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Opinión

  • | 2012/06/02 00:00

    Romeo y la guerra

    El reportero francés engrosó así una larga lista de periodistas criminalizados por Uribe por haberse atrevido a cuestionarlo.

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Romeo Langlois no es un periodista de escritorio y coctel. Es un reportero que va hasta el lugar de la noticia para contarles a sus lectores y televidentes lo que pasa. Sus fotos, sus documentales y artículos son un claro testimonio de su esfuerzo por llegar a la raíz de los sucesos. Nunca se ha conformado con lo que le cuentan, va hasta el sitio, verifica, obtiene pruebas, cruza información, analiza y publica.

Langlois, Pascale Mariani, también periodista francesa -quien fuera su novia por años- y su colega italiano Simone Bruno conocen Colombia mejor que la mayoría de los colombianos. La han cruzado de un lado a otro, reuniendo información para contarle al mundo nuestra historia contemporánea. Historia que muchos preferirían mantener oculta.

Romeo sabe muy bien que el periodismo no puede quedarse en las versiones oficiales. Rechaza esa actitud paralizante que convierte a los reporteros en cómodos voceros de sus fuentes. Por eso va al terreno y muchas veces ha tenido que arriesgar la vida para lograr la imagen o el testimonio que hace la diferencia en sus trabajos.

No es una vida fácil la del corresponsal de guerra. Largas jornadas a pie, a caballo, o en el mejor de los casos dejando los riñones en los saltos de un jeep por un camino de herradura. Peligros cotidianos, incomprensión, zancudos de día y pulgas de noche.

Hace poco más de un mes, Langlois estaba en el Caquetá cubriendo una operación antinarcóticos. Llegó allí a bordo de un helicóptero militar. Había ido, como siempre, bajo su propio riesgo. Como van los que reportan las guerras en el mundo entero. A veces logran la noticia, a veces no, y unas cuantas pierden la vida en el intento.

Los miembros de la Brigada de Aviación del Ejército le advirtieron que debía ponerse un casco y un chaleco para protegerse de un eventual ataque. Él sabe muy bien que los manuales de periodismo en zonas de conflicto piden que los reporteros no vistan prendas que puedan confundirlos con los combatientes. Sin embargo, decidió hacerlo para llegar al lugar de los hechos.

Lo que empezó como una operación de rutina, se convirtió súbitamente en un combate entre las Farc, que cuidaban laboratorios coqueros, y el Ejército, que llegó a destruirlos. En medio del tiroteo, el periodista Romeo Langlois se quitó el casco y el chaleco porque entendió que las prendas de protección lo convertían en un blanco fácil y desarmado.

Cuatro militares murieron. Langlois, con el brazo atravesado por una bala de fusil, terminó secuestrado por la guerrilla.

Desde ese momento, muchos interesados -y algunos opinadores ingenuos- quisieron cuestionar el derecho y el deber legítimo de los reporteros de estar en las zonas de conflicto. Sin esa presencia, los ciudadanos quedarían condenados a enterarse de lo que pasa exclusivamente por los comunicados oficiales. Comunicados que nunca dan parte de lo que no le conviene a quien los firma.

El expresidente Álvaro Uribe, a quien meses atrás Romeo Langlois le había hecho una pregunta incómoda, empezó pintando al periodista como un grosero, y pronto concluyó que era un simpatizante de los terroristas. El reportero francés engrosó así una larga lista de periodistas criminalizados por Uribe por haberse atrevido a cuestionarlo.

Con el aliciente de ese señalamiento se armó el ambiente necesario para descalificar a Langlois.

No es la primera vez que pasa en Colombia, ni en el mundo.

Hace años el periodista estadounidense Seymour Hersh denunció la masacre de más de 400 civiles en My Lai, Vietnam, por parte de militares norteamericanos. Su reporte, que reveló asesinatos de bebés, violaciones e incendios de aldeas, fue básico para que esa guerra terminara.

Años después, en 2003, Richard Perle, un asesor del gobierno Bush cuyos beneficios personales en la guerra de Irak fueron publicados por Hersh, aseguró en una entrevista: "Dentro del periodismo estadounidense lo que más se parece a un terrorista es Seymour Hersh".

Hersh no tuvo tiempo ni necesidad de responderle. Estaba trabajando en otro reportaje. Un año después, en un impecable artículo de The New Yorker, le mostró al mundo las torturas a iraquíes dentro de la cárcel de Abu Ghraib.

Romeo Langlois se recuperará pronto y volverá al trabajo.
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