, el expresidente, que hasta el momento era la voz más autorizada de los críticos al proceso de paz, perdió su foco.

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En política como en los deportes, saber manejar las expectativas es incluso a veces más importante que el resultado final. Son pocos los que quieren el rótulo de favorito. El valor de las victorias se minimiza y las derrotas se maximizan. Nadie quiere ser Alemania, Brasil o Argentina cuando la suerte no los acompaña. Pregúntenle a Lionel Messi: su prestigio en la selección sería otro si las finales del Mundial y la Copa América hubieran terminado en un triunfo argentino.

A los colombianos no nos gusta ser considerados favoritos. La presión no es nuestra amiga; preferimos ser el “palo” y no asumir la responsabilidad de entrar como el ganador seguro. En política electoral, esa posición es la correcta. Reduce el costo de una derrota y le permite al vencido vender su derrota como una victoria moral. Especialmente en Colombia, donde perder es ganar un poco. La izquierda colombiana es una maestra en este juego de las expectativas. Nunca se espera nada ellos, todo suma.

Lucho Garzón recibió apenas el seis por ciento de los votos en las presidenciales de 2002, pero fue tanta la buena prensa que suscitó su desempeño electoral, que fue premiado con la alcaldía de Bogotá en octubre de 2003. En los comicios de 2006 sólo el 22 por ciento de los colombianos optaron por Carlos Gaviria, los titulares: “histórica votación de la izquierda”. Y por si fuera poco, cuando Gustavo Petro quedó de cuarto en la primera vuelta del 2010 -con 1.200.000 votos menos que Gaviria- ese resultado fue suficiente como catapulta al segundo puesto más importante del país en 2011.

Si bien Clara López fracasó en replicar el éxito de sus predecesores, su derrota logró ocultar la debacle de la izquierda a nivel nacional. En ningún departamento lograron ni siquiera el 10 por ciento de los votos, ni en gobernaciones ni en alcaldías. Ad portas de un acuerdo de paz que tanto han pregonado, es llamativa la falta de apoyo local a sus consignas.

Álvaro Uribe es una anomalía en la política colombiana. No sólo siempre espera ganar sino que lo manifiesta abiertamente. Y cuando su nombre está en el tarjetón, arrasa. No ocurre lo mismo cuando está interpuesta otra persona en su nombre. Con la excepción de 2010, donde triunfó Juan Manuel Santos, su designado heredero, su apoyo no es sinónimo de victoria.

Hay consenso en que a Uribe no le fue bien en las pasadas elecciones del 25 de octubre. Perdió Medellín, donde las encuestas daban como seguro alcalde a Juan Carlos Vélez. Igual en la gobernación de Antioquia. En fin, no cumplió las altas expectativas. Es curioso que el Centro Democrático triplique en votos al Polo, que lleva varios años en campaña, en su primera prueba electoral, y el discurso del primero se debilite y el del segundo salga indemne.

Me refiero, en particular, al debate sobre la paz. Un tema que no fue predominante en la lucha política local y donde sí fue –Caquetá- los votantes se inclinaron por el uribismo. Percibo que la voz de Uribe ya no tiene el mismo peso que antes. Que perdió más que unas alcaldías y gobernaciones. Que su credibilidad como opositor de las negociaciones en La Habana quedó minada. Parecería que él sintiera el golpe. Su propuesta de una Asamblea Constituyente para discutir y ratificar los acuerdos de La Habana es una señal de desespero, y no de cordura. Un riesgo innecesario al estado de derecho, que el gobierno, afortunadamente, así lo ha entendido y por eso se ha opuesto a las pretensiones de las FARC.

En esta fase final de las negociaciones, Colombia necesita una oposición firme. Que mantenga la presión sobre los negociadores gubernamentales. Contrario a lo que muchos piensan, los fortalece en la mesa. Un Uribe disminuido, lanzando globos peligrosos en el aire, no le conviene al país.

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