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Opinión

  • | 2017/12/19 07:27

    Retrato de un país enfermo

    Echo toda esta carreta, simplemente para ilustrar lo difícil que resulta para cualquier colombiano involucrarse, estar pendiente y empaparse de las problemáticas del país, con semejante bombardeo de mierda que nos cae encima cada que nos suena el despertador. En esta tierra, todos los días hay un nuevo escándalo, un nuevo capturado, un nuevo ladrón, un nuevo muerto…

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Faltando ya pocos días para que se acabe 2017, se puede decir que este ha sido tal vez, el año más turbulento de los últimos tiempos. El escándalo de Odebrecht llegó a nuestras vidas para mostrarnos de manera aún más contundente lo podridos que nos tiene la corrupción. Por cuenta de ese cáncer que nos aqueja capturaron al exviceministro Gabriel García, al exsenador Otto Bula, al ex fiscal anticorrupción Gustavo Moreno, al gobernador de La Guajira, a Ñoño Elías, al magistrado Francisco Ricaurte, y a otros que se me pasan. Fuimos además, testigos de la entrada de millones de dólares a las dos campañas presidenciales pero con eso, como era de esperarse, no pasó nada.

Este año que termina no solo estuvo marcado por un notorio destape del entramado de corrupción. También recibimos la visita del papa Francisco, nos enamoramos de él y lo oímos con atención, para luego olvidarnos, en cuestión de horas, de absolutamente todo lo que dijo. Los amigos de la paz, alcanzamos a ilusionarnos mientras veíamos a la organización guerrillera más antigua del mundo entregando sus armas al Estado para cambiar las botas por los votos. Sin embargo, ese grupo de idealistas, entre los que me anoto, subestimó el poder inmensurable de la derecha y de su máximo líder, que valiéndose hábilmente de la insaciable sed burocrática de los políticos, logró trasladar el proyecto de una Colombia en paz, a la unidad de cuidados intensivos.

Los últimos 12 meses vieron la llegada de un nuevo vicepresidente; la clasificación al Mundial de Rusia, el nacimiento del partido de las Farc, el comienzo de la fase pública de los diálogos con el ELN, el paro de los pilotos, el paro de los maestros, el atentado al Centro Andino, el incremento de la coca, las listas al Congreso que huelen a podrido, el robo de la comida de los niños, el asesinato de cientos de líderes sociales, y por supuesto, el ungimiento de un puñado de candidatos presidenciales con opción de suceder a Santos en la silla de Bolivar.

Echo toda esta carreta, simplemente para ilustrar lo difícil que resulta para cualquier colombiano involucrarse, estar pendiente y empaparse de las problemáticas del país, con semejante bombardeo de mierda que nos cae encima cada que nos suena el despertador. En esta tierra, todos los días hay un nuevo escándalo, un nuevo capturado, un nuevo ladrón, un nuevo muerto…

Es tal vez por eso, por estar acostumbrados a vivir en medio de la tragedia, que los colombianos hemos perdido la capacidad de sentir, de ayudar, de mirar al otro, de protestar, y de tomarnos en serio la labor de cambiar este país.

Si bien los humanos tenemos una tendencia natural a ignorar aquellos problemas a los que resulta doloroso, por no decir imposible, ponerles el pecho, es necesario decir que existe entre nosotros un desastre que no podemos seguir ignorando. Si no somos capaces de volver este tema nuestra absoluta prioridad, importará un culo la paz, la JEP, la economía, la salud, la infraestructura y todos esos aspectos que los asesores de los candidatos consideran "sexys".

Me refiero, por supuesto, a la violencia sexual. Y no voy a hablar, como lo haría Álvaro Uribe, de "los violadores de la far". En este país los violadores somos todos. Son los guerrilleros, los paramilitares, el Ejército, la Policía, los papás, los padrastros, los hermanos, los tíos, los primos, los conocidos, ¡TODOS!. Esto es un problema serio, profundo, fuerte, doloroso y asqueroso. Pero no podemos dejarlo engavetado por miedo a enfrentarlo. Ya estuvo bien de cobardía.

Aun cuando existen todo tipo de cifras que muestran lo enfermos que estamos, como sociedad hemos sido absolutamente incapaces de hacer algo al respecto. Según la encuesta de prevalencia de violencia sexual contra las mujeres en el contexto del conflicto armado, entre 2010 y 2015, un total de 875.437 mujeres declararon haber sido víctimas de violencia sexual en el país. Eso queridos lectores, equivale a 16 mujeres por hora. Los datos muestran que 43 niñas son víctimas de violencia sexual cada día; es decir, cada 33,5 minutos hay una nueva víctima. Adicionalmente, el 11,6 por ciento, entre los 13 y los 14 años, han sido tocadas o manoseadas sin su consentimiento. Como si fuera poco, la inmensa mayoría de esas agresiones son perpetradas por miembros de la familia de la víctima.

Así las cosas, tenemos dos opciones: o enfrentamos esto entre todos por más duro que nos parezca y le buscamos una solución, o seguimos haciéndonos los pendejos mientras vemos que las cifras crecen todos los días.

Y es que pónganse a pensar. ¿de qué sirve un aumento de sueldo, un carro nuevo, unas calles sin huecos, unas buenas carreteras, un presidente que les guste, una casita propia o una guerrilla desarmada?, ¿para qué todo eso? Si mientras yo escribí esta columna, en mi país violaron a 5 niñas y abusaron de 50 mujeres. ¿para qué aspirar a un mejor trabajo, si durante una sola jornada laboral de 8 horas en Colombia abusan de 128 mujeres y violan a 15 niñas? Eso no es más que el retrato de una sociedad enferma.

Para lograr que esto cambie, es necesario que los violadores y abusadores de niñas y mujeres, sientan que se les viene encima todo el peso de la ley, sin distinciones de ningún tipo. Violar a una criatura indefensa no es ningún delito político, ni una muestra de inestabilidad emocional. Eso tiene una definición mucho más sencilla: es ser un hijo de puta.

Entonces, tenemos que aprender a dejar de lado la política, las diferencias, a estar menos pendientes de Roy Barreras y de Benedetti, y preocuparnos por lo que realmente importa: los niños. Y así, hacer todo lo que esté en manos de cada uno para que los violadores, sean de las Farc, de los paras, de la casa de al lado, o de la propia familia, sean denunciados, se pudran en la cárcel y no vuelvan a ver la luz del día. Mientras no logremos eso, el resto importa poco…

En Twitter: @federicogomezla

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