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Opinión

  • | 2014/12/08 00:00

    Resurge el narcotráfico

    Es tanto su impacto en la psiquis de los colombianos, que genera en algunos sectores más repudio la posibilidad de perdonar a las FARC su pasado narco que condonarles sus crímenes de lesa humanidad.

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Vuelve y juega.  El narcotráfico, esa plaga que irrumpió en el país a finales de los años 60; que se estableció como el principal negocio de exportación en los 70; que transformado en carteles asesinó, aterrorizó y corrompió a miles de colombianos en los 80 y 90, y que en la primera década de siglo XXI por fin frenó su crecimiento vertiginoso y entró en franca retirada del país en busca de mejores lugares para operar, está nuevamente sobre el tapete.

El narcotráfico regresa ya no como el factor desestabilizador que amenazó en convertir a Colombia en una nación fallida, sino más bien como los fantasmas del pasado, presente y futuro del clásico Un Cuento de Navidad de Charles Dickens. Como el viejo avaro Ebenezer Scrooge de esa historia navideña, el país tiene muchas cuentas pendientes por haber permitido el surgimiento y consolidación de semejante monstruo. Es una realidad que muchos preferirían obviar o culpar exclusivamente a otros (ej. Estados Unidos). Fue tanta la sangre, tantas las vidas promisorias acribilladas o explotadas en mil pedazos, que nadie quiere asumir su responsabilidad de semejante barbarie.

Si bien hoy la industria ilegal de las drogas en Colombia es una sombra de lo que fuera antes – la mayoría de los narcos han encontrado mejor clima de negocios en otros lares-,  un grupo en particular aún se nutre de esos ingresos para aceitar su maquinaria de guerra: las Farc. Y es precisamente ese hecho irrefutable, lo que le puso un nuevo ingrediente de incertidumbre a las negociaciones en La Habana.

Como suele ocurrir en Colombia, este debate trascendental nació de una frase suelta en una entrevista radial por la mañana. Preguntado por RCN sobre los retos del proceso de paz,  el presidente Juan Manuel Santos hizo énfasis en que con las Farc podría ser necesario ampliar el alcance del delito político y agregarle conexidad a conductas como el narcotráfico. No es un tema nuevo. Desde los tiempos de los carteles de Medellín y Cali, los delincuentes han buscado lavar sus culpas mediante la legitimación política de su accionar criminal. Igual lo hicieron los narcotraficantes en Ralito, durante las conversaciones con los paramilitares, donde se llegó al descaro de comprar bloques de hombres armados como si fueran unas franquicias. Todo con el fin de ser cobijados por el delito de rebelión y el tradicional tratamiento indulgente  con que se ha castigado a personas que alegan levantarse en armas contra Estado.

Es tanto el impacto del narcotráfico en el psiquis de los colombianos que genera en algunos sectores  más repudio la posibilidad de perdonar a las Farc su pasado narco que condonarle sus crímenes de lesa humanidad. Incluso la guerrilla parece sufrir del mismo trastorno: no aceptan ser tildados de narcotraficantes. Han reconocido sin tapujos secuestros (aunque los llamen retenciones),  reclutamiento de menores (aunque dicen que fue voluntario) y el ataque con cilindros a poblaciones. ¿Será que el secretariado de las Farc ignore que la primera condena de la Corte Penal Internacional fue en contra del líder rebelde congoleño Thomas Lubanga por el uso niños combatientes?

Tanta renuencia por vincular al narcotráfico al delito político, que se reflejó en las reacciones al comentario del Presidente, tiene más que ver con el futuro que el presente. Se teme, con algo de razón, que traspasar esa línea roja podría tener consecuencias nefastas para el país y abrirle el camino a la impunidad a las bacrim y las organizaciones criminales que surjan en los próximos años. Ese es el escenario del fantasma del futuro que nos debe atormentar.
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