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Opinión

  • | 2017/08/22 06:51

    Bajándonos de la bici

    Al flagelo de hurto armado y violento de bicicletas se suma la precaria infraestructura vial. Muchas personas, en vez de subirse al tren de la bici se están bajando. Aumenta el miedo y la incertidumbre. Las acciones efectivas de las autoridades aún no se ven.

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Bogotá quiere ser la ciudad de la bici, y un hecho es cierto, el número de trayectos en este medio ha aumentado significativamente en los últimos años. Se estima que en Bogotá se hacen 635.000 viajes al día.

Enero de 2015, circulaba en redes un video que se hizo viral. Un biciusuario en medio de una desolada ciclorruta esquivaba a un ladrón de bicicletas que se avalanzaba sobre él para arrebatarle su bicicleta a cuchillo limpio. La situación no ha cambiado mucho desde entonces. Los colectivos de biciusuarios afirman que en Bogotá se roban cinco bicicletas al día, la Policía asegura que son tres cada 24 horas. Un número importante de esos robos se llevan a cabo con violencia, literalmente bajan a los ciudadanos de la bici con cuchillo. Las cifras son difíciles de consolidar pues la gente no denuncia por el engorroso e inútil proceso de entablar una denuncia.

Basta con recorrer las redes sociales para leer los registros de colectivos, biciusuarios y gomosos de las dos ruedas para darse cuenta que el tema es delicado, está en aumento y las autoridades poco o nada hacen para brindar seguridad a quienes por otro lado, se les estimula para que se bajen del carro o del bus, y se monten en la cicla.

Se leen a diario avisos de gente reportando el robo de su bici, como quien publica un obituario. Otros registros más violentos reseñan con imágenes el momento en que es capturado un ladrón y ajusticiado por los ciudadanos mientras hace presencia la autoridad, que al rato lo suelta, por falta de pruebas y ausencia de denuncias.

Montar en bicicleta en Bogotá es para machos. Más allá de lo ‘lindo‘ que resulta montar en bici, no hay verdaderos estímulos para su uso. Nos hemos convertido en héroes urbanos, no por el gesto ambiental y de impacto a la movilidad, sino por lo difícil que resulta hacerlo.

Los problemas van más allá del hurto calificado y del miedo que pueda sentir un héroe urbano al salir a la calle, veamos algunos.

El Bicigamín: Siempre son unos pocos los que opacan la conducta de la mayoría, pero puede afirmarse que en Bogotá abundan y crecen en número. Los bicigamines son personajes nefastos que ruedan a sus anchas, como les da la gana, sin respetar semáforos ni cruces, fumándose su baretico sin problema, sin casco y trepándose a los andenes, cuando no hacen cosas peores.

El todo vale: Motivados o excusados por la inseguridad, son aquellos que no transitan por las ciclorrutas en operación y debidamente demarcadas, pues consideran que son precisamente los lugares preferidos por los ladrones para bajarlos de la bici. Andan a grandes velocidades, entre los carros y sin respetar ninguna norma de tránsito.

El motorizado: Tristemente en auge, por la gran oferta de motores adaptados a cualquier tipo de bicicleta, que lo único que las diferencia con una moto, además de ser más inseguras, es el hecho de no tener que tener placa, Soat y matrícula. Deambulan por todos lados, incluso andenes, invaden las ciclorrutas, donde por ley no son bienvenidos.

El suicida: Son aquellos que se juran todopoderosos, o los más bacanes, por andar en bicicletas que carecen de un elemental accesorio: los frenos.

Se suma a esta lista la precaria infraestructura vial de los corredores exclusivos para bicicletas. Muchos de ellos concebidos con la idea de poder compartir el andén con los peatones, otras simples adaptaciones provisionales de carriles para cumplir metas y estadísticas. Salvo el corredor de la carrera 11 y el de la 116 hasta la carrera 50 en construcción, no existen corredores largos, ininterrumpidos y seguros que cumplan con los más mínimos estándares internacionales. Se necesita mejorar la calidad del pavimento, la infraestructura de servicios y la seguridad, incluyendo la vial.

¿Y entre tanto, en qué va la licitación de las bicicletas urbanas que acerquen a los ciudadanos a las estaciones de TransMilenio? El modelo está probado, solo funciona si una gran institución financiera las patrocina con pauta, y si se siguen de manera estricta los lineamientos basados en la experiencia de otras ciudades. Ojalá no nos dé por volvernos creativos y hacerle modificaciones al sistema, que terminen en convertirlo en inaplicable u obsoleto en pocos meses.

Dejaré para otra columna el acto épico y heroico en que se ha convertido subir a Patios, tanto para ciclistas como para los vehículos.

Pedalear en Bogotá es un acto heróico.

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