Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/07/30 00:00

Rosario sin tijeras

La escena estrella: Johnefe muerto sentado en un carro descapotable, con anteojos negros, rumbo a su última rumba, al son de ?El preso?, de Fruco y sus Tesos

Rosario sin tijeras

La primera vez que oí del libro Rosario Tijeras fue en la lamentablemente desaparecida columna 'Contraescape' de Enrique Santos en El Tiempo.Autor -para ese entonces, 1999, desconocido- , el antioqueño Jorge Franco Ramos yAa había sido merecedor de otros premios literarios, pero, como todo en la vida, hay algo que consagra a un escritor, o mejor dicho, lo dispara, como fue el caso de García Márquez con Cien años de soledad.

A Jorge Franco la novela de Rosario Tijeras lo puso en el firmamento de los escritores colombianos. Y con un tema bien difícil de tratar: una mujer sicaria, hermosa, y tierna: una conjunción bien absurda para volver verosímil sin caer en la justificación social de la alienación o de la miseria.

Al contrario: Rosario Tijeras, un libro que para mí está lleno de humor negro, descripción que casi nadie comparte, retrata a la perfección la aterradora amalgama social que produjo el narcotráfico: los más pobres con los más ricos sobre la base del dinero mal habido, el alcohol, las drogas y la muerte por contrato. Y en medio, una mujer asesina, cruel, fría, pero capaz de tener sentimientos nobles.

La película hay que verla con una sola aspiración: que Rosario sea Rosario y que su único verdadero amigo, Antonio, sea Antonio.

Si va con la ilusión de ver retratados a estos dos personajes, se sorprenderá: además de que la película lo logra, todos los demás elementos del libro, sin que sea una copia al papel carbón, también encajan perfectamente. De manera impecable se dibuja esa sociedad perversa que creó la era de Pablo Escobar, con un culto por la muerte, por las drogas, por el sexo, por el fetichismo, pero, sobre todo, una asociación macabra entre los tugurios que producen a los sicarios y los lujos absurdos de la plata fácil que los contrata.

Qué película más buena. Y que no me oiga el consejero de Estado que va a demandar a la revista Soho por inmoral, porque me ahorré la molestia de ver unas fotos que seguramente me habrían desagradado, pero en cambio, me gocé a Rosario Tijeras y hasta toleré el obsceno vocabulario de la película en la que la palabra -perdónenme- 'gonorrea' se utiliza hasta para pedir un tinto.

Desde luego que Flora Martínez hace un papel descomunal encarnando a Rosario. Qué fuerza la que proyecta esta niña sicaria que nunca tuvo amor, salvo el de su amigo, un niño 'bien' de la sociedad antioqueña, Antonio. Pero me parece que realmente el que se roba el show es este último, encarnado por el actor español Unax Ugalde, que además de hablar aceptablemente bien el 'idioma paisa', se sobra en el papel de ese amigo enamorado de Rosario que narra su desgarradora historia desde el hospital en el que ella agoniza al comienzo del relato.

Recomendaciones: primero, leerse el libro.

Segundo, mucho ojo a los siguientes detalles magistrales de la película:

El manejo del tiempo que va y viene, mientras un reloj siempre da la misma hora: 3:30 de la madrugada.

La escena en la que el padrastro de la pequeña Rosario la viola, apenas sugerido por la forma como acaricia la yema de un huevo frito.

El cuchillo ensangrentado de imaginación que cae al fondo de una piscina.

El brindis de muerte de Johnefe, hermano de Rosario, con pólvora y colombiana.

Los escapularios, la bendición de las balas por parte de la Virgen, y?

Para mí la escena estrella: Johnefe muerto sentado en un carro descapotable, con anteojos negros, rumbo a su última rumba, al son de El Preso de Fruco y sus Tesos. Más la consabida ranchera y los balazos al ritmo de su entierro.

¿Cómo se puede despreciar tanto la vida y a la vez rendirle tanto culto?

¡Qué película! Pero les advierto: ni es para niños, ni para escandalizables. Es para realistas.

Porque, como lo dice Jorge Franco en boca de Rosario Tijeras, "amar es más difícil que matar?".

ENTRETANTO? ¿No les parece irónico? Si Andrés Pastrana acepta la embajada en Washington, pasará de presidente a embajador. Y Luis Alberto Moreno, de embajador a presidente.

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