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Opinión

  • | 2010/11/29 00:00

    Riesgos de viajar en aerolínea estatal colombiana

    Comencé a ser testigo de una serie de conversaciones que me confirmaron mi percepción sobre lo ineficiente que es esta empresa aérea estatal.

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El miércoles 24 de noviembre debía cumplir un compromiso profesional en Bucaramanga, pero dadas las condiciones del invierno, los organizadores del evento al que había sido invitado dispusieron que viajara un día antes, para evitar retrasos. Fue así como me consiguieron un vuelo desde el aeropuerto Olaya Herrera al Palo Negro en una aerolínea estatal colombiana. En ese viaje constaté los riesgos de viajar en esta empresa y cómo las decisiones que se toman afectan tanto a pasajeros como a la misma compañía.

La hora de salida la tenía para la 1 y 45 de la tarde. Llegué una hora antes, me registré y pasé a la sala de espera. He viajado varias veces este año por esta aerolínea estatal colombiana y en algunos de los vuelos el incumplimiento del horario, tanto de salidas como de llegadas, además de la incomunicación de los funcionarios de tierra en los aeropuertos con los pasajeros, fue la constante. Esperaba que en esta ocasión no pasara lo mismo.

Pero pasó. Miré el reloj y marcaba la 1 y 45. Me paré, le pregunté a una funcionaria qué pasaba con el vuelo y me dijo que tendría un retraso de media hora porque se había presentado una demora por cambio de tripulación en la ciudad de donde venía el avión. La aeronave llegó a eso de las 2 y 30. Y de inmediato nos invitaron a abordar. Cuando llegué a la escalerilla del avión apenas estaban acabando de barrer su interior.

En el momento del abordaje caía una leve llovizna sobre la ciudad y en el norte, hacia donde se decola en el Olaya Herrera, se estaban acumulando espesas nubes negras que presagiaban un fuerte aguacero. Una vez se inició el carreteo hacia la cabecera de la pista, el piloto informó que no podía despegar. De la torre de control le dieron la orden de regresar a plataforma porque se habían suspendido las operaciones por mal tiempo. Aún no eran las 3 de la tarde.

Una vez en plataforma, la lluvia se había convertido en un torrencial aguacero y la visibilidad en la pista era de pocos metros. Una suerte estar en tierra en ese momento. Como la tormenta era fuerte, no pudimos desembarcar y pasar a la sala de espera. Para evitar el sofoco dentro del avión, el comandante ordenó abrir la puerta.

Los pilotos salieron de la cabina y se sentaron en los primeros puestos del avión, esperando instrucciones de la torre de control. Estando en esas sonó el celular de uno de ellos y a partir de allí comencé a ser testigo de una serie de conversaciones que me confirmaron mi percepción sobre lo ineficiente que es esta empresa área estatal.

Resulta que el copiloto recibió una llamada a su celular y le indicaron que una vez en Bucaramanga, debía volar a Saravena, Arauca. Este tipo de reprogramaciones deben ser cotidianas en la vida de los pilotos y los operadores, pero lo que me llamó la atención fue la respuesta del oficial: no podemos viajar a ese destino porque tenemos una sobrecarga de combustible de 1.000 libras. El dato me alarmó y decidí entonces ponerle cuidado a la conversación para ver cómo resolvían el asunto.

Resulta que la aeronave, de fabricación alemana, se debió cargar con 3.800 libras de combustible, pero por un error en la comunicación entre los operadores de Medellín y Bucaramanga, la cargaron con 4.800 libras. Eso quiere decir que tenía una sobrecarga de media tonelada de combustible, lo que le impedía aterrizar de manera segura en aeropuertos de pista corta, como la de la ciudad araucana.

Al colgar, llamó de inmediato a una funcionaria y le explicó la situación de sobrepeso. La respuesta que recibió fue una nueva constatación del desinterés de algunos técnicos en los pasajeros. La solución que le ofreció fue “quemar” los 1.000 litros de combustible entre Medellín y Bucaramanga, eso significaba, según cálculos del copiloto, por lo menos una hora más de vuelo, es decir, que nos demoraríamos poco más de horas en un tramo que se cubre en 50 minutos.

La propuesta me pareció alarmante si se tiene en cuenta que esta aerolínea estatal afronta un déficit de 98.000 millones de pesos y es considerada inviable económicamente por el propio ministro de la Defensa, Rodrigo Rivera, si no cambia su naturaleza jurídica.

El copiloto habló con el comandante de la aeronave y lo puso al tanto de todo. Este último hizo una llamada a un coronel que parecía ser su jefe inmediato, y le describió lo que pasaba, tanto con el cierre del Olaya Herrera como con la propuesta de viajar a Saravena con sobrecarga de combustible. La solución que le dio este oficial fue también en contravía de los pasajeros: descargar los 1.000 litros. Pero esa opción no era viable porque se requería un vehículo especial y en el Olaya Herrera no lo tenían. Además, la descarga sería muy lenta.

La presión de cubrir la ruta era tanta, que ambos pilotos se sentaron a hacer cuentas de los pesos requeridos para cumplir con la ruta a Saravena. Llamaron a Bucaramanga y preguntaron cuántos pasajeros tenían registrados para viajar a Saravena y les contestaron que 22. El peso de ellos, más la sobrecarga de combustible, no garantizaba seguridad.

La tormenta no cedía y nosotros permanecíamos en la aeronave, viendo llover y escuchando la conversación de la tripulación, que seguía en los primeros puestos del avión haciendo cuentas. En la ruta Medellín-Bucaramanga se gastaban 1.000 libras; entre Bucaramanga y Saravena, 700 libras. Según cálculos, solo podrían llevar 10 pasajeros. Y había otro problema: de Saravena a Bucaramanga debían transportar 30 pasajeros. Hasta ese momento los números no cuadraban y la respuesta era la misma: no se podía cubrir esa ruta.

A eso de las 4 de la tarde, las condiciones meteorológicas cambiaron, abrieron el Olaya Herrera y reanudamos el vuelo a Bucaramanga. Me intranquilizaba la idea de viajar en una aeronave sobrecargada con combustible. Mientras pensaba en ello, observé que los pilotos, desde la cabina, le solicitaron a la azafata varios manuales que iban en los portaequipajes arriba de las sillas delanteras.

Llegamos al aeropuerto Palo Negro a las 4 y 55 minutos. Mientras descendíamos del avión, ya se había hecho una fila larga, de más de diez pasajeros, que iban a viajar en esa aeronave. Al preguntarles para dónde iban, me respondieron, contentos, ¡para Saravena!
 
*Periodista y docente universitario.
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