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Opinión

  • | 2015/03/28 13:00

    Confianza

    ¿Cuándo se pierde la confianza en las instituciones? Cuando el ciudadano percibe que la actuación de sus gobernantes, legisladores y jueces no guarda coherencia.

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Hay quienes predican que la fuerza que mueve al mundo es el amor. Otros, menos románticos o más realistas según se vea, defienden convencidos la idea de que es el dinero a través del comercio y los negocios. Y están quienes le apuestan a la fe. Yo creo que es la confianza.

Todos los días, conscientes o no, ponemos nuestra vida y bienestar en manos de alguien a quien no conocemos. Nos subimos a un taxi o un bus porque confiamos en que la experiencia del conductor nos llevará sanos y salvos a nuestro destino. Cuando vamos a un médico confiamos en que sabrá diagnosticar nuestra dolencia y recetar la medicina más adecuada para aliviarla.

Confiamos en el mecánico del carro, en el señor de la tienda, en el dueño del banco, en los maestros de nuestros hijos, en el policía de turno. Confiamos en el ingeniero que construyó nuestra casa, el edificio en donde trabajamos o el puente que cruzamos. En el piloto del avión en que viajamos.

Confiamos (o deberíamos confiar) en el gobernante, el legislador y el juez.

Pero cuando esa confianza se rompe nos invaden la inseguridad, la ansiedad, el desasosiego y el miedo. Y es entonces cuando empezamos a buscar soluciones por cuenta propia.

Si no podemos confiar en el transporte público compramos una motocicleta o un carro. Las calles se congestionan, aparecen los trancones, la contaminación y crece la accidentalidad.

Si perdemos la confianza en el banquero, ponemos nuestros ahorros debajo del colchón o caemos en la tentación de pirámides tipo DMG o InterBolsa.
 
Si perdemos la confianza en el médico, buscamos al farmaceuta de la esquina.

Si perdemos la confianza en la policía y el ejército convertimos nuestras casas, edificios y conjuntos residenciales en fortalezas que parecen cárceles. Nuestros barrios, pueblos y ciudades se llenan de vigilantes y los campos de ejércitos privados.

Si perdemos la confianza en el gobierno, el congreso y la justicia buscamos un caudillo.

Si perdemos la confianza en la democracia podemos ceder en la tentación de la dictadura. Ahí están Chile, Egipto y Venezuela como ejemplo.

¿Cuándo se pierde la confianza y la credibilidad en las instituciones? Cuando el ciudadano, que es la base de eso que llamamos institucionalidad, percibe que la actuación de sus gobernantes, legisladores y jueces no guarda coherencia. Cuando siente que lo dejaron de escuchar y empiezan a decidir y actuar de acuerdo con sus intereses particulares. Ahí, justo ahí, es cuando se debilita la confianza de la sociedad y se encienden las alarmas.

La última encuesta de Cifras & Conceptos para Caracol Radio y Red +, por ejemplo, muestra que apenas el 20% de los colombianos confía en el congreso y la justicia. Es decir, el 80% de la población desconfía de dos de los tres poderes públicos. El otro cayó 5 puntos en apenas tres meses. Colombia es, después del Líbano, el segundo país del mundo que más desconfía de sus instituciones, según el estudio de comportamientos globales del Pew Research Centre.

No creo que a nuestros gobernantes, legisladores y jueces les interesen las encuestas para algo distinto a medir sus índices de popularidad porque a juzgar por como actúan, la pérdida de credibilidad y confianza del pueblo en las instituciones que representan no parece preocuparles. Y deberían.

Manuel Castells, en su libro “Redes de Indignación y Esperanza”, explica que cuando los pueblos pierden la confianza primero los invade la ansiedad, la ansiedad los lleva al miedo y el miedo a la ira. “En concreto – dice- si muchos individuos se sienten humillados, explotados, ignorados o mal representados, estarán dispuestos a transformar su ira en acción cuando superen el miedo.”  Refiriéndose a “La Primavera Árabe.”

¿En qué etapa estamos en Colombia? Yo diría que entre la ansiedad y el miedo. Es decir, que gobernantes, legisladores y jueces aún están a tiempo para evitar que nos invada la ira y que ella nos lleve a arrebatarles el poder.

Y es sencillo. Basta con que los ciudadanos sintamos, sin atisbo de duda, que lo que piensan es lo que dicen y lo que dicen es lo que hacen.

@RicardoGalanO    
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