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Opinión

  • | 2016/08/24 13:18

    ¿Nacemos, o nos volvemos?

    Hay casos en los cuales la genética no coincide con la orientación sexual, ya que existen factores que pueden impedir que los genes se expresen plenamente.

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La cartilla ‘Ambientes escolares libres de discriminación. Orientaciones sexuales e identidades de género‘, que el Ministerio de Educación elaboró junto al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud) y la Unicef, propone "deconstruir la idea de que existen solo dos sexos" para que "se empiece a entender que no se nace siendo hombre o mujer, sino que se aprende a serlo, de acuerdo con la sociedad y la época". Esto ha generado manifestaciones de inusitada pasión y agresividad. Pero hay precisiones biológicas que podrían ayudar a enriquecer y mantener el debate a la altura que merece.

Antes que todo hay que despersonalizar el debate, pues no se trata de discutir sobre la identidad sexual de la ministra, Gina Parody. Se trata, más bien, de las políticas que debe adoptar el Ministerio para asegurar que no exista discriminación de ninguna naturaleza en el sistema escolar.

Es preciso aclarar que la determinación genética es diferente a la inclinación o la preferencia sexual. Cuando llamamos a alguien homo, hetero, bi, transgénero o transexual (LGBTI), nos referimos a su inclinación y comportamiento sexual. No a su estructura genética.

Es difícil conocer la prevalencia de cada categoría de LGBTI. Encuestas bien elaboradas distinguen entre la orientación y el comportamiento homosexual. Una hecha en 2012 en Inglaterra encontró que 94,7 % de los hombres y 94,4 % de las mujeres eran heterosexuales. Los demás (5,3 y 5,6 % respectivamente) estaban en la categoría de LGBTI.

También es útil conocer la prevalencia de las personas transgénero, dadas las recomendaciones de la Corte Suprema de Justicia de construir facilidades especiales para ellos. Según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-IV) de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, una persona transgénero es aquella que siente una profunda y persistente inconformidad con su sexo biológico y se reserva el de término de trans-sexual para aquellas que intentan hacer algo para corregirlo. Su prevalencia es difícil de estimar, pero para Estados Unidos se calcula que es de 1 por 30 o 1 por 100.000 en hombres y mujeres respectivamente.

El sexo del humano, al igual que el de la mayoría de los mamíferos, se determina en el momento de la concepción, y en la especie humana identificarlo es relativamente sencillo: basta tener ovarios y vagina y los dos cromosomas XX para ser mujer; o tener pene y testículos y los cromosomas XY para ser hombre.

En condiciones normales el torrente hormonal, que comienza muy temprano en la vida fetal y se hace intenso en la adolescencia, determina el desarrollo de las estructuras biológicas y sicológicas propias de cada sexo. En el niño, por ejemplo, la testosterona determina algunos comportamientos considerados masculinos como la agresividad. En algunos casos raros, algunas niñas, genéticamente provistas de cromosomas XX, pero expuestas a la testosterona en el útero se ‘masculinizan’. Esto quiere decir que muestran una predilección por los juegos bruscos y los juguetes ‘objeto’, como los carritos, en vez de los juguetes ‘sociales’, como las muñecas.

En casos todavía más raros hay niños que heredan un cromosoma X adicional. O sea, que son XXY y tienen bajos niveles de testosterona, y entre los cuales se ha encontrado una prevalencia mayor de homosexualidad. Hasta el momento, sin embargo, no se ha identificado ningún factor genético que explique de manera convincente la homosexualidad masculina o femenina.

Algunas personas piensan que el ser humano, así como nace con ojos verdes, nace inteligente o nace homosexual. Pero en el caso de la inteligencia, por ejemplo, se calcula que, si bien una proporción alta en el adulto se explica por la herencia, la otra parte se debe a la interacción con el ambiente. Algo similar ocurre con la orientación sexual: está influida por el entorno.

Hay casos, pues, en los cuales la genética no coincide con la orientación sexual, ya que existen factores hormonales, culturales o ambientales (el trauma o la violencia infantil) que pueden impedir que los genes se expresen plenamente. Pero, como producto de la evolución, desde el punto de vista genético la gran mayoría de los humanos nace hombre o mujer y tiene la orientación sexual correspondiente. Esto es afortunado pues así se asegura la supervivencia de la especie.

* MD. Dr. P.H., exalcalde de Cali

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