Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2016/03/14 11:14

Los Stones y el color de la raíz

Lo que los Rolling Stones transmiten es la evidencia de que no es en el cuerpo, sino en el espíritu, donde se aposenta la juventud.

Ana María Ruiz P.

No sé en qué momento de la humanidad la juventud dejó de ser una parte del proceso vital para convertirse en meta. En los pueblos antiguos quien portaba los años era el más sabio, el ejemplo a seguir, el buen hacedor de oficios y consejos. Hoy la gente busca aplausos por “no revelar” la edad que tiene.

Este no es tema exclusivo de las mujeres, pero sí es mayoritariamente las involucra a ellas. Desde buscar trabajo hasta asistir a una fiesta, en las ciudades y lastimosamente también cada vez más las del campo, las mujeres padecen el síndrome del “terror a las raíces”, que nada tiene que ver con los ancestros. Vanitas vanitatis, es el resultado natural del crecimiento del pelo cuando se le ha tinturado y él, terco, insiste en seguir creciendo blanco.

Las marcas de tintura han colonizado a la especie humana en una invasión masiva y, hasta el momento, irreversible. Quién soy yo para andar criticando la manera como cada quien resuelve sus relaciones consigo mismo, ni a quién quiere encontrar una persona cuando se mira al espejo en la mañana. Pero me produce desazón ese triste afán de los humanos por parecer más jóvenes, esa vergüenza para admitir cuánto se ha vivido. Hay que ver el trabajo que cuesta convencer al peluquero de que no tape las canas, lo difícil que es mantenerse por fuera del molde de esconder la edad. He luchado por no ser esclava del trabajo, de las obligaciones ni los oficios, mucho menos me voy a convertir voluntariamente en esclava de un tinte. Una cosa es cambiarse el colorido por diversión, y otra tener que hacerlo por obligación.

La edad no está en el cuerpo sino en el alma, suena a frase de cajón o de tarjeta Timoteo, pero es real como la vida misma. Los Rolling Stones en concierto son una confirmación de que la tan cacareada juventud cae vencida ante la supremacía de 4 monstruos que llevan más de medio siglo haciendo juntos lo que les gusta, llenar de placer al mundo con su música.

Fui una de las 45mil almas adoradoras de sus majestades los Rolling Stones en el Campín. Nos deleitaron y de qué manera. Cuánto siento que más personas no hayan podido ver y escuchar aquello; no hubo transmisión por televisión (¿dónde está Canal Capital?) y solo unos privilegiados, en su mayoría cercanos o mayores a los 50 años, pudimos ver a la banda de rock más longeva de la historia, con un promedio de edad de 72 años, tocar a 2600 metros de altura durante 2 horas y 10 minutos. Un verdadero privilegio.

Cuando yo nací, 50 años atrás, los Rolling Stones ya habían sacado ¡seis discos!. En el record de mis amores musicales, solo Serrat se les compara en acompañamiento permanente a lo largo de mi vida. La diferencia es que los Rolling Stones son cuatro y Joan Manuel uno. Sus majestades satánicas llevan 54 años sincronizándose, reconociéndose, interpretándose entre sí, creando la maestría que los hace indestronables.

Lo que los Rolling Stones transmiten es la evidencia de que no es en el cuerpo, sino en el espíritu, donde se aposenta la juventud. Charlie Watts superó un cáncer, según dicen, porque no concebía cómo la banda iba a continuar sin él en la batería. Mick Jagger salta como un niño en el escenario y levanta las almas con el poder avasallador de su voz y su figura. Las cuerdas de Keith Richards y Ron Wood dialogan todo el tiempo, se acoplan, se potencian en un exorcismo musical. En ellos las arrugas son la señal de su paso por la vida, no hay ninguna pose para simular lo que no son, y aunque una amiga me decía que quisiera saber cuál es la marca del tinte de pelo que usa Mick, lo suyo parece más un divertimento que una impostura. La aureola del supremo, sentí al ver la balaca negra recogiendo la melena blanca de Richards mientras acaricia con prodigio la guitarra.

Lejos de venerar la juventud como una meta, estos tipos nos muestran la grandeza del oficio con los años. Lograron con talento, perseverancia, dedicación y disciplina, trascender las chapas de degenerados y díscolos que les colgó la pacatería, y 54 años más tarde siguen despertando el mismo paroxismo.

Después de verlos, me ratifico en la negativa de intentar parecer menor de lo que soy. No voy a ser como mi abuela, que murió a los 95 con el pelo negro. Porque en la medida en que yo pretenda quitarme años, esos son años que le quito de reconocimiento a los Stones. Y a Serrat. En honor a ellos le doy la bienvenida a mis canas.

PD/ A la cita solo faltó Angie.

@anaruizpe

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